“¡Yo soy el presidente de Venezuela!”, retumban los aullidos de Nicolás Maduro a altas horas nocturnas, según corre la voz tras los muros de ladrillo y concreto del Metropolitan Detention Center de Brooklyn. A apenas una cuadra del Río Hudson, la cárcel federal donde se hospeda el tirano abducido tiene apenas ventanas estrechas y sombrías que impiden disfrutar de la vista a la Estatua de la Libertad, plantada allí delante a modo de sarcasmo no del todo casual.
En su interior el edificio es frío, impera la humedad y no siempre funciona la calefacción. Nada de lo cual suele ser obstáculo para la preferencia de las ratas, acaso porque gozan de una libertad de movimiento incomparable, desde el punto de vista de los presos. El MDC de Brooklyn tiene fama de ser una cárcel violenta, de la cual no es difícil salir un día de estos con los pies por delante, pero ese riesgo no lo corre Maduro, que ha ido a dar a la Special Housing Unit y se pasa la vida (o lo que de ella queda) aislado en una celda de dos metros por tres.
“¡Estoy aquí secuestrado!”, brama también el no-más-mandatario, cuyo mayor privilegio vigente consiste en deambular por un pequeño patio, darse un regaderazo y hacer una llamada tres veces por semana, todo ello en no más de una hora, con los grilletes y las esposas puestos. Habrá quien diga, con sobrada razón, que los reos de ergástulos siniestros como El Helicoide, La Tumba o el Fuerte Guaicaipuro —sometidos a torturas, hambrunas, hacinamiento, acoso y maltratos de por sí inenarrables— mirarían con envidia hacia la cárcel federal de Brooklyn; lo cierto, sin embargo, es que la situación actual de Nicolás Maduro hace que su verdugo más encarnizado resulte justamente Nicolás Maduro. Duele menos, a veces, descubrir el infierno que perder el edén. Quién fuera Fidel Castro, ¿cierto?
Existen en las leyes venezolanas delitos tan etéreos como ridículos, por los que sin embargo se reciben condenas muy severas. Uno de ellos es la corrupción espiritual, cuya naturaleza inquisitorial invita abiertamente al abuso, la arbitrariedad y la sevicia, en nombre de abstracciones que sólo el fanatismo más encarnizado se mira facultado para descubrir. Si el acusado tiene el alma putrefacta (cuestión que los esbirros de la dictadura hallarán muy sencilla de probar) va a seguirse pudriendo cinco años en la cárcel. O en esos calabozos venezolanos donde el preso defeca en una bolsa de plástico que le cambian una vez por semana. ¡Quién pudiera llamarse Nicolás Maduro!
Según la fiscalía, las acusaciones contra el sátrapa caraqueño son tan sólidas como los muros mismos del penal federal, pero al mundo le consta que su falta más grave no ha tenido que ver con narcotráfico, homicidio, secuestro, extorsión, espionaje, tortura, mutilación, saqueo o integración de banda criminal, sino concretamente con el escarnio. Un pecado, quizá, pero nunca un delito. Sólo que, a diferencia de la corrupción espiritual, la soberbia y la burla sí que pueden probarse. Ahí están, por las dudas, los videos del tirano bailando en el estrado ante las amenazas del FBI, que ofrecía una fortuna por su cabeza. Pero hasta el FBI parece poca cosa comparado con la sola vesícula biliar del presidente Trump.
“Si tú le das un golpe, él va a golpearte diez veces más fuerte”, dijo una vez Melania sobre su feroz cónyuge, quien asimismo gusta del baile socarrón y encuentra intolerable la competencia. ¿Quién le dijo a Maduro que disponía del capital bastante para pagarse tanta chulería? ¿No le advirtió de paso el pajarito Chávez que en ese territorio nadie le gana a Donald? Tratar de pitorrearse del burlón en jefe equivale, decimos aquí, a ir a venderle chiles a Clemente Jacques. Al igual que el poder y la ufanía, al ego no le gusta que se rían de él.
No debe de ser fácil escuchar a lo lejos, noche a noche, las risas de la Estatua de la Libertad.