El mensaje del coche bomba

  • Columna de Xavier Jiménez
  • Xavier Jiménez

Ciudad de México /
Únete al canal de Milenio

Cuando explota un coche bomba, alguien está mandando un mensaje.

En el lenguaje del crimen organizado, este tipo de violencia aparece para castigar una traición, responder a un cambio de bando, disciplinar a una célula o advertir a una corporación que modificó sus lealtades.

Eso también debe analizarse detrás del coche bomba de Ojocaliente, Zacatecas.

Y hay que entender la zona. Ojocaliente es una bisagra. Porque funciona como un puente entre Zacatecas y Aguascalientes, dentro de un corredor útil para mover droga, armas, vehículos y células hacia el centro del País.

De hecho, los últimos ataques con explosivos se han concentrado en esa franja: Ojocaliente, Villa García y Tabasco, municipios próximos o colindantes con Aguascalientes.

En esa zona se cruzan intereses del CJNG y grupos vinculados al Cártel de Sinaloa, en particular por el control de rutas y policías locales.

La principal línea de investigación oficial por el coche bomba apunta al CJNG y a una represalia tras la detención, un día antes, de un joven que dijo pertenecer a ese grupo; además, el vehículo utilizado había sido robado en Jalisco.

Es decir, el ataque puede leerse menos como un hecho aislado y más como una demostración de fuerza en un corredor disputado, donde tocar a una célula o detener a uno de sus integrantes puede interpretarse como ruptura de equilibrios o cambio de lealtades.

Cuando una célula abandona una organización y se pasa con el enemigo, cuando un jefe rompe acuerdos o cuando policías que trabajaban para un grupo comienzan a proteger a otro, los mandos criminales recurren a la violencia para exhibir su poder.

Y entonces hacen ruido. El objetivo rebasa a la persona que quieren castigar. La explosión debe escucharse lejos, destruir alrededor y dejar una imagen imposible de ignorar. Es escarmiento y propaganda.

México conoce ese lenguaje desde hace años. Los Zetas recurrieron a coches bomba durante los años de mayor confrontación criminal. Después aparecieron otros episodios y, con el tiempo, el uso de explosivos se extendió hacia organizaciones que comenzaron a incorporar artefactos improvisados a sus arsenales.

Michoacán es quizá el mejor ejemplo de esa evolución. Ahí se pasó de explosivos rudimentarios a artefactos colocados en caminos, minas improvisadas y drones adaptados para arrojar cargas. El Cártel Jalisco Nueva Generación y organizaciones rivales han mostrado capacidad para utilizar este tipo de armamento en sus disputas.

Jalisco, Guanajuato, Tamaulipas, Zacatecas y otras entidades también han registrado ataques, hallazgos o aseguramientos de explosivos.

El fenómeno, por lo tanto, no nació ayer. Se dejó crecer durante años. Y mientras crecía, también se perfeccionó.

El crimen organizado tuvo tiempo para experimentar, equivocarse, aprender y transmitir conocimiento. Una capacidad que en algún momento pudo concentrarse en unos cuantos especialistas terminó reproduciéndose entre células y regiones.

Ahí está quizá una de las mayores alertas.

Porque fabricar un artefacto explosivo improvisado, manipular una carga, colocar un detonador y preparar un mecanismo para accionarlo a distancia requiere conocimientos.

Alguien sabe hacerlo. Y alguien enseñó.

¿Quién capacita a los grupos criminales? ¿Trabajadores o ex trabajadores de minas? ¿Ex militares? ¿Mercenarios? ¿Especialistas reclutados por los propios cárteles? ¿Quién les proporciona los componentes?

Son preguntas que México debió comenzar a responder desde hace años cuando aparecieron los primeros artefactos de este tipo. Porque el problema atravesó administraciones, corporaciones y estrategias de seguridad. Pero por años no se atendió la consecuencia inmediata, como el explosivo localizado, el dron asegurado, la mina desactivada, el vehículo destruido.

Hoy ya existen detonadores, mecanismos de activación remota, drones modificados y personas capaces de fabricar artefactos cada vez más complejos.

Eso no se construyó en una semana. Es resultado de años de aprendizaje criminal y el terror puede existir aunque el expediente tenga otro nombre. Existe cuando una explosión sacude varias manzanas.

Cuando rompe ventanas y puertas de viviendas donde no vive ningún narcotraficante.

Cuando las familias salen después del estruendo sin saber qué ocurrió.

Cuando cualquier automóvil abandonado comienza a generar miedo.

Entonces aparece la pregunta incómoda:

Ojocaliente debe servir como otra advertencia.

No solamente por el vehículo que explotó, sino por todo lo que tuvo que ocurrir antes para que alguien pudiera convertirlo en una bomba.

La información existe.


Más opiniones
MÁS DEL AUTOR
    • Opinión de
    • Opinión de
    • Opinión de
    • Opinión de

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite