La paradoja es obvia: pagas más, te dan menos. Los espectáculos suben de precio a medida que cae su espectacularidad. Como en aquellos hoteluchos roñosos donde “la única estrella es usted”, hoy día el espectáculo corre a cargo de los espectadores. Suponiendo, se entiende, que estos hayan pagado un dineral impúdico por los boletos súper-extra-especiales que les harán brillar —eso creen ellos— entre todo el gentío que también se cajeó con tal de verse entre los elegidos.
Todo gran espectáculo solía suponer una vibrante comunión entre los presentes. Público y deportistas (o artistas, en su caso), hacían parte de un mismo éxtasis colectivo, tanto así que a la hora de salir se veían embargados por la sensación de flotar a centímetros del suelo. ¿Pero qué pasa cuando el graderío es segregado en múltiples secciones especiales y excluyentes, cada una más VIP que la anterior? Ocurre que entre tantos pudientes descollantes, la única conexión multitudinaria tiene que ver con la señal de WiFi que cada quien recibe en su teléfono. Entre miles de pantallitas en alto, el clímax es un lujo inaccesible. Y listo, cada quien para su santo.
Quien hoy invierte sumas estratosféricas en calentar dos horas una cierta butaca no suele hacerlo a pesar del precio, sino por ese preciso motivo. El chiste es regodearse en el derroche. Por lo demás, hoy las entradas salen a la venta con una eternidad de antelación. ¿Cuánto ganan en réditos los organizadores por todos esos meses de alegre jineteo? ¿Pero quién pierde el tiempo en hacer aritmética tacaña cuando cuenta dinero delante de los pobres?
Cierta vez Andy Murray se cumplió el caprichito de comprarse un Ferrari. A la hora de estrenarlo, sin embargo, experimentó una ola de vergüenza que echó de golpe el gozo hasta el fondo del pozo. Pues ya no sólo el tenista escocés era un hombre mundialmente famoso; ahora se exhibía frente a todos desde la más notoria de las vitrinas. Poco más tarde, se deshizo del auto. Muy lejos de acercarme a la holgura económica que lo acompaña, me pongo en el lugar de quien se gasta 80 mil dólares en dos entradas para el Super Bowl y comprendo el bochorno del bicampeón de Wimbledon. Se me caería la cara de reconocer que malgasté un vigésimo de esa cantidad en un boleto para lo que sea. Pero estos son los tiempos de la desvergüenza y al mal gusto ya no hay quien lo detenga.
Nada alimenta el ego de los nuevos ricos como la envidia que creen inspirar. Pocas cosas, por cierto, hay tan sencillas como vaciarle la cartera a un esnob. Más todavía si rondan los testigos. Hay quienes no soportan la idea de que exista en el foro o el estadio un lugar más costoso que el suyo. Como si sus entrañas les gritaran: ¡Tú te mereces más! No soportan la idea de verse formar parte del montón, aun si ven que el montón la está pasando bomba. Tienen que apantallar a quien se deje, hacerse ver distintos y especiales, acaso porque temen proyectar lo contrario.
Los promotores de estas desmesuras saben perfectamente a quién halagan y les trae sin cuidado a quién excluyen. El asunto es hincharse de billetes a costa del candor de los fantoches. Si de por sí son caras las entradas, se inventan una fiesta para pocos, un gran menú gourmet, un palco para estrellas, una Suite Imperial: lo que sea que suene superfluo y petulante y vistoso al extremo de la obscenidad, aunque realmente no valga gran cosa y se venda a diez veces su precio original.
Para el Mundial de soccer que se avecina, integrado por la ridícula friolera de 48 selecciones nacionales, muchos ya se han quemado una lanísima por presenciar partidos que antaño correspondían a la fase eliminatoria. Lo dicho: pagas más y te dan menos. Y hay quien sigue creyendo que semejante estafa es un lujazo.