Los expedientes Epstein y el límite de la paradoja hetero

Monterrey /

“Una vida devorada por la homosexualidad”.

Es una reseña que leo de la película “Maspalomas”, sobre un homosexual entrado en años que se enfrenta al dilema de volver al clóset tras un inesperado incidente de salud.

Maspalomas es una playa de las Islas Canarias donde la homosexualidad gobierna con la extrema fuerza de la lujuria. Los hombres andan desnudos y erectos, teniendo sexo cuando a la testosterona se la da la gana; es decir, todo el tiempo, enfrente de todos, con la arena en las ingles.

La reseña bufaba santurronería. En su compasión por el protagonista y por el resto de los homosexuales que desperdiciamos nuestras vidas en una espiral de sexo, había una especie de condescendencia elemental.

Porque de este lado podríamos decir lo mismo, que la mayoría de los hombres no gays son devorados por una vida hetero. Tan hetero que se casan, forman familias, tienen hijos y nietos. Cuando esa heterosexualidad no es suficiente, tienen amantes, con las que a su vez tienen hijos y nietos. Un hombre buga que se niega a reproducir la descendencia es un tipo sospechoso: inmaduro, mujeriego o de plano puto.

En mis tiempos de lavar vasos en un bar de Torreón, recuerdo que un mesero risueño y honesto me decía: “Prefiero andar regando hijos antes que estar con otro cabrón, eso, además de pervertido, es un pecado contra la familia”.

El sistema heterosexual ha convertido la familia en un dique de validación social. Incluso cuando los homosexuales quieren sentirse aceptados sin parecer pervertidos deciden formar familias después de contraer matrimonio, empujan carriolas con la asexualidad por delante, manifestando que también pueden reprimir sus deseos en nombre de la funcionalidad de una conducta intachable. Si el deseo es más poderoso que la sensatez, no hay problema, el sistema hetero permite la viabilidad de obtener placer a escondidas. Lo importante es no alterar ese orden familiar que castiga a quien se rinda voluntariamente al placer. Basta leer las novelas de Elfriede Jelinek para darse cuenta de cómo el engranaje de la sociedad buga discrimina a quienes reconocen el hedonismo, especialmente a las mujeres. Peor si la hacen pública.

Casi todos los nombres que aparecen en los recién publicados expedientes de Epstein son de “hombres de familia”. Hombres que, de alguna manera, han hecho de su reputación familiar un eslogan publicitario; con esposas e hijos, a quienes su millonaria rutina no les es suficiente, por lo que decidieron volar a una isla privada en la que, aparentemente, cualquier capricho sexual podía ser satisfecho.

Los homosexuales no necesitamos ir a islas para disfrutar de lo que somos. Una fiesta en calzones en la calle Folsom, un club de encuentro o los senderos de la tercera sección del Buena Vista Park, a unos cuantos escalones de la icónica esquina de Haight-Ashbury en el barrio hippie de San Francisco, son suficientes para saciarnos. El sexo gay es relativamente barato.

No obstante, se nos sigue patologizando como desviados, con un diabólico plan escondido bajo los sobacos para desestabilizar a la familia con nuestros circos sexuales, que, según la reseña de “Maspalomas”, deberíamos mantener en privado, en esa insistencia conservadora de esconder el deseo, como aquellos que fueron a la isla. La diferencia es que nuestros circos son, en su mayoría, consensuados. Por supuesto que hay abusos, pero al menos yo soy de la idea de que la horizontalidad física nos permite cerrar los puños para defendernos ante un peligro.

No estoy diciendo que todo sea arcoíris sobre cupcakes veganos en esto de la vida fuera del clóset. Aún no hay cura para el VIH/sida, pero los avances médicos permiten llevar un ejercicio sexual controlado. Quizás al interior de las relaciones gays no haya andamiajes para la doble moral, pero el drama se desborda con cruel facilidad. El drama gay suele ser desagradable.

Hace poco, Jim y yo tuvimos una discusión intensa. Nuestros desencuentros casi siempre tienen que ver con la brutal honestidad de la hipersexualización en torno a nuestros días de casados. No es fácil cuando hemos decidido no renunciar a la promiscuidad. Uno de nuestros propósitos como pareja es que, si, como dice quien escribió la reseña, somos devorados por una vida homosexual, al menos no reproducimos la tiránica deshonestidad que a menudo acecha en las relaciones bugas, en su convención más rígida.


  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.

LAS MÁS VISTAS

Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite