Todo el mundo quisiera ser elegante, sólo que no es cuestión de voluntad. Contra lo que suponen los pobres nuevos ricos, la elegancia no es fruto del esfuerzo, sino de la exquisita sencillez. Quien trata con ahínco de ser elegante se condena a no serlo en absoluto. Pues la elegancia tiene que ver con la simpleza y la gracia: dos virtudes que no pueden ser ensayadas, ya que son hijas de la espontaneidad. ¿Y quién que sea esclavo de la opinión ajena, como es el caso de los arribistas, puede dar libertad a sus simples impulsos naturales?
No es, por cierto, el dinero lo que te hace elegante. Con frecuencia sucede lo contrario: quien mucho se preocupa por deslumbrar no demuestra bonanza, sino acaso carencias que el dinero no sabrá resolver. En otros tiempos se tachaba de payo a quien se distinguía demasiado por la notoriedad de sus atuendos, en la creencia infantil de que el recargamiento es síntoma de jauja y distinción. Observemos tan sólo a aquellos criminales que van por esta vida presumiendo pesadas cadenas de oro, mismas que les granjean el respeto y la envidia de sus colegas y subordinados, así como el horror del resto de la gente. Son obviamente ricos recentísimos, tienen la piel delgada y se piensan modelos de elegancia.
No falta quien se sienta satisfecho cuando alguien le describe como “elegantioso”, pero esto no es lo mismo que elegante. Decimos que alguien anda elegantioso cuando se esmeró mucho en verse bien. Esto es, le ha “echado ganas“ a su aspecto. Sólo que la elegancia no es cuestión de apariencia e implica una actitud sencilla y relajada, natural enemiga del rebuscamiento (que jamás está cómodo, ni se mira a sus anchas). Tanta distancia existe entre lo elegante y lo elegantioso como la que separa a lucir de lucirse.
Fue en 2017 que fracasó el Fyre Festival, un proyecto en teoría fastuoso, y a la postre fraudulento, que se celebraría en una isla del Caribe, promovida por los organizadores como antigua propiedad de Pablo Escobar. Este último detalle sería decisivo para atraer a una auténtica horda de trepadores, para quienes no había lujo más conspicuo que vivir como un narcotraficante. O sea como la clase de palurdo para quien lo bonito y distinguido tiene que ver con la cursilería más chirriante que un mortal es capaz de concebir. ¿Qué clase de elegancia podría desprenderse de la patanería, el mal gusto y la indigencia espiritual de un lastimero caco adinerado?
Los cínicos lo saben: money talks. No es difícil hallar en las tiendas famosas por exclusivas, cual sería el caso de Neiman Marcus y Saks Fifth Avenue, mercancía tan cara como ignominiosa. No faltan, por ejemplo, los tenis centelleantes con flequitos dorados que se ofrecen por más de dos mil dólares. Con semejantes adefesios puestos, puede uno hacer suya la certeza de hallarse en las antípodas de la elegancia, y no obstante imantar la admiración de incontables catetos encandilados por tamaña osadía.
Sintomáticamente, pululan los políticos farsantes que asimismo disfrutan de apantallar al prójimo con el look padrotón de los bandidos nice. Se les ve domingueros, engreídos, pagados de sí mismos y rigurosamente emperifollados, ostentando sin el menor recato los lujos que sus sueldos de funcionario público jamás podrían comprar. Al igual que los narcos de las cadenas de oro, exhiben las riquezas mal habidas y de paso el poder de conservarse impunes, pésele a quien le pese.
La gran debilidad del recién encumbrado es su pleito casado con la discreción. Se ha prohibido mirar hacia el ayer, donde se encuentra furris, pacotudo e indigno de respeto, de manera que le urge resaltar y espera conseguirlo pretendiendo elegancia, nada menos. El resultado está a la vista de todos, de ahí las carcajadas generales, mismas que ellos no escuchan porque ya su tiesura encopetada les tiene muy atentos al triste despropósito de lucir elegantes.