¿A qué ser humano con un mínimo de sociopatía funcional no podría gustarle Abba? Sin duda “Don´t shut me down” es buen tema. Contagioso, amable y lleno de esperanza.
Abba es su calculado esplendor. Tampoco es de sorprenderse. Una de las hipótesis, comprobadas, del capítulo de la serie **This is pop**, dedicado a la producción musical sueca, es que Abba fueron los inventores del pop perfecto. El que se mete a los huesos, las listas de popularidad y las cuentas bancarias de los protagonistas.
Por supuesto que un regreso de Abba después de 40 años de entumecimiento sería un éxito garantizado. A los viejos les actualiza el tímpano. A los cuarentones nos transporta a idílicas postales familiares con nuestros padres, donde la harmonía familiar seguía laspautas de “Fernando”. Y los jóvenes tienen un nuevo elemento para reciclar la nostalgia de algo que no vivieron. Pero concsientes de la autenticidad de su momento.
El apocalipsis es una canción de Abba. Como si ya no se necesitaran experimentos físicos-cuánticos, ni desentrañar fórmulas de Einstein para viajar a través de la velocidad de la luz.
Abba es la verdadera máquina del tiempo capaz de aniquilar el futuro. El futuro ya no existe. No hay futuro. El bajista Glen Matlock lo supo al inspirarse en las notas de “SOS” de Abba para componer “Pretty Vacant”.
En el mismo capítulo de **This is pop** explican las razones de la exitosa atemporalidad del cuarteto sueco. Su producción se concentra en la repetición amable. Letras que no se meten enproblemas. Es cierto. En sus compases se respira el mismo colorido confort que artificialmente ofrecen los catálogos de Ikea. Por supuesto que todos queremos vivir en un cuarto pacíficamente diseñado por algún sueco con capacidad de transformar un escritorio en un refugio para bombas nucleares.
Ya lo decía JG Ballard en una de sus entrevistas para el fanzine de lujo RE/Search: “la sociedad del futuro será un aburrido suburbio de clase media. Obsesionada con la seguridad y el entretenimiento”.
El irresistible regreso de Abba también demuestra la teoría de Simon Reynolds sobre la ineptitud de generar o imaginar futuros.
Abba no son los únicos. La gran mayoría de los productos culturales que actualmente gozan de un apabullante éxito tienen puesta la narrativa en el pasado. La colaboración entre Dua Lipa y Elton John remixando “Sacrifice” y “Rocket Man” de este último en manos de PNAU. Las series **Pose**, de Ryan Murphy o **It´s a Sin** de Rusell T Davies.
Son reaprovechamientos del pasado para llenar los huecos existenciales de sus argumentos principales. El pasado como un refugio donde los cuestionamientos sobre la identidad sienten vivos. La series futuristas son hipérboles catastróficas de las fallas del pasado dando pie a historias distópicas. En todos los casos se puede sentir la ansiedad por un presente que no es suficiente. Que se agota a unos cuantos alientos.
Su bondad pop es capaz de unifcar los desencuentros irreconciliables. Partidos políticos podrán firman opresivos convenios con fanáticos de la ultraderecha española. Avalar discursos de izquierda mientras atacan a inmigrantes con violencia xenófobica. Establecer alianzas con líderes evangélicos como estrategia para aprobar leyes que reconozcan a las minorías. Sin importar que la la tragedia sea que a la izquierda le valgamos madre una vez que nuestro voto ha servido a sus intereses. Todos escuchan y bailan a Abba.
Los verdaderos apolíticos. Demostrando que la amabilidad y los coros que se repiten como mantra son suficientes para equilibrar al mundo. Incluso detrás de los incendiadas conversaciones sobre el lenguaje inclusivo, la cancelación de lo que se perciba como ofensivo, el derrumbamiento de los monumentos coloniales, tienen como obetivo hacer del mundo una canción de Abba. Mejores sociedades en las que prevalezcan la el aire puro, montañas, sonrisas, solidaridad y seguridad, suéteres de punto con diseños cagantes y fashionistas y letras entre la esperanza y el amor a lo Corín Tellado. Con personajes diversos y fluidos, pero entendiendo el amor y la familia con misma sensiblidad que la escritora de Gijón. No hay escapatoria a las convenciones que tanto defiende la derecha, porque a todos nos gusta Abba.