"Orange is the new boring"

Ciudad de México /

En correos electrónicos, inbox, adhiriéndome a opiniones digitales que terminan siendo chorizos de enojo virtual, insisten en mantenerme actualizado de su ruta, replicando la misión de dejar huella en la hoguera de las redes sociales. Que quede claro en los timeline: quiénes son los progresistas, el outfit de las buenas conciencias.

No había respondido por una muy sencilla razón: el Autobús de la libertad y su mensaje de sexualidad monótona y reproductiva me tienen hasta la madre. Me desespera que quieran acorralarme en una obviedad instantánea, que me quieran extraer la indignación con la misma facilidad que el aplauso mecánico a una foca.

¿Qué joto en su sana erección podría estar a favor del mentado Autobús de la libertad?

Me tienen harto. Tanto sus pasajeros enemigos de la ideología de género como sus detractores que acusan al ómnibus de fomentar discriminación y homofobia, pero sin salirse de los márgenes del matrimonio igualitario y la adopción homoparental, como si lo más peligroso fuera perder estos derechos sin los cuales no seríamos nada; inspirando un mensaje, al menos para mí, bien intencionado pero dudoso: la integridad de los no heterosexuales depende casi en su totalidad de qué tan heterosexuales podemos ser al momento de ejercer la igualdad. Harto de esa idea de derechos y bienestar ligada solo a imaginarios heteronormativos, negando, escondiendo otras homosexualidades, ni mejores ni peores, quizás, eso sí, más incómodas, incluso para los abolicionistas del género que pretenden, como los buenos sacerdotes, infundir cierta noción de culpa por segregar testosterona, y disfrutarlo.

Al final, el Consejo Mexicano de la Familia, importador oficial del tour naranja desde España, simplemente defiende un conjunto de modelos sociales que cree le pertenecen solo a los bugas de mente tan desinfectada con lavatrastes arrancagrasa aroma lima-limón, que cualquier cosa fuera de la posición del misionero es pecado. Me desespera que se desgarren la vestidura porque Juan Dabdoub intentó taparle la boca a la mujer que le increpaba frente al autobús naranja. Cuando Black Flag protestó contra el acoso policial a principios de los 80 que a huevo quería boicotear sus conciertos, lejos de regodearse en la represión y darle vueltas a la censura en un loop de victimización, buscaban formas que sacar de quicio a la policía, fue cuando Raymond Pettibon dibujó el legendario cartel en el que el cañón de una pistola se atora en los labios de un oficial de policía junto con la frase: “¡Hazme venir, puto!”. La actitud de la mujer gritándole a Dabdoub es intransigente y valerosa, pero no hay nada más conservador que creer que la protesta espontánea debe ser respondida con buenos modales, florecitas de colores o qué sé yo.

Sí, su posición es empolvada y retrógrada, anticuada y aburrida. Pero al menos son honestos con su conservadurismo y sus respectivos valores. Me parece más patético ver cómo muchos gays que protestan contra el Autobús de la libertad son los mismos que condenaban la Marcha del Orgullo de la Ciudad de México por sus arranques exhibicionistas, pues según ellos los desnudos y las nalgas y los collares de perro y las tetas de silicón nos hacen ver como si los homosexuales no tuviéramos valores. También me parece una exageración dejarse llevar por el desbordamiento de pasiones y acusarlos de nazis cuando muchas veces somos tan fascistas que no queremos saber nada si algo no tiene un poco de sospecha gay en su código genético.

Sin mencionar que discriminamos, me incluyo, con brutal soltura. Basta ver cómo uno de los organizadores y voceros de la Marcha del Orgullo de este año, escudado en un torpe sarcasmo y haciéndose pendejo con sus discursos de corrección política rosa, decía extrañar a los guapos madrileños del World Pride por su guapura y sencillez siendo que estaba harto de los mexicanos posones y además feos.

El Autobús de la libertad nos pone trampa de osos y nosotros caemos con tal de sentir que no traicionamos los ideales de igualdad, cada vez más cerca de la estandarización, para colmo, conservadora. Ahí está Maite Perroni como estrella principal en el templete al final de la Marcha del Orgullo, la misma que aceptó dinero del Partido Verde para promover entre otras cosas, la pena de muerte.

Twitter: @wencesbgay

stereowences@hotmail.com

  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.
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