De los burros, prefiere uno a los que no se las dan de flautistas. Preocupan la frecuencia y ligereza con las que cierta gente gusta de citar libros que jamás ha tocado. Un engaño tan cándido como ridículo que en vez de otorgar lustre a su perpetrador —suelen ser reincidentes y narcisistas, no es sorpresa que fallen a menudo— termina desnudando no sólo su ignorancia, sino además su esencia de fantoche.
Cuesta tomar en serio a quienes hablan con la certeza de un conocedor de lo que ya sabemos que no saben. O será que nos cuesta aguantarnos la risa, no bien los escuchamos rebuznar doctamente, con los dedos pescados en el mero portón de la ignominia. Unos porque repiten ideas halladas, diría Dostoievski, "a la orilla del arroyo", y otros porque compraron esas ideas de quienes ahí mismo las recogen, sin entender gran cosa de un origen que al cínico le parece mejor no averiguar.
Hoy en día no es necesario gastar en libros de citas literarias para toda ocasión. El viejo arroyo de las ideas insulsas se ha transformado en un océano de lugares comunes donde la información y la cultura se revuelven sin el menor empacho con la superstición y la ignorancia, y si sumamos a ello la proverbial pereza del fantoche, tendría que extrañarnos que la fuente de toda su sabiduría pasara alguna vez de la primera página del Google.
Nadie peligra tanto en este sentido como los políticos, ya sea porque se embriagan de su propia elocuencia y dicen cualquier cosa con tal de ganar eco en su auditorio, o porque están en manos de sus negros. Es seguro que buena parte de los mercenarios del verbo preferiría estar escribiendo novelas o reportajes, en lugar de discursos redundantes, fariseos y megalómanos, por decir lo menos. Los habrá entonces que aborrezcan su oficio: de esas chambas que te urge terminar, ya que no te motivan, ni te enorgullecen, sino justo al contrario: invitan a esconderlas y negarlas. Das lo menos que puedes de ti, en un descuido inventas, tuerces, plagias lo que se ofrezca, para salir del paso y meter la factura cuanto antes. Total, nadie se va a dar cuenta.
Raro es el personaje de la vida pública que no quiere adornar sus sesudas palabras con alguna embarrada cultural. Uno, como guionista, lo sabe y lo utiliza, incluso si no trata con políticos y todo lo que busca es vender una marca de calcetines. Ningún cliente quiere pasar por palurdo, en especial si ya se teme serlo. ¿Cómo iba a estar de más un guiño coquetón hacia las bellas artes? El problema, no obstante, de estos oportunismos cosméticos estriba en su famélica verosimilitud. ¿O es que el fantoche pierde diez segundos de sueño porque no logra ser lo que parece? ¿Desde cuándo al farol se le da la autocrítica?
Respeta uno más a quienes reconocen sus carencias que a los simuladores evidentes, valga la redundancia. Y ahora que a medio mundo le da por exhibir sus pomposas miserias en las redes sociales cual si fuesen políticos en campaña, tal parece que la única regla a respetar consiste en maquillarse sin freno ni medida: una suerte de pacto de silencio donde todos son guapos, cultos y geniales, o así nos lo parecen de manera oficial. Si el fantoche famoso sabe hacerse la fama de lector ante quienes tampoco quieren leer, a fuerza de citar y malinterpretar lo nunca conocido, no se ve por qué no podrían hacerlo todos, con las redes sociales de su lado.
"Comecaca", llamaba una de mis maestras a los alumnos que copiaban los apuntes ajenos. "¿Te vas a alimentar de lo que tu compañero digirió de la clase?", inquiría la mujer, con justa indignación, acaso ya temiéndose que en el futuro próximo la vieja honestidad intelectual se iría convirtiendo en entelequia. De entonces para acá, con todos estos kilos de basura reproducida sin criterio alguno, lo difícil está en no comer mierda. Entre tantos fantoches y haraganes, resulta más sencillo esparcir la ignorancia que combatirla, si de cualquier manera todo es perecedero, empezando por la cultura y su registro.
A ojos escrupulosos, la política es toda montaje inverosímil. La corrupción del fondo en favor de la forma, aun con las mejores intenciones, deja a su paso un rastro de histrionismo que a la literatura difícilmente le pasa de noche. Si el mentiroso ocupa la ficción como barniz cosmético, el ficcionante apunta al mentiroso para hacer el retrato de sus carencias. Esos instantes gárrulos y patéticos en los que el gran coprófago alza su grave voz para citar la obra inexistente, el párrafo torcido, el nombre equivocado con aplomo y jactancia son, sin quererlo así, pura y regocijante literatura. Lástima que el autor se muera sin saberlo.