Cuando Mahesh Saradangani, CEO de la cadena de cafeterías Philz Coffee, anunció con la arrogancia típica de los godínez con una American Express en la cartera, la decisión de retirar de cada uno de sus locales todas las banderas de arcoíris, representativas de la comunidad lgbt+, la pregunta que más se repitió en redes sociales fue: ¿Qué diablos pasará con la bandera en la sucursal de la calle Castro, en San Francisco?
La sucursal de Philz Coffee, en el número 549 de la calle Castro, se encuentra a un par de locales de donde Harvey Milk solía tener su tienda de cámaras, devenida en cuartel para su campaña política que, sin planearlo, fundó el movimiento por los derechos y la visibilidad de las personas de la diversidad sexual, en ese entonces denominada lésbica-gay. El mismo local de Castro, hoy ocupado por una galería de arte queer, donde se gestó el significado de la bandera del arcoíris. Gilbert Baker, artista y activista de Kansas, influido por su amigo Harvey Milk, diseñó la bandera. Milk buscaba un símbolo que representara el incipiente movimiento por los derechos de las minorías sexuales. Así que Baker, inspirado en esa tentación masculina de poner banderas en territorios, en la geometría de la Bandera de la Hermandad de Minnesota, en la psicodelia de la cultura hippie de San Francisco, en la canción “She’s a rainbow” de los Rolling Stones y en cierto misticismo de la cultura egipcia, diseñó las barras de arcoíris.
En la marcha del San Francisco Gay Freedom Day Parade del 25 de junio de 1978 en San Francisco, la bandera hizo su primera aparición con todo el peso político del momento.
Philz Coffee empezó como una cafetería rústica en la esquina de las calles 24 y Folsom, en el barrio latino de Mission, en 2003. Su caótica estética de concreto, mesas y sillas de metal precario y telas colgadas parecía rendir tributo a las cafeterías estudiantiles del San Francisco de la era posthippie, en las que el carácter contracultural era más importante que el aroma gourmet de los granos de café. Ese caos urbano despertó tanta fascinación que otros Philz Coffee abrieron sus puertas a lo largo del Área de la Bahía, bajo un modelo de negocio que reimaginaba las cooperativas de trabajadores: los empleados recibían una aportación extra que los convertía en una especie de accionistas minoritarios de la compañía o dueños parciales.
Philz Coffee logró una expansión de 80 sucursales a lo largo de todo el estado de California y más allá, como las cafeterías de Chicago. El nombre se convirtió en una suerte de sinónimo del espíritu alternativo y desafiante de San Francisco.
No obstante en 2025, la cadena fue adquirida por la firma de inversión Freeman Spogli and Company por 145 millones de dólares. Esto implicó drásticos movimientos, como el cierre de muchas sucursales icónicas, incluida la primera Philz de la calle 24, y la propuesta de retirar cualquier clase de banderas, incluida la de Gilbert Baker, pues, de acuerdo con Mahesh Saradangani, el hombre designado por Freeman Spogli and Company como CEO en la nueva etapa de la cadena de las cafeterías, cualquier bandera podía generar sentimientos encontrados, como el de exclusión, en todos aquellos clientes que no se sintieran representados por ellas.
El argumento era tramposamente ingenioso: ¿A quiénes podría generar tales sentimientos encontrados? ¿Quiénes no se sienten representados por la bandera de arcoíris? ¿Los homofóbicos acaso?
Más preguntas: ¿Qué significa la bandera del arcoíris hoy en día?
Durante muchos años fue un estandarte que, de colgarlo afuera de cualquier puerta, señalaba un lugar donde podías reunirte con los tuyos para hacer más o menos lo que se te diera la gana, sin ser juzgado ni hostigado por quienes no soportan otras formas de sexualidad que no sean la heteronorma. En los años siguientes a la aparición del sida, los colores de la bandera del orgullo simbolizaban fraternidad y memoria de los caídos. Iluminaban las marchas, despertaban un sentimiento de pertenencia.
La visibilidad que logró la popularización de la bandera del arcoíris también despertó la avaricia de los listillos de siempre. Fue cuando las barras de colores de Gilbert Baker empezaron a brotar más allá de los centros comunitarios de desmadre y besuqueos lujuriosos. Tiendas departamentales, joyerías, supermercados, bancos y hasta la envoltura de comida chatarra ponían la bandera de arcoíris como supuesta prueba de inclusión. Sobre todo en junio, el mes del orgullo.
¿Querían inclusión o nuestro dinero?
Como sea, muchos gays fueron extremadamente felices cuando el mito del dinero rosa permitió que el diseño de Baker sirviera de iconografía para el marketing progresista. El movimiento gay entendió que el consumismo era el recurso más efectivo y rápido para la integración social que tantas veces lo había marginado. Tan rápido como deslizar la tarjeta de crédito, si tienes solvencia para usarla. No sólo eso: celebró las dinámicas clasistas del consumismo salvaje, aparentemente, a mayor lujo, mayor inclusión, mayor diversidad. Muchos homosexuales querían ser embajadores de la diversidad sexual (lo que sea que eso signifique) de marcas de cualquier producto, autos, agencias de viajes, desde luego líneas de ropa, licores de alta gama o de marcas de destapacaños o trampas para ratas que las inmovilizan y las asfixian en segundos. Lo que sea.
Pero no hay campaña de marketing que no sea volátil. El reciente ascenso de la derecha al poder político desató un pánico moral con la misma paranoia que en los primeros años posteriores a los disturbios de Stonewall. Las quejas constantes de los arcoíris en tiendas departamentales y su capacidad, dicen ellos, de desviar a cualquier persona de su correcto rumbo heterosexual por tan sólo verlo, pusieron a las gráficas de ganancias como gelatina. Poco a poco los grandes almacenes fueron desmontando cualquier rastro de arcoíris. La inclusión ya no vende ni en la sección de saldo de la Ross.
Muchos activistas siguen lloriqueando por el sutil rechazo de buena parte del sector comercial al arcoíris. Creen que es el vaticinio de que tiempos oscuros están por caer sobre los sodomitas. Sin caer en el hecho de que la apuesta por la inclusión siempre fue la de incluirnos a los homosexuales en instituciones y dinámicas sociales de conservadurismo endémico, como el matrimonio, el consumismo salvaje, la canibalización de los puestos políticos, la represión como sinónimo de buena salud. El espejismo de la igualdad e integración nos cegó tanto y tan voluntariamente que nunca dimensionamos lo artificial de su empoderamiento.
La colorida bandera ha regresado a todos los Philz Coffee de todas las ciudades. El boicot orquestado por activistas puso las gráficas de ganancia como gelatina. Mahesh Saradangani reconoció que sus palabras habían sido un tremendo error para la comunidad lgbtq+. Pidió disculpas.
Hace poco me detuve en el Philz de Castro. Pedí lo más parecido a un café americano con leche. Tienen su propio vocabulario perteneciente a la tercera ola de café, que es una referencia a las olas del feminismo. Los baristas estaban felices. Preparaban las mezclas meneando las caderas conforme la música de Jessie Ware invocaba a los espíritus de sus antepasados del disco. Había sonrisas.
Ahí estaba, la bandera de Baker que había regresado, rediseñada para representar nuevos grupos de diversidad sexual. Orgullosa. Triunfante. Los homosexuales como yo éramos bienvenidos otra vez. Nosotros y nuestro dinero. Salí, le puse play al “Damaged” de Black Flag, sonó “Dissapointed” mientras pensaba que no son cafés baratos y pueden costar el doble si pides un hojaldre de queso y tocino que sabe a orgasmo mañanero.