¿La inteligencia artificial es buga?

Monterrey /

Sucedió hace relativamente poco. Sentado en la barra del Last Call, el legendario bar en la calle 18 en el corazón del barrio de Castro, en San Francisco, logré escuchar parte de la conversación entre dos amigos. Según uno de ellos, un matrimonio gay estuvo al borde del divorcio por un encuentro sexual de uno de ellos con alguien del Sniffies, la aplicación que es como el Waze de la calentura homosexual pero en sentido inverso, a más tráfico, más acción.

Resultó que ese alguien era un buen compañero de la oficina del marido, lo que derivó en un chisme trágico, cómico, musical, propio de los ranchos donde todos están en boca de todos.

Bueno, al menos valió la pena; es decir, hubo sexo real y no lo estuvo engañando con inteligencia artificial, dijo al final uno de los dos camaradas.

Recientemente las noticias locales habían publicado un par de historias sobre hombres bugas que se habían enamorado perdidamente de un modo de inteligencia artificial. El primero terminó en divorcio. El otro, en suicidio. El joven, perdido de amor por las respuestas de un chatbot, se convenció de que morir sería la única forma de evolucionar a tal grado que podría encontrarse con ella en algún byte de esos contenedores llamados nubes.

El remate de la conversación me dejó pensando: hasta ahora, los romances más sonados entre humanos e inteligencia artificial se dan entre hombres bugas. Por ejemplo, el planteamiento de “Her”, la película de Spike Jonze, es el de un romance cuya voz de Scarlett Johansson enfatiza el carácter heterosexual.

En teoría, la IA es un programa computacional que procesa los comandos humanos como patrones que, en conjunto, podrían imitar el razonamiento humano, pero sin orientación sexual predeterminada. Y precisamente, los errores humanos en la construcción de la IA son una de las obsesiones del escritor pionero de la literatura cyberpunk Philip K. Dick y el tema central del disco Sister de Sonic Youth.

Y como bien apuntaba Dick, el perfeccionamiento de la IA es casi proporcional a la renuncia a la experiencia humana por la urgencia de la novedad tecnológica. No sólo son los usuarios quienes gastan horas planteando todo tipo de dudas a ChatGPT, sin darse cuenta de que el Chat va aprendiendo nuestra ruta de razonamiento a partir de las curiosidades. El algoritmo de la IA se aprovecha de los puntos ciegos que constituyen nuestro carácter predeciblemente humano.

También es la soledad condicionada por las redes sociales y su sofisticada necedad de inducirnos al narcisismo patológico. Plataformas como Instagram y TikTok están saturadas de personas confesando desde momentos de triunfo y euforia hasta colapsos emocionales que despiertan lo misma empatía que insultos deshumanizantes, cosa que al parecer no importa toda vez que haya muchas visualizaciones.

La gente prefiere hablar en completa soledad frente a una cámara antes que hablar con otro ser humano. Leí a un influencer decir que es por seguridad, puesto que las personas son incapaces de resolver su toxicidad. Supongo que todo empezó cuando la comunicación digital nos convenció de que recibir llamadas sin aviso previo es un detonante de ansiedad, hasta llegar a una Generación Z, cuyo abismo entre mujeres y hombres está sentando las bases de una distopía peligrosa: los hombres que, al parecer, se vuelcan hacia una derecha rabiosa y radical, y las mujeres que sólo ven a la izquierda como la única posibilidad de acuerdo.

Por ahí estamos los homosexuales, como yo, con nuestros tóxicos vicios casi intactos.

Leí que alguien está diseñando un sistema de IA para que cada usuario pueda generar porno personalizado según sus gustos y preferencias, mediante el uso de pornstars que modelan sus cuerpos frente a cámaras que los captan para luego reproducirlos de forma virtual. Porno gay, desde luego. Sería el avance de la autoexplotación acelerada en plataformas como Just for Fans, reduciendo a los pornstars gays a modelos con un mínimo de interacción sexual. Recuerdo que una de las respuestas que más se repetían en las entrevistas a los pornstars como parte de la investigación para mi novela de “Pornografía para piromaniacos” era la de que muchos hacían porno por el dinero, sí, pero también por la gratificación adictiva del sexo entre hombres. A tal grado que muchos aceptaban filmar gratis con tal de sentir el placer del orgasmo o el exhibicionismo. ¿Cómo podría la IA sustituir eso? ¿La excitación del sexo consensuado entre hombres, el sudor, las ganas de comerse al otro, la imperfección de lo temerario, la vulnerabilidad, el olor agrio?

¿Qué hay detrás del buga que se enamora de una voz artificialmente femenina de la IA, búsqueda de placer o acompañamiento y comprensión?

También hay que aceptarlo: gran parte del drama excesivo entre las parejas gays tiene que ver con la compulsión sexual. Por cierto, después supe que el matrimonio gay nunca se divorció. Creo que ChatGPT ofreció algunas sugerencias sobre cómo salvar un matrimonio gay.


  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.

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