Hauntología a la mexicana: Año Nuevo con Los Lobos

Monterrey /

El Río fue una de las primeras salas cinematográficas en instalar la técnica de ciclorama. Se construyó exclusivamente con este propósito al este de Santa Cruz y en 1944 fue toda una revolución tecnológica. A diferencia de las pantallas planas, el ciclorama consistía en una tela especial que al estirarse en una forma cóncava daba a las películas en blanco y negro una dimensión de profundidad nunca antes vista.

Esto propiciaba que muchas veces la gente se detuviera a bailar durante la función, utilizando el amplio espacio de la primera fila como pista de baile. Era lo más parecido a la tercera dimensión en aquel entonces.

El Río fue uno de los cines más vanguardistas de California después de la Segunda Guerra Mundial.

Más de 80 años después, el público sigue utilizando el espacio cerca del proscenio como pista de baile. El Río, además de proyectar películas, también es una sala de conciertos. Y la noche del 31 de diciembre, los pasos de cumbia se apoderaron de la tradición mientras esperábamos con ansias a Los Lobos para despedir el año.

Yo los esperaba con el estómago revuelto entre la excitación nerviosa, la indigestión de nostalgia y la congestión alcohólica.

No hubo una introducción. Los roadies se encargaron de cambiar los instrumentos de la última banda sin discreción y sin interrumpir por un segundo el playlist de cumbias.

Y de pronto David Hidalgo, el vocalista, sobre el escenario. Con una larga camisa negra, su guitarra y sus canas. Le siguió el inconfundible Louie Pérez en la guitarra. El bajo lo cogió otro miembro de la alineación original, Conrad Lozano, mientras que la última guitarra se la colgó el buen César Rosas.

Por fin tenía a Los Lobos frente a mí. No solo eso, era el mismo grupo de mozalbetes chicanos que a finales de los setenta fundó una de las bandas más hermosas de la historia del rock simple y puro en el este de Los Ángeles: Los Lobos. Hasta antes de la Nochevieja del 2025, el destino estaba en mi contra, interponiéndose entre Los Lobos y yo, una de mis bandas indispensables para sobrevivir.

Tuve una bronquitis cuando Los Lobos se presentaron en un Vive Latino, quienes fueron esa tarde describieron a la audiencia como apática, por decir lo menos. Después armé un plan para verlos en Los Ángeles con el novio de aquel entonces, pero una de esas típicas peleas entre homosexuales, en la que el melodrama funciona como muro de contención, arruinó el viaje. Durante mi luna de miel en Michigan vi un póster anunciando la presentación de Los Lobos en una pequeña ciudad cerca de Ann Arbor, a unas dos horas de Detroit, pero cuando intenté comprar boletos, las localidades estaban agotadas por ser un local íntimo. Maldita sea. Mi última desgracia ocurrió apenas en noviembre pasado. Los Lobos habían anunciado una pequeña gira en dueto con la legendaria banda de punk de Los Ángeles, X, en la que agregaron una fecha en el Fox Theater de Oakland, al otro lado de la bahía de San Francisco. Poco antes de la fecha, Los Lobos cancelaron abruptamente la gira. Aunque no dieron una razón específica, grupos de fans concluyeron que Los Lobos querían marcar una distancia con X después de que Exene, la vocalista de X, fuera vista con pins de la bandera confederada, al mismo tiempo que compartía opiniones propias de fanáticos de la derecha que creen en conspiraciones contra la raza blanca.

Empezaron con un cover de Thee Midniters, “Love special delivery”. Los Midniters son considerados la primera banda de rock chicano. Por ahí sonaron “Shakin’ shakin’ shakes”, “Angel dance” y “Wicked rain”.

Pero cuando por fin tocaron “Will the wolf survive” no pude contener la emoción.

La alegría, la piel de gallina y el llanto colapsaron en mi pecho. La voz de David Hidalgo estaba intacta en su masculina vulnerabilidad. Aún recuerdo cuando escuché por primera vez esa canción. Fue en un programa nocturno de la entonces Imevisión, inauditamente conducido por María Conchita Alonso. Los Lobos eran los invitados musicales y describieron “Will the wolf survive” como una carta de fuerza para salvar el pellejo entre las balas de pandillas y las vírgenes de Guadalupe. David Hidalgo le decía a María Conchita Alonso que escribir canciones de rock y blues no solo le salvó la vida, sino que también le evitó contagiarse de sentimientos de odio y venganza en spanglish.

Esa noche, mis padres habían discutido con más resentimiento de lo habitual. Y Los Lobos me salvaron de desearles todo el mal que un preadolescente pueda convocar.

Los Lobos han sido la terapia que mejor me ha funcionado en la vida desde mi infancia. No solo porque sus canciones fueron una guía propedéutica en las notas clásicas del rock y el blues. Las letras impregnadas de nostalgia por un pasado mexicano que tal vez nunca existió, como diría Mark Fisher, son una especie de hauntología alrededor de la identidad mexicana. Me ayudaron, como nadie, a entender qué significa ser lagunero en un Torreón que, en los ochenta, era una ciudad levantada en el desierto, lejos de todo y en medio de la nada.

En la última noche del 2025 también tocaron “Set me free”, covers de Grateful Dead, Ritchie Valens y los Allman Brothers, la icónica “Kiko and the lavender moon” y para la clásica “Chico’s cumbia” invitaron al escenario a Angelo Moore, el saxofonista de la banda de metal sofisticadísimo Fishbone. Eso fue como un regalo anticipado del Día de Reyes. Fishbone es como si a Bryan Ferry, hasta la madre de martinis, le hubiera dado por unirse a una banda de metal con ínfulas de ska.

Por supuesto que Los Lobos cerraron con su sencillo más famoso, “La bamba”, que se dio a conocer como parte del soundtrack para la película que contaba la vida de Ritchie Valens.

Pero el clímax había ocurrido antes, cuando Los Lobos tocaron “Soy méxico-americano”. El público, eufórico, se levantó de sus asientos y la pista de baile se convirtió en un terremoto de aplausos y gritos desesperados contra el hostigamiento a los migrantes hispanos. Blancos y morenos bailaban el corrido con la misma vitalidad y sorpresa como cuando El Río abrió sus puertas.

Tuve que ir al baño a mitad de esa canción. Era quedarme en el corrido o mearme sobre mis pantalones nuevos. Una cosa era cierta, no iba a perderme el encore. Al salir del baño, me compré una camisola de uniforme de un taller mecánico con el logo de Los Lobos. Tanto los muros de El Río como su mezanín conservan la arquitectura art déco de la época en que fue construido. Se podía respirar la nostalgia. Olía a ron con Coca-Cola. Conocí a un hombre que me decía que le gustaba mucho El Río, pues le recordaba tiempos mejores. Quizás.

¿Pero cuándo han sido tiempos mejores para los migrantes hispanos? Desde los Midniters y Ritchie Valens hasta Los Lobos, la búsqueda de entenderse como piel morena, guadalupana y castellana, que se disuelve en el sueño americano, ha sido el origen de una hauntología a la mexicana que nunca termina de concluir.

Al menos Los Lobos saben cómo sobrevivir.

Los Lobos cerraron con su sencillo más famoso, “La bamba”

  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.

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