Fue a principios del siglo XXI cuando el francés William Karel mostró, mediante un asombroso documental, que las imágenes enviadas a la Tierra por el Apolo 11 habían sido previamente truqueadas, puesto que por alguna intrincada razón resultaba imposible tomar video sobre la superficie lunar. Según cuenta la narración de Karel, tal fue el empeño de Richard Nixon por capitalizar políticamente la presunta conquista de la Luna que acabó contratando a Stanley Kubrick, para poder rodar las escenas en tierra y difundirlas en el momento justo.
El lado oscuro de la luna, se llamó el documental, y en él participaron no sólo familiares de los astronautas y la mismísima viuda del director de 2001: Odisea del espacio, sino asimismo miembros del gabinete del entonces presidente, como Henry Kissinger, Alexander Haig y Donald Rumsfeld, amén de Richard Helms, que por su parte dirigía la CIA. ¿Cómo es que nada de esto salió a la luz entonces… ni después? El documental cita, y así lo confirman varios entrevistados, una despiadada cacería secreta de casi todos los involucrados, muertos en circunstancias misteriosas, de la cual Stanley Kubrick se salvó de milagro.
En los últimos dos minutos del documental, alternativamente con los créditos, aparecen escenas donde varios de los participantes confiesan el engaño y se tuercen de risa. Como tendría que haber sido obvio, nada de lo que cuentan sucedió. Los videos de Kissinger y compañía fueron habilidosamente manipulados, y tanto la que fuera esposa de Kubrick como la del astronauta Buzz Aldrin se prestaron con gusto a seguir la corriente a los bromistas. Con todo, hasta la fecha menudean los conspiranoicos que exhiben ciertas partes del documental falso como pruebas fehacientes de un montaje de
Estado.
Vivimos tiempos ferozmente insensatos. No importa cuán absurda sea una historia, habrá siempre una fila de bobalicones dispuestos a creerla y contarla con la vehemencia de un testigo presencial. No pocos, inclusive, agregarán algo de su cosecha para hacerla lucir más verosímil. Lo de menos, al cabo, es qué pueda pensar el argüendero, si ha decidido ya lo que quiere creer y hacer creer. Y entre más absurdo, tanto mejor. Toda aquella idiotez que desafíe a la lógica, la ciencia o la experiencia tiene madera para viralizarse.
La insensatez suele vivir del crédito que le otorgan fanáticos, chismosos y conspiranoicos. Gente que ni de broma se toma la molestia de verificar todo lo escandaloso que le cuentan, no sólo porque tiene prisa por diseminarlo —y así escandalizar a quien se deje— sino porque le estorba la posibilidad de un desengaño. Por eso escuchan sólo cuanto reafirma sus creencias, o sus sospechas, o lo que sea que haga fluir su mala leche, y si acaso existieran elementos de duda los eliminarán igual que cáscaras. No es, pues, que la ficción supere a la realidad, sino que en sus cabezas embarulladas ambas cosas resultan una y la misma.
Con tan escasos requisitos ya no digamos académicos, sino siquiera afines al sentido común, no es de extrañar que menudeen libros, cursos y expertos en las diversas ciencias incultas que sostienen la industria universal de la charlatanería. No vayamos más lejos: ahora, mientras escribo las presentes líneas y los cuatro astronautas del Artemis II son rescatados de las aguas del Pacífico, ya hay súbitos expertos entretenidos en negar su notoria veracidad y sembrar fantasías delirantes con ínfulas gratuitas de teoría.
Cautivos de la era del disparate, somos todos los días empujados a poner lo evidente en tela de juicio, cuando no rechazarlo de manera tajante y hasta airada, y de no hacerlo así se nos descalifica desde la más ridícula y rampante ignorancia, y por supuesto se nos llama ignorantes, al modo del predicador febril que compadece a quienes no lo siguen. ¿Llegará acaso el día en que nos dé vergüenza sostener lo ostensible, lo cierto y lo sensato, por miedo a que nos tachen de dementes?