México: creo en mí”, declara Jaime López como remate a una de sus canciones, parafraseando el rancio poema patriotero que mucho nos tallaron en años escolares. La idea es poco menos que astringente en un país donde todo conspira contra la autoconfianza, el entusiasmo es visto como presunción y el fatalismo nos parece muy cool. Como si la certeza del fracaso nos hiciera más duros de pelar. Mientras otros insisten en luchar por el triunfo, nuestros falsos humildes hallan diario cobijo en la derrota.
Si yo fuera la patria idolatrada, preferiría contar con un fan club cuyos miembros tuvieran fe en sí mismos, en lugar de venir a guarecerse bajo mis faldas, al modo de una panda de incompetentes. ¿Quién querría depender (moral, sentimental, materialmente) de una persona que se tiene lástima, o que espera inspirarla para salir del hoyo en el que vive? “Inútil a la patria” no es quien tiene el pie plano, sino quien tiene miedo a ser autónomo y espera a que la ubre de la patria, por intermedio del gobierno en turno, le facilite la supervivencia.
Sé muy bien de lo que hablo porque vengo de ahí. Como tantos, crecí sojuzgado por un paternalismo estatal específicamente diseñado para evitarme las molestias de crecer. Si quería escribir una novela, tenía que solicitar una beca, y antes de eso postrarme ante las mafias culturales que benévolamente me la concederían. De otra manera estaba solo en el ruedo, y eso teóricamente debía amedrentarme hasta la parálisis. Pero soy mexicano, así que en su momento me resigné pensando: “Bueno, de lo perdido lo que aparezca”, y fue en la soledad que hallé la fe bastante para persistir en este mal negocio de la escritura.
En mi experiencia, al menos, el desafío más fuerte de sentarse a escribir consiste en atreverse a creer en uno mismo, a despecho del derrotismo imperante. Sólo que esta no es bronca de escritores, sino de todo el mundo. Ninguna iniciativa superará el estatus de quimera si quien busca emprenderla carece de una intensa hambre de triunfo. Peor aún si adolece de esa envidia punzante y gangrenosa que celebra el fracaso del vecino como una gran victoria de su mediocridad. Si algo dice la Historia a este respecto es que el triunfo desdeña a los cobardes.
Ahora mismo me baila en la cabeza, igual que un futbolista relegado a la banca, una de esas palabras que invitan a la burla de más de un compatriota: éxito. Si a los gringos se les llena la boca cuando nos hablan de su propio success, aquí eso se interpreta desde el ángulo chueco de la envidia: no es que cándidamente comparta el triunfador su buena estrella, sino que se ha propuesto echárnosla en cara. Puesto que en nuestra tribu el éxito se ve como una desmesura —y todavía más, una agresión— que es necesario hacerse perdonar, para no herir susceptibilidades.
En términos estrictos, quien no se tiene fe y mira con rencor a quienes sí la tienen es un acomplejado: la clase de persona de la que hay que estar lejos para apostar por una iniciativa propia o plantar cara ante la adversidad. Pero he aquí que en cuestiones de etiqueta social, menudean entre nosotros quienes se miran en la necesidad de comportarse como acomplejados, no sea que se les tache de mamones. Nada hay tan eficaz como la hipocresía para eludir los dardos de la envidia.
Abandonarse al vicio del conformismo es un modo expedito de corromperse el alma. ¿Pues qué es, sino corrupto y sinvergüenza, quien estira la mano para exigir la paga que está consciente de no merecer? ¿Y cómo no va a vivir amargado quien jamás acopió la fe bastante para apostar por sus capacidades, y acaso ni siquiera las concibe? Antes, pues, que en el México donde nací, invierto cada día el alma entera en creer en mí mismo, como tantos paisanos aventados. Seguro que la patria nos lo agradece.