Una bandera es una bandera

Monterrey /
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Ennistymon es un pequeño pueblo ubicado en la costa oeste de Irlanda. Su población apenas rebasa los mil habitantes. En su compacto urbanismo se aglutina una belleza envolvente, saturada de gris e infinitas tonalidades de verde, profundamente melancólica y puntillista. Desde cualquiera de sus colinas, el paisaje hendido por nubes que se deshacen como algodón de azúcar provoca la sensación de estar en un cuadro viviente de Paul Signac. Como si una de sus pinturas hubiera llegado a ese rincón de Irlanda y echara raíces gracias a la humedad.

La colina más privilegiada es la que alberga el cementerio de Ennistymon. Esa fue nuestra primera parada turística. Jim y yo estamos obsesionados con recorrer los laberintos de los viejos cementerios, con las fechas grabadas en la piedra, los apellidos de los difuntos. Y en Irlanda, los cementerios son auténticos museos de nostalgia gótica sosteniendo historias de fe cristiana. En la punta del cementerio de Ennistymon había una iglesia. Y detrás de la iglesia, el asta con la bandera.

¿Esa de ahí es la bandera confederada? Preguntó Jim a nuestra amiga, quien amablemente nos había invitado a su estupenda casa de Ennistymon por un par de días, cuando supo de nuestro road trip por Irlanda. Al principio ella lo negó. Simplemente no había razón para ello. Pero al subir la cuesta no había duda, ahí estaba, la bandera roja con las líneas azules con estrellas en diagonal cruzándose entre sí. Recordaba esa bandera. Era la misma que decoraba el toldo del General Lee, como apodaban los primos Duke al Dodge Charger 1969 en “Los Dukes de Hazzard”, la serie setentera. De niño me parecía un símbolo inofensivo, sobre todo cuando veía la serie en televisiones a blanco y negro.

Conforme fui creciendo, leyendo novelas de William Faulkner, Tennessee Williams o Carson McCullers, comprendí el significado histórico y contemporáneo de esa bandera: surgió de la Guerra Civil de los Estados Unidos, cuando el bloque del sur, los estados confederados, se rebeló contra los estados del norte, denominados The Union, que buscaban la unión de todos los Estados Unidos de Norteamérica.

Dicha bandera no era parte del cementerio, estaba al otro lado de la barda de piedra, en el patio trasero de la última casa de la calle.

En la calle principal de Ennistymon hay más bares que farmacias, más bares que cafeterías y más bares que supermercados. Nos metimos a Eugenes, de los primeros pubs de Irlanda lleno de pósteres de festivales hippies de finales de los sesenta con Van Morrison encabezando todas las alineaciones.

Nuestra amiga parecía desconcertada. Ennistymon luce como una ciudad bastante progresista, con valores propios de la evolución poshippie. En casi todos sus locales colgaban banderas inclusivas. ¿Qué hacía la bandera confederada a 8 mil kilómetros de su lugar de origen? Son de esas imágenes que desatan toda clase de sensaciones en el estómago. En su diseño no sólo alberga la historia del sur estadunidense —la tierra, la secesión—, sino también ciertas ideas que flotan como fantasmas en las películas y en la literatura del gótico sureño, como la esclavitud, entendida como parte del patriotismo, y la cristiandad desde la supremacía blanca.

Al parecer, habitantes del condado de Cork, en el sur de Irlanda, suelen ondear la bandera confederada, pues sus colores coinciden con los del equipo de futbol local. Pero hay algo más, de acuerdo con Liam Kennedy, de la Universidad de Dublín, algunos irlandeses encuentran cierta similitud entre la historia del sur de los Estados Unidos y el sur de Irlanda. Aunque esto es más un mito que una evidencia sociológica: “Las ideas sobre los puntos en común entre el sur de Estados Unidos e Irlanda tienden a basarse en analogías inestables o simplemente falsas. Si bien puede haber coincidencias de pueblos marginados, subdesarrollados frente a un norte más pudiente, las ideas de que estos ‘sures’ eran lugares de opresión y causas perdidas son vagas”.

En 2020, el gobierno de Irlanda prohibió definitivamente el uso de la bandera confederada en los partidos de futbol del condado de Cork por sus implicaciones racistas.

¿Cómo es que una bandera podía descolocarnos tanto? ¿Y cómo es que terminamos rodeados de banderas cuyos significados se atomizan cada vez más gracias a la simplificación de los argumentos en redes sociales? ¿Cuál es el valor de una bandera, la que sea, cuando la utilizamos en el mismo nivel discursivo que un emoji? ¿Las banderas representan unidad o una atomización que radicaliza?

Cuando el pensador anarquista David Henry Thoreau protestaba precisamente contra la esclavitud, solía invertir la bandera para demostrar cómo un simple movimiento geométrico vaciaba y subvertía todo el significado.

Será por eso que muchas bandas de punk como Anti-Flag, Bad Religion o los mismos Black Flag juegan con la idea del desmoronamiento de las banderas para hablar de su peligrosidad.

Por cierto, el pasado 4 de julio, el Día de la Independencia estadunidense, un grupo de supremacistas blancos marchó en Washington DC ondeando la bandera confederada. Me llamó la atención que sin importar que ya sea al derecho o al revés, su diseño no se altera y el significado sigue siendo el mismo.


  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.

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