La felicidad es un eslogan

Monterrey /

En el primer capítulo de la primera temporada de “Mad Men”, Don Draper les explica a los altos ejecutivos de Lucky Strikes, la icónica marca de cigarros:

“La publicidad solo se basa en una sola cosa: felicidad. La felicidad que da el aroma de auto nuevo, la felicidad de perder el miedo a la libertad. La felicidad de ver un enorme anuncio espectacular a la orilla de una carretera que te grita, cualquier cosa que hagas, está bien…”.

Y si algo ofreció Bad Bunny fue eso: felicidad.

Al menos eso fue lo que se vivió la tarde del 7 de febrero en el Peaks, el bar de nuestro barrio en San Francisco, al borde de Noe Valley y Castro.

The Peaks es un auténtico bar de clase trabajadora. La mayoría de los parroquianos han nacido y crecido en San Francisco. Entienden la libertad contracultural de la ciudad, les gusta beber cerveza Pabst Blue Ribbon con un trago seco de bourbon o Jack Daniels y les encanta el futbol americano.

Sin embargo, incluso los fanáticos dejaron de lado el partido. La adrenalina estaba puesta en el espectáculo de medio tiempo.

Jim y yo llegamos temprano porque sabíamos que aquello se pondría hasta la madre. Shauna, la bartender e hija de la dueña, nos sirvió la primera cerveza a la 01:00. Fue una decisión inteligente, pues antes de las tres, el Peaks ya estaba a reventar. La mitad éramos vecinos de la zona. La otra, jóvenes vestidos con pantaloneras de Adidas, chaquetas infladas y gorros de lana con la bandera de Puerto Rico.

Días antes, en San Francisco, cerca del Palacio de Gobierno o el City Hall, se llevó a cabo un performance en el que los jóvenes desfilaron con conjuntos de ropa inspirados en Bad Bunny. Una especie de pasarela pública provocativa. Los turistas con boletos para el Super Bowl, que inundaron la ciudad del Golden Gate a una hora del Levi’s Stadium, se sonrojaron al ver a hombres lamiéndose los bigotes entre sí: “Esto es lo que provoca Bad Bunny, pura degeneración”, dijo una señora seguidora de los Patriots, que al parecer desconoce lo que significa San Francisco para la comunidad gay.

Apenas apareció la cortinilla del medio tiempo patrocinado por Apple Music, todos se levantaron de sus asientos, los que tenían, que eran pocos. El redoble de “Tití me preguntó” y “Yo perreo sola” de Bad Bunny nos obligó a sacudir las caderas, poseídos por una entidad caribeña que buscaba anidarse en la pelvis como diera lugar. El piso cimbraba como un miniterremoto de categoría oscilatoria en la escala sexual. No hubo alma indiferente. Incluso las bartenders interrumpieron el servicio. Aunque fueron los jóvenes quienes más contribuyeron a la euforia. Después de todo, es a ellos a quienes Benito les canta y habla, en su lenguaje plagado de capitalismo salvaje, insinuaciones y terminología digital que encripta estados de ánimo.

Algunos no pudieron contener las lágrimas cuando Bad Bunny empezó a nombrar cada uno de los países de Latinoamérica en esa tradición impuesta por Willie Colón y Rubén Blades en su disco de 1978, “Siembra”. Había diversidad latinoamericana en el Peaks. Se podía sentirlo cuando Benito mencionaba un país específico y los gritos de apoyo parecían romper los cristales.

Sería incapaz de burlarme de ellos y del locutor de deportes al que se le quebraba la voz frente a la cámara al recordar el desfile de banderas.

Me recordé a mí mismo siglos atrás, ahogado en llanto cuando escuché a Madonna cantar “Like a prayer” en vivo por primera vez. Mi padre me acusó de cursi, recordándome que esa canción no era tan iconoclasta como se comentaba. En su momento, “Like a prayer” sirvió para una campaña de Pepsi. Aun así, Madonna se pronunció a favor de los homosexuales, quienes, a finales de los ochenta, se creía que podían contagiar de sida a cualquiera con solo una mirada.

En sus inicios, a Madonna también se le acusó de ser una pésima cantante. En el libro “Madonna: A rebel life”, Mary Gabriel recuerda que las reseñas de sus primeros álbumes la describían como una chica gangosa, de discreto sobrepeso que entonaba de manera deficiente. Grupos conservadores cercanos a Ronald Reagan la responsabilizaban de sexualizar a la juventud mediante sus provocaciones antirreligiosas. Casi 25 años después, Madonna fue invitada al espectáculo de medio tiempo del Super Bowl.

Por supuesto que detrás de Bad Bunny hay toda una industria produciendo emociones y ganancias. Creer que lo suyo es una revolución sería ingenuo; un capricho de la academia. Compararlo con Silvio Rodríguez es un despropósito, porque Bad Bunny es infinitamente superior en honestidad consumista que el trovador. En “The world according with Bad Bunny”, el perfil que escribió Carina del Valle para la revista dominical del “New York Times”, se nos dice que Bad Bunny siempre tuvo un objetivo claro: ser famoso.

Bad Bunny es el fenómeno pop del momento. Y como buen y magnánimo producto pop, es depositario de nuestra fatalidad humana. En su figura mediática ponemos nuestra vitalidad, nuestros sueños de fama imposibles, miedo al envejecimiento y a la muerte misma. Muchos cincuentones ventilan su devoción al puertorriqueño como último recurso para sentirse vigentes y jóvenes antes del descenso de la vejez. Mientras que sus detractores basan su odio en oposición a su glorioso pasado personal. Comparan su nivel con el de otros espectáculos de medio tiempo, como el de los Stones o Michael Jackson, de los más mencionados. Nadie parece recordar cuál ha sido el mejor medio tiempo en la historia del Super Bowl: Prince, con su hipermachismo en tacones, maquillaje y sus requintos afeminados.

Por fortuna, todos parecen haber olvidado los humillantes desastres que fueron las presentaciones de los Red Hot Chili Peppers, Coldplay o el peor de todos: Maroon 5.

Lo que sucedió durante el espectáculo de medio tiempo de la edición 60 del Super Bowl fue la materialización de aquel proverbio de Don Draper: “Felicidad”. La felicidad de ver un anuncio espectacular en medio del Super Bowl que te grita que cualquier cosa que hagas está bien, no importa si eres gay, latino, de piel morena, con un sospechoso acento inglés, como el de Bad Bunny. Características susceptibles de acoso para los tiempos que vivimos.

¿Qué no es la felicidad sino un gran comercial publicitario?


  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.

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