“Kill Yr. Gay Idols”

Monterrey /

El fenómeno de la “Tusa” no solo enloqueció a los hinchas gays de por sí ya devotos de Karol G en 2019, sino que también motivó a que hombres bugas subieran videos de sí mismos en el entonces Twitter o en Instagram, coreando el famoso verso de la depresión tonta y del tipejo que con otra estaba.

Recuerdo que hubo una pequeña guerra virtual entre gays y bugas en la que los primeros decían que solo ellos tenían la gracia y el encanto para reproducir el sentimiento del sencillo en cuestión. En especial, por Nicki Minaj, con quien Karol G compartía vocales y que, por entonces, se erigía como semisanta patrona de los gays, la más pesada del momento.

Minaj fue jueza invitada en una de las temporadas de “RuPaul’s Drag Race”, abogaba por las causas del arcoíris, su figura, de algún modo, simbolizaba el deseo sexual palpitando en medio de la tensión entre raza y migración. Aunque esto último era más una fascinación de la academia porque en el fondo la Minaj es tan abusada como se lo permita su cabellera rosa.

Lo cierto es que, después de la Santa Trinidad compuesta por Madonna, Kylie Minogue y Lady Gaga, son poquísimas las divas –Miley Cyrus podría ser una excepción– que sostienen un discurso consistente con nosotros, los sodomitas. Empezando con Gloria Gaynor: después de entender y aceptar los valores cristianos, lo primero que hizo fue arrepentirse de haber vocalizado el himno de sobrevivencia gay por excelencia. Incluso ha llegado a culparnos de sus años de decadencia. Pasando por los infames Village People, Yuri y hasta Nicki Minaj, otra que ya nos sacó la lengua dejando claro que lo suyo es alienarse con quien mejor le convenga, sin filtros morales.

Nunca he entendido el criterio con el que el colectivo adopta estrellas del pop para convertirlas en íconos, embajadoras de la causa gay, salvadoras de nuestro pellejo y del resto de la diversidad sexual, a veces también llamada disidencia. Aunque no haya nada de disidente en alimentar lo más comercial de una industria musical a la que solo le importan las regalías millonarias.

Después de hacer de la solidaridad hacia nosotros un espectáculo, todo lo que hay alrededor de los íconos gays producidos en una mesa de cristal de la industria del pop son buenas intenciones centrifugadas en un consumismo extremo: los boletos de sus conciertos suelen ser caros, al igual que el merchandising, las fiestas oficiales y after parties, los códigos de vestimenta y los tragos.

Cuando los gays no teníamos ídolos prefabricados, el poder de la vanguardia estaba en nuestras manos. Fue en las pistas de baile más depravadas donde el house evolucionó la música electrónica. El arte nos dio armas para entender el orgullo homosexual como una identidad que merece respeto y dignidad, sin andar mendigando validación. El cruising en espacios públicos nos dio un sentido de comunidad. Nicki Minaj nunca nos dio nada de eso. Por eso se la quedaron los bugas.

El ascenso de la derecha al poder en buena parte del mundo demuestra lo poco efectivo de los discursos promulgados por esos íconos gays que nosotros mismos erigimos. Su única aportación ha sido domesticarnos. Engañarnos con palabrerías de amor y respeto a la diferencia envueltas en glamour bailable. Llegado el momento, ellos vuelven a sus limusinas blindadas mientras que nosotros, los sodomitas de siempre, salimos al mundo real, desarmados, mientras a la homofobia le vale madres lo que diga la diva del momento.

Caminando, escuché a dos jóvenes con pins de la bandera del arcoíris y el cabello de colores decir que la retirada de Minaj y otros considerados ídolos gays hacia una derecha radical se sentía como el fin del mundo. Creo que venían de una protesta que se llevaba a cabo en Dolores Park.

Me recordó esa canción del primer álbum de Sonic Youth, “Kill Yr. Idols” en la que cantan: “Kill your idol, sonic death, it’s the end of the world and confusion is sex…”.

Creo que es un buen consejo para sobrevivir al fin del mundo sin ídolos ni rescatistas de lentejuela y chaquira. El problema es que Sonic Youth no son íconos gays, nunca lo han sido.


  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.

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