La túnica del demonio

Ciudad de México /
Retrato del líder supremo iraní, Alí Jamenei. AFP


Hace poco menos de un año que los activistas iraníes Behrouz Ehsani y Mehdi Hassani, acusados de “rebelión”, “hacer la guerra a Dios” y “esparcir corrupción en la Tierra”, fueron condenados y ejecutados por el régimen, tras un juicio que duró cinco minutos, durante cuyo transcurso no se les concedió derecho a abrir la boca.

​Suerte no muy distinta corren, desde 1979 hasta la fecha, quienes son atrapados sembrando mariguana, insistiendo en consumir bebidas alcohólicas o practicando la homosexualidad, entre una larga lista de “ofensas” diligentemente perseguidas, ahí donde cualquier asomo de disidencia política corre el riesgo de ser declarado herejía. Lo mismo le sucede al ladrón reincidente, condición fácilmente acreditable merced a que le faltan cuatro falanges y un pie (ambos castigos previos a la pena de muerte).

​Alguna vez Mahmoud Ahmadineyad, por ocho años presidente de la república, dijo en una reunión con estudiantes neoyorkinos que en su país no conocían el fenómeno de la sodomía, para gran pitorreo de los ahí presentes. La verdad, sin embargo, es que no pocos gays en su país se despiden del mundo de los vivos colgados en lo alto de una grúa, donde su cuerpo penderá por horas, a manera de público escarmiento.

​Tan sólo en 2023, la República Islámica de Irán fue responsable de tres de cada cuatro de las ejecuciones en el mundo. Sus verdugos, por cierto, ostentan aún ahora el primer lugar mundial en cuanto a delincuentes juveniles “ajusticiados”. Por no hablar del delito de adulterio y la pena de muerte por lapidación: los hombres enterrados hasta la cintura, las mujeres hasta el cuello. Testigos presenciales de estas atrocidades refieren que la muerte sobreviene aproximadamente dos horas después del lanzamiento de la primera piedra.

​No es de extrañar que estas y otras infamias provengan de los mismos gobernantes que reiteradamente han perseguido a melómanos e intérpretes, arguyendo que el gusto por la música es de por sí contrario al Islam y culpable de “corromper la Tierra”. Lo decía el siniestro ayatola Jomeini y hasta hoy lo repite su sucesor, Alí Jamenei, el misógino-en-jefe para quien la igualdad de géneros “es resultado de un complot sionista destinado a corromper el papel de la mujer en la sociedad”.

​Hasta hoy, desobedecer las órdenes de los clérigos persas que a lo largo de casi medio siglo han ejercido una teocracia sorda y sanguinaria se considera una revuelta contra Dios. Disidencia y blasfemia son, pues, una y la misma cosa, de ahí que los más píos entre sus lambiscones enaltezcan a su querido líder con encomios como el de “Regalo Divino para la Humanidad”.

​Un iraní que apenas contaba catorce años cuando los ayatolas tomaron el poder ha cumplido recientemente los sesenta. Bien podría decir que en toda su existencia no ha conocido más que el medioevo, si no fuera porque sus compatriotas llevan todo ese tiempo ejerciendo sus gustos a escondidas.

​“La nuestra será una república humanitaria que favorecerá la causa de la paz y la tranquilidad para todo el género humano”, prometió un misericordioso Jomeini en sus primeros días de gobierno. Poco tiempo después, tras una purga extensa y despiadada, ya en guerra con Irak, el hombre de la túnica emitía una fatwa según la cual los niños muertos en combate aseguraban su lugar en el paraíso, tras lo cual muchos de ellos fueron usados como detectores de minas. De entonces hasta hoy, la gran contribución del régimen islámico a la paz y tranquilidad del género humano ha sido el ejercicio y patrocinio del terrorismo en cinco continentes.

​Nada tiene de raro, ni debería tenerlo de sorpresivo, que la ciudadanía iraní, largamente tiranizada, sojuzgada, reprimida, humillada, empobrecida y avasallada por una truculenta pandilla de santones asesinos, exija libertad y se levante contra sus opresores, para escándalo de esos retrógrados hipócritas que ridículamente se dicen progresistas. Habituados al miedo como forma de vida, los iraníes saben lo que se juegan y ni así se acobardan. Si en el mundo hay un Dios, tendría que estar con ellos.


  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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