Nueve años de La Pulquería de los Insurgentes

Monterrey /

Cuando recién abrió, era de lo más fácil quedar con tu ligue gay:

"¿Nos vemos en La Pulquería? La que acaban de abrir, justo al lado de La Casita"… Y listo. Sin necesidad de calles o números.

Hace nueve años, un gay que no supiera dónde estaba y de qué iba La Casita de los Insurgentes, con más de 15 años del entonces Distrito Federal, debía ser un tipo con la brújula sexual averiada o el instinto promiscuo desbielado. Hasta llegué a pensar que La Pulquería podría convertirse en un agitado epicentro de efervescencia homosexual por la comodidad que implicaba echarte unos curados de guayaba y dejarte llevar por el aguamiel que una vez fermentadas las hormonas, contabas con la opción de salir por la rampa, dar unos cuantos pasos a la izquierda, oprimir el timbre y empujar la puerta, listo para dar rienda suelta a los manoseos consensuados del pionero sexclub solo para hombres homosexuales de la capital sin necesidad de atravesar por la Zona Rosa y sus bares, la mayoría de ellos con su música mal ecualizada.

Como siempre, mis renegados instintos gays hicieron que mis profecías fallaran como una canción de Faithless queriendo abrasar la pista de los hoyos funky gays de la calle de Amberes de la Zona Rosa, porque La Pulquería sobrepasó su estatus de restaurante, bar y centro nocturno para consolidarse como un referente cultural de la hoy Ciudad de México, mientras que La Casita se fue estancando en un limbo incierto viendo cómo el esparcimiento erótico gay se iba replegando a la tecnología de los teléfonos inteligentes y las orgías de exceso casero. Con todo, La Casita sigue en pie. Pero me parece uno de los síntomas en la mutación de la cultura homosexual.

Observándolo a la distancia de nueve años, el estado actual de La Pulque, como le decimos sus parroquianos habituales, es el corolario al acertado rumbo que le han dado sus dueños, Gustavo Ruiz en los inicios y ahora con el buen Alan Ureña al frente, poniendo al pulque como bebida de tendencia y a la cultura en prioridad para la diversión y la contracultura y para mis pulgas jotas, con todo y un genuino acogimiento de la tolerancia hacia las diversidades sexuales, sin discursos forzados ni banderas como ornamento mercantil, simplemente siendo uno mismo con el hedonismo de la otredad en alto y la buena música acompañando la memoria, y las identidades que se dan cita en un local que sin duda ya es parte indispensable del regocijo fermentado vespertino y nocturno de la capital en la que he forjado buenos recuerdos.

Hubo un tiempo en que su pulsátil cercanía con La Casita me funcionaba maniáticamente bien, como el día en que presentamos el libro de Morrissey y los atormentados, cuentos inspirados en las canciones del cada vez más fallido otrora líder de los Smiths editado por la revista Marvin, al evento le cayó un buen amigo australiano al que después de probar por primera vez en su vida una serie de pulques de distintos sabores y que entendiera la consistencia de la bebida prehispánica sin prejuicios, lo sumergí en los laberintos de La Casita para que descubriera cómo eran los lugares de encuentro gay en la capital azteca del siglo XXI. Quedó desorientado y fascinado.

En realidad, algo que siempre me produce sonrisas cursis es ver las correspondencias entre ambos espacios: siendo edificios contiguos, La Pulque y La Casita comparten estructuras similares, pisos de madera cuyos crujidos se convierten en fraternal soundtrack del momento, techos altos reforzados con vigas, ventanas grandes, barandales y esos detalles afrancesados que unifican a la colonia Roma como un vecindario de nostalgia bohemia que les chifla el sentido de pertenencia a los hípsters millennials; y la convivencia de los públicos, tan distintos, pero que a huevo tienen que compartir el asfalto ha producido efectos contra la homofobia más efectivos que las campañas de victimización arrogante o los bugas que se dicen tolerantes en las encuestas frente a cámaras, pero hacen muecas cuando ven a dos cabrones besándose. Recuerdo que en aquella presentación del libro de Morrissey, un trío de gays se formó en fila de los autógrafos y cuando les pregunté cómo es que se habían enterado del evento, me dijeron que iban rumbo a La Casita, pero les había llamado la atención el alboroto de La Pulque y con las guarrerías gays que solté durante la presentación, se sintieron como en casa. A menudo los encuentro cumbiando en la planta baja de La Pulque. Supongo que así se van tirando prejuicios.

No es poca cosa que en un territorio tan contradictorio como la Ciudad de México, La Pulquería de los Insurgentes llegue a un noveno aniversario, sobre todo cuando aquí la vida nocturna suele regirse por injustas fechas de caducidades derivadas de la demanda secuaz de las volátiles modas y las arbitrariedades urbanas a los que La Pulque ha sobrevivido.

Ya sea por sus variadísima oferta cultural, lo ecléctico de su música distribuida a lo largo de sus tres plantas, su disposición para recibir a gays en estado de azote, desde mi imparcial punto de vista, pocos lugares han logrado hacerse de un público fiel como La Pulque, y por eso tenía que aprovechar este espacio para felicitarlos.

Larga vida y salud por todas las fiestas de mañana.


Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com


  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.

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