Está allí, como célula durmiente, aguardando a que dude el entusiasmo para invocar a la fatalidad. Su mérito consiste en encontrar los motivos profundos de una cierta derrota antes siquiera de que se produzca. Ocurre como el vértigo que traiciona al Coyote cuando está cerca del Correcaminos, no bien mira hacia abajo y descubre que está parado en el vacío. Es una rara mezcla de pánico escénico, fatalismo sofocliano, desaliento tenochca y falsa dignidad. “Al fin que ni quería…”, rezonga uno, sin pizca de franqueza, nada más ha olisqueado la derrota y se apura a tornarla irreversible.
Como todos sabemos, el complejo nacional se renueva en periodos cuatrienales, tras un corto periplo que avanza raudamente del candor a la fe, de la fe al fanatismo y de éste a la amargura y el humor negro. Sea cual pueda ser la situación auténtica de los seleccionados nacionales, el alma mexicana llega al primer partido del Mundial de Futbol presa de una hinchazón emocional que se quiere profética y apela a la ceguera para así demostrarlo.
Muchos, los aguafiestas, nos pasamos la víspera del campeonato riéndonos de antemano de la debacle en curso, pero una vez que suena el himno nacional y los comentaristas se unen a la plegaria colectiva, somos presas inermes de un thriller palpitante que, mucho nos tememos, terminará en tragedia. La única diferencia está en el tiempo… ¿Cuánto nos durará esta vez la fiesta? ¿Llegaremos siquiera a la segunda ronda? ¿Qué pifia, qué penal, qué pecado del árbitro nos llevará de vuelta al desconsuelo aquel, tan confortable, del cual nunca debimos salir?
Asumo que estas líneas cosechan enemigos aceleradamente. De aquí a unos pocos días, cuando ya el optimismo intransigente sea el único realismo concebible, es probable que yo me cuente entre ellos. No me importa el futbol, eso es verdad. No le voy a ningún equipo de este mundo ni sé el nombre de un solo seleccionado, pero eso cambiará, válgame la expresión, en tres patadas, tras las cuales seré una eminencia más entre tantos expertos al vapor. Seré inmune a las dudas, además, mientras dure el pasón de orgullo tricolor que genera el milagro de los goles. Porque son milagrosos, eso es cierto, por no decir fortuitos, azarosos, frutos providenciales de la mera chiripa. Y cualquier tarde negra nos encajan un par sin compasión: bienvenido de vuelta el complejo traidor.
“¿Cómo llegué hasta aquí?”, se pregunta de pronto el compatriota que hasta el momento lleva la ventaja. Basta ese titubeo para mirarse indigno de sus logros, sospecharlos espurios, anómalos, gratuitos… e ir a dar enseguida al fondo del barranco. Nada del otro mundo en un país donde la autoridad paternalista se empeña en rebajar al ciudadano al estatus de niño desvalido. Gabriel Zaid decía, hace ya muchos años, que la competitividad del mexicano —y con ella la confianza en sí mismo— es en cierto sentido proporcional al desempeño de su Selección. Por ancha que parezca, odio decirlo, nuestra fe en la victoria rara vez acaricia los cuartos de final y nunca ha conocido las semifinales.
Cuando se hace presente, sobrado de amargura y leche pútrida, el complejo nacional llega como un consuelo del cinismo, que nos empuja a hacer y repetir los chistes más ojetes a costa de un orgullo desinflado por la dinámica del desengaño. “Los ratoncitos verdes”, llamamos con desprecio a los seleccionados apenas les olemos algún rastro de miedo o asumimos más fuertes a los contrarios, para que no se diga que no somos conscientes de las limitaciones de Speedy González.
El sueño húmedo de muchos mexicanos consiste en conquistar una Copa Mundial. Que es como enamorarse de Taylor Swift y sentarse a planear la luna de miel. A como están las cosas, se trata de una mera ensoñación, carente de sustento y estructura. Una ilusión tan dulce, y a la postre tan agria, que sólo un masoquista consumado —es decir, un genuino aficionado— encontraría justa y necesaria.