Los dos Robertos

Ciudad de México /
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El cantante Bob Dylan y el papa León XIV. Reuters


La imagen de por sí peca de chusca. Aparece de un lado el papa León XIV, ataviado con una reluciente sotana blanca, faja y muceta del mismo color, mirando hacia la cámara con una suerte de sonrisa contenida. También de pie a su izquierda está Bob Dylan, su tocayo, teóricamente serio pero igual más fachudo que un villano de spaghetti western en su día de asueto: cachucha beisbolera bajo la ancha capucha de una sudadera asimismo cubierta por una chaqueta. Todo de color negro, incluyendo el paraguas. No se puede decir, por cierto, que estén cómodos. “Parece como un nuevo drama de Netflix llamado Papa bueno, papa malo”, comentó Jimmy Fallon en The Tonight Show.

Se sabe que el autor de Blowin’ in the Wind suele ser muy celoso de su imagen pública. Hosco, distante, díscolo, veleidoso, insolente, encarna su leyenda de excéntrico perpetuo como lo habría hecho un poeta maldito. O como si muy poco le incumbiese haber vendido casi 150 millones de discos u obtenido en los años recientes, a cuenta de su puro catálogo, 600 queridísimos millones de dólares. Suele hablarse, no obstante su obstinado disimulo, del pintoresco Nobel de Literatura de 2016 como un hombre marcadamente codicioso. Se diría que el fenicio y el poeta son personas distintas, empeñadas en nunca conocerse.

Según cuenta Fred Goodman en su libro The Mansion on the Hill, el gran ícono de la contracultura ha sido siempre ávido y calculador, cualidades que supo transferir y achacar a sus manejadores y gerentes, antes que aparecer ante sus seguidores como el materialista consumado que muy probablemente nos habría quebrado el corazón. El caso es que el insigne trovador tiene 85 años —14 más que el mismo Leon XIV— y conserva aún intacta la coquetería. ¿Cómo, de otra manera, llegaría a una audiencia con el sumo pontífice vestido de gamberro respondón? ¿Acaso no sabía que esa foto iba a darle varias vueltas al mundo? ¿”Quién es ese curita que está junto a Bob Dylan”?, se habría preguntado un distraído.

Cuando el juglar gangoso grabó su primer disco, el hoy papa no había cumplido los siete años. Creció, pues, con su música, y a buen seguro le impactó enterarse, mientras hacía sus primeros votos para el sacerdocio, que el otrora llamado Robert Zimmerman se había convertido al cristianismo (e incluso osó correr de su casa a un rabino empeñado en disuadirlo). “Bob”, llamaban entonces —fines de 1978— al aún seminarista Robert Prevost, y cabe preguntarse qué habrá opinado entonces de álbumes tan malitos como Slow Train Coming, Saved y Shot of Love, la trilogía cristiana que hiciera honor a su vieja manía de sacudirse fans de cuando en cuando.

Por lo visto, ninguno de los Bobs puede dejar de ser la leyenda viviente que acompaña a su venerado nombre, pero es Dylan quien carga con el peso de tener que ocultarse tras su mito antiquísimo. O tener que exhibir por enésima vez al forajido huraño que en sus mejores tiempos encarnó. Igual que la cabeza de la iglesia, quien nunca volverá a ser Bobby Prevost, jamás podrá el cantante meterse de regreso en el pellejo del olvidado Zimmerman. ¿O alguien los imagina sentados, de paisanos, riendo de buena gana en algún bar como dos simples gringos amigables?

Cuentan que alguna vez un director de cine, interesado en enseñarle a Dylan su nueva película, y de paso pedirle una canción-tema, lo invitó a pasar unos días en su casa de campo. El poeta aceptó, pero únicamente si el anfitrión le dejaba la casa y no se aparecía por ahí. ¿Qué más lujo, al final, puede darse Bob Dylan sino dejar de dar la cara por Bob Dylan, así sea por unos cuantos días? Vuelvo a mirar la foto de los dos Robertos, cada uno cautivo de su papel, me meto en sus zapatos, miro hacia la cámara y siento ganas de salir corriendo, literalmente like a rolling stone.


  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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