El impopular precio del culto: Throwing Muses en San Francisco

Monterrey /

Si algo describe la historia de las Throwing Muses es la de una injusta y empolvada negligencia. Aun así, es el secreto a voces mejor guardado de 4AD Records.

Su delicada potencia ha sido uno de los cimientos más sólidos en la historia del rock femenino genuinamente independiente. Nombres como Aimee Mann, Cat Power o St. Vincent las nombran como una influencia determinante. Sin embargo, tal influencia nunca resuena con el mismo entusiasmo agradecido con el que las nuevas generaciones citan a Bikini Kill, por ejemplo, como la gran feminista del rock alternativo.

En el multiverso de Throwing Muses convergen muchas de las raíces de lo que hoy se entiende como indie, lo que sea que eso signifique: la fuerza del college rock, el ethos de 4AD Records, el caldo de cultivo de riffs que daría origen al shoegaze, la monotonía existencial del slacker rock, la fecundación de bandas como Pixies, Breeders y Belly, hasta la carrera en solitario de su líder vocal, Kristin Hersh.

Si bien cuentan con una base leal de seguidores, no son tantos como para llenar grandes locales. Hersh, la única superviviente de la alineación original, lo sabe, y por eso escoge foros pequeños, como el Chapel, en la calle Valencia, en San Francisco, donde Throwing Muses ofrecieron dos conciertos el fin de semana pasado.

Fui a la segunda fecha, el pasado lunes.

Podría decir que el Chapel estaba al 70% de su capacidad. Los asistentes se dividían en señoras de canas con gafas de pasta y homosexuales inadaptados de largas barbas grises con camisas a cuadros. Debo decir que no imaginé que los Throwing tuvieran seguidores gays, aunque el fenómeno no me sorprende, sus letras desbordan mucha pasión lacerante que los gays podemos entender a flor de piel.

A las 10 de la noche, Kristin Hersh fue la primera en salir al escenario con el mismo peinado de hace más de 40 años: el cabello corto, justo por encima de los hombros, recogido con pinzas. Y a su lado izquierdo, un hombre de cabellera larga y lentes cuadrados, era Pete Harvey con el violonchelo entre las piernas, como si estuviera reteniendo a la mujer de sus sueños.

La primera canción de la noche fue “Theremin” y recordé que las Throwing Muses fueron de las primeras bandas que escuché en las que las cuerdas del violoncello sobresalían de una manera melodramática por encima de las guitarras austeras y abrasivas de Tanya Donelly, quien después formaría parte de las Breeders hasta tener su propia banda: Belly.

Descubrí a la banda de Rhode Island en el mejor lugar para expandir la colección discográfica a niveles lunáticos: los botaderos de MixUp, la tienda de discos chilanga hoy en peligro de extinción musical.

Los botaderos eran unas canastas de rejillas de acero, más o menos gigantes, donde botaban todos esos discos compactos que estorbaban el inventario. Cajitas con una pátina de polvo en las portadas que nunca llamaron la atención de los clientes. Ahí conseguí maravillas por menos de 120 pesos: las cajas de Phish; el soundtrack de Desert Blue; todos los proyectos paralelos de Peter Hook, el bajista de New Order; toda la discografía de Laika, el matrimonio salido de Moonshake y toda la discografía de Throwing Muses, incluyendo el primer trabajo en solitario de Kristin Hersh, donde viene “Your ghost”, a dúo con Michael Stipe de R.E.M. Me hipnotizaron sus portadas de surrealismo urbano alineadas inconfundiblemente con el universo visual de la 4AD. Vistazos particulares a una realidad aislada, ajena.

La voz de Hersh, junto con las letras de Donelly y la batería de pasión inmersiva de David Narcizo me hacía pensar que Throwing Muses sonaba como si Leonora Carrington hubiera descubierto la guitarra eléctrica en una tarde de aburrimiento y opio. Poesía de delirio autista femenina, con la que es difícil socializar.

Pude entrevistar a Kristin Hersh hace ya más de una década, a propósito de la publicación de sus memorias, “Rat Girl”. Un libro en el que confesaba el complicado momento en el que durante su primera maternidad, mientras cuidaba a su pequeño, fue diagnosticada de trastorno bipolar. Platicamos sobre cómo el surrealismo de sus canciones provenía de un lugar peligroso en su mente. Hablamos mucho de la alineación social, en la que la gente asume hipocresías y falsa seguridad. Por cierto, hoy ese bebé debe tener poco más de 20 años, lleva un bigote sensualmente setentero, usa una sensual camiseta sin mangas y toca el bajo junto a su madre en esta reciente gira.

Fue un concierto épico. Histórico. Nunca pensé que tendría la fortuna de escuchar sencillos frente a mis ojos, como “Real Ramona”, “Opiates”, “Sally’s Beauty” y, por supuesto, mi favorita: “Counting backwards”, con la que solía quedarme sordo por subir el volumen de los audífonos de mi discman. En vivo, Kristin Hersh es sumamente tímida, habla en un tono retraído y prefiere gastar la energía gutural en los versos en los que necesita gritar desesperadamente. Su furia sigue intacta, como en sus discos. Quizás ese carácter radicalmente introspectivo es lo que impide a Throwing Muses alcanzar el reconocimiento popular que se merece. Su repertorio completo es un conjunto de estamentos antisociales.

El año pasado lanzaron un nuevo álbum tras una considerable audiencia: “Moonlight concessions”, aunque elogiado por la crítica, como siempre, pasó casi desapercibido. El precio de ser una banda de culto arrumbada en los botaderos de MixUp.


  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.

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