“¿Alguna vez han tenido la sensación de que han sido defraudados?”, dijo el Johnny Rotten con tono de aburrimiento homicida.
Desde que los Sex Pistols dieron su último concierto en San Francisco, el 14 de enero de 1978, en el Winterland Ballroom de San Francisco, California, la palabra punk se ha convertido en un jabón con el que es fácil caer y romperse la espalda, sobre todo si se tienen más de 45 años y las rodillas madreadas de tantas patadas contra homofóbicos, posiciones en orgías que ya las quisieran los del Cirque du Soleil, moshpits y ácido úrico.
Como género musical, tuvo una duración kamikaze, no así lo que sucedía a su alrededor. Ahí el punk cobró vida propia, entre estoperoles, cemento y sexo oral en basureros.
Rotten, ya como Johnny Lydon, demostró que lo suyo no era sólo ser un maniquí para los incómodos pantalones de Westwood, con esos cierres a punto de rebanar el pito como un pelador de zanahorias. Public Image Limited fue la virtuosa venganza de Lydon que sería la gran primera piedra del post-punk. Sin embargo, a pesar del encanto sonoro, el post-punk sólo ha traído una confusión que pone a la contracultura como plastilina frente a la tentación del mainstream, cualquiera que éste sea. No son sólo el millar de bandas que insiste en imitar la precisión motorizada de 16 notas continuas de la batería de Joy Division, por cierto, poquísimas bandas se arriesgan a imitar el acid rock de New Order. Abrazar la represión religiosa es el nuevo punk, leí por ahí. Vaya estupidez.
Cada que escucho que alguien tilda de punk a todo aquel estilo o posicionamiento que se salga del sistema dominante o genere cierta incomodidad, como el celibato, el reguetón o el nuevo conservadurismo, lo primero que se me viene a la cabeza son las pieles guangas de Iggy Pop formando pliegues mientras se lacera gritando que sólo quiere ser el perro de alguien. Me queda claro que esa gentuza nunca ha visto a Iggy Pop en vivo.
Pop fue el acto principal de un festival punk en Oakland California, al otro lado de la bahía, frente a San Francisco. Lo de punk es más bien una calcomanía de laptop. Para nada es un evento decepcionante. Lo que pasa es que se presenta como un encuentro de inadaptados, los desplazados de festivales de alta gama como el Outsidelands Festival, pero hay algo en su iconografía de flyers saturada de rosa, colores fosforescentes e ilustraciones de cómic underground que lo hace parecer como si el punk hubiera sido inventado por Hello Kitty. Por momento es más encantador que desafiante. Pero la selección de bandas es acertada y cada una de ellas es presentada por John Waters.
Iggy Pop no fue la excepción. John Waters, con un liviano blazer negro estampado de flores azules, dijo que junto a él, Iggy sólo era un polluelo de 79 años. También los describió como un líder, una realeza extrema, la máxima estrella del salón de la infamia del rock and roll. Con ustedes, Iggy Pop.
Trompetas y la batería como una metralleta. El gran Iggy apareció exactamente igual que su debut hace más de 50 años: el pelo largo, cobrizo de grasa, el torso desnudo, pantalones negros brillantes, la cintura desvencijada, chueca, cojeaba pronunciadamente mientras se dirigía al micrófono. Pero con la voz intacta. Un aullido y la batería como fábrica de su natal Detroit abrieron paso a “TV eye”, la canción que grabó con los Stooges en 1969. Jim y yo nos sacamos de los calzones unas pequeñas botellas de plástico con licor como la que sirven en los aviones. Jim escogió bourbon, yo, tequila. Nos la empinamos de un solo trago. Luego unos popperazos para relajar los músculos y ponernos ardientes.
El público enloqueció. Enloquecimos. Cómo no dejarse arrastrar por la lujuriosa energía de Iggy, el hombre criado por los disturbios raciales y el sudor de la última clase obrera que fabricaba automóviles en Detroit.
Si Patti Smith es considerada la abuela del punk, Iggy Pop es el pecaminoso génesis. De sus costillas prominentes salieron los riffs de crudeza como las ruinas del esplendor industrial de Detroit que moldearon la desesperanza del no-future.
Le siguieron “Raw power”, “I got a right, gimme danger”, “The passenger”. Canciones que retan a la autoridad, la obediencia, el decoro, la belleza estandarizada. Nunca intentó disimular su cintura atrofiada, que desviaba su pierna como una figura de acción defectuosa de fábrica. Seguía dándose en la madre. Cuando llegó el turno de “I wanna be your dog”, Iggy demostró que sus músculos desvencijados son la prueba de que el punk siempre se ha conducido por la línea de la autodestrucción, la aceptación de que el futuro es tomadura de pelo, el cinismo, la lujuria por la vida sin miedo a las cicatrices, algo que el conservadurismo procura maquillar con la hipocresía de moralejas acartonadas.
“Lust for life” era quizás el sencillo más deseado. Sin pensarlo, Iggy se aventó un clavado en las primeras filas cerca de las vallas que protegían el escenario. Fue imposible no pensar en “Trainspotting”, en el monólogo de Mark Renton acerca de la inclusión social mediante el consumo familiar mientras el hedonismo acecha la sensatez forzada. El Jim y yo casi tenemos sexo en público en ese momento, rodeados de una marea de moshpit. Así es como empieza la descomposición de huesos, pensé.
Un equipo de seguridad tuvo que rescatar al buen Iggy Pop de la multitud. Su atrevimiento le costó caro. El resto del concierto lo dio encerrado en una jaula como de chicas a go-go. Le servía de apoyo para, de alguna manera, seguir en pie. A pesar de la flacidez de sus pectorales, seguía manteniendo su clásica posición sexy de empinar la cadera mientras se estira hacia el micrófono. Me dio culpa extrañar canciones que nunca incluye en su repertorio, como “Candy” del “Brick by Brick”, que grabó junto a Kate Pierson de los B-52’s, o “Beside you”, del “American Caesar”, la primera canción que escuché de Iggy Pop.
Pensé en que quizás aquella frase fue lo más honesto que pudo hacer el Rotten mientras estuvo en esa boyband llamada Sex Pistols. Después de todo, más que una banda, los Pistols fueron una boutique móvil creada por los nihilistas de la moda Vivienne Westwood y Malcolm McLaren.
A diferencia de los Pistols, Iggy Pop nunca defrauda.
Iggy se despidió entre trompetas y el punk cobrándole factura. Me sentí agradecido de verlo. Mis rodillas, entumecidas por la artritis, me decían que probablemente sería la última vez. Lujuria por la vejez, eso es punk.