Lecciones tras las rejas

Ciudad de México /
Solía volver del Reclusorio Sur como quien consumó una fechoría. Jorge Carballo

Los novelistas, como los criminales, tendríamos que eludir a cualquier precio el reconocimiento. Casi todos, no obstante, caímos en la trampa de procurarlo desde la temprana juventud, en el nombre del ego lastimado que es mal común entre los principiantes. Algunos se desvelan por ser reconocidos inclusive ya entrada la vejez, en la creencia ilusa de que seguirán vivos por intermedio de la posteridad. El problema detrás de este prurito es que hay quienes escriben para ser admirados por encima de la historia que cuentan, pese a que semejante reconocimiento termina echando tierra encima de la trama. Homenajear a quien hace novelas es también una forma de atraparle in fraganti.

Lo cierto es que chambeamos en lo oscuro, como si en vez de contar una historia fuéramos a asaltar una farmacia. Mi bisabuelo hablaba con su nuera —la que después sería mi abuela materna— sobre el inconveniente de llamarse como hijo de vecino. De poco le servía recordarle a la gente su segundo apellido —Verdiguel— si para todos era José Hernández. “¿Se imagina usted cuantos maleantes se llaman como yo?”, dolíase el señor por el pedigrí escaso que le había tocado, sin sopesar las múltiples ventajas que le brindaba aquel nombre ordinario, bajo cuyo cobijo podía hacerse humo entre la multitud.

¿Cómo se llama el preso”, me preguntó un custodio del Reclusorio Sur, a finales del siglo pasado, no bien me acerqué al módulo de información y le hice saber que iba de visita. Había en esos años que demostrar algún lazo sanguíneo con el recluso al que uno quería ver, y para ello bastaba con compartir alguno de sus apellidos. Sin pensarlo dos veces, afirmé que era primo del interno y que éste se llamaba José Hernández, en coincidencia con mi apellido materno. Como era de esperarse, tantos llevaban ese mismo nombre que no tuve sino que asomarme a la lista para escoger a un tal José Hernández Mendoza como “hijo de un hermano de mi mamá”. Diez minutos más tarde ya estaba yo en el patio de la cárcel, listo para tomar las lecciones del día.

“En la escuela literaria no hay discípulos; sólo maestros”, escribió alguna vez Carlos Drummond de Andrade. Con esa idea en mente, me dejaba abordar por los presos urgidos de monedas y les pedía, a cambio de un billete, que fueran tan gentiles de contarme su historia. Dos visitas más tarde ya me había hecho de un puñado de amigos, entre los cuales pululaban tanto rateros y granujas como secuestradores y asesinos. Pero más que la historia de cada uno —es decir, la cadena de desmanes que los habían llevado hasta allí— me interesaban los pequeños detalles. El lenguaje, el acento, la sumisión forzada, las risas insolentes, las miradas oblicuas, la agresividad cruda, las chispas de candor. Cosas que nadie más iba a enseñarme.

Hasta entonces jamás había logrado terminar uno de mis embriones de novela, ni sabía qué uso le daría a aquella información insólita y candente. Sería suficiente, por lo pronto, con procurarme algún respeto por mí mismo, mientras iba saqueando las almas de los presos y dándome las clases de literatura que ningún plan de estudios contemplaba. Porque uno es el maestro y el alumno, y durante mucho tiempo el único lector; si en algo es un experto es en meter la pata, pero al cabo ha de hacerlo tantas veces que de alguna tendrá que regresar triunfante.

Solía yo volver del Reclusorio Sur como quien consumó una fechoría sin dejar la menor huella de su presencia. Es decir, como un profesional. Imaginaba aquellas visitas oficiales donde los directivos de la cárcel pasean a sus pulcros invitados sólo por los rincones fotogénicos y celebraba el alto privilegio de no ser otra cosa que el primo hermano de ese tal José Hernández Mendoza, a quien por otra parte nunca conocí. La última lección no podía ser más clara: Escribe lo que quieras, sólo asegúrate de que nunca te agarren


  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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