El ladrillo mareador

Ciudad de México /
¿Cuándo una efigie de mármol ve al suelo que la sostiene?.Octavio Hoyos

​Hay quienes dan por hecho que es un pedestal, tanto que en cada espejo, en cada foto, en cada fantasía egocentrista se topan con la estatua de sí mismos. Más peligroso aún, creen que se lo merecen, y sin duda se miran mucho más elevados de lo que están. ¿Pero cuándo hemos visto una efigie de mármol con la vista en el suelo que la sostiene? Somos sus semejantes, desde tierra firme, quienes mejor podemos certificar que aquellos fanfarrones jactanciosos no están sino parados encima de un ladrillo.

Nadie se halla completamente a salvo de caer en la trampa de la infatuación. Peor aún si padecen unos cuantos complejos de inferioridad, de modo que se sienten compensados —y en realidad vengados— por las humillaciones que sufrieron en tiempos que quisieran olvidar, pero cuyos fantasmas les persiguen como en una mansión endemoniada. El solo pensamiento de que ahora eres una figura preponderante produce, al propio tiempo, satisfacción y miedo, de modo que cuando hablas desde la excelsa cima del ladrillo lo haces generalmente en defensa propia porque ya tienes algo que perder. No es que te hayas propuesto ser arrogante, sino que sientes miedo de tropezar porque no sabes para dónde hacerte. Y al propio tiempo lo estás disfrutando como el primer efecto de una nueva droga.

No se para uno encima de un ladrillo para soltar las verdades de su alma, sino que se acoraza detrás de la manía de convencer al mundo de que es lo que no es. Pues en esas alturas no se habla con alguien en especial, sino con el conjunto de la humanidad. Ya sea un funcionario de súbito encumbrado, un capo que anteayer robaba coches o alguna nueva estrella del espectáculo, la embriaguez producida por la asimilación del éxito imprevisto le transforma en un monstruo que se ignora. Podría jurar que es la misma persona, pero ya lleva dentro un alma cobradora que encuentra natural exigir más respeto del que ofrece.

Todos creemos saber qué es lo que haríamos si algún día la fama nos sorprendiera, como el adolescente soñador que se mira en el cuero de una estrella porno. Lo cierto es que la gente que recién se ha trepado en el ladrillo no únicamente ignora lo que quiere, si tampoco es capaz de imaginar lo que se espera que haga, diga o calle. Luego entonces, lo más fácil será que actúe con flagrante imbecilidad, y aún así le aplaudan y feliciten, cual si ya nunca más fuese a bajar del ladrillo donde contrajo el vértigo.

Este extraño fenómeno guarda una ilustrativa semejanza con el embrujo de las pasiones amorosas, sólo que sin la duda turbadora que suele acompañarlas. Es posible que el rasgo más grotesco de los engreídos sea su imperturbable certidumbre. Si ya se han asumido notorios e importantes, y de esa convicción se alimenta la imagen que tienen de sí mismos, no pueden acusar el menor titubeo sin exhibir su inmensa pequeñez. Son, pues, tiesos, solemnes y soberbios, cual si su vida toda fuera asunto de homenajearse y ser homenajeados. Más que mero respeto, esperan sumisión y pleitesía, como el borracho exige nuevas carcajadas por el chiste que ya contó seis veces.

Marearse por estar encima de un ladrillo equivale a embriagarse sin permitir que llegue la resaca. Esto es, sin vomitar, ni desdecirse, ni dar un paso atrás en el empeño de vivir en su propia irrealidad, donde suelen llegar muy atenuados (si es que alguna vez llegan) los ecos del ridículo estruendoso que sigue a la embriaguez de su ego encandilado, al igual que va el tufo detrás del teporocho.

Contra lo que pudiera deducir quien conociera la modesta altura del ladrillo en cuestión, las caídas de ahí son tan estrepitosas como los desmentidos de quienes las padecen, que en adelante ya no podrán vivir sin experimentar, así sea en los dominios de la nostalgia, aquel mareo ufano y cautivador del que ningún don nadie vuelve igual. 


  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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