Síntomas de nomofobia

Ciudad de México /
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Hoy pocos aceptan hacerse responsables de sus propios excesos. EFE

Sabes que eres adicto al aparato cuando pasas la noche durmiendo al lado suyo. O cuando te despiertas a media madrugada y encuentras un motivo para darle pronto uso. O cuando abres los ojos y lo primero que haces es consultarlo.

Lo saben asimismo tus seres queridos, por más que minimices el problema y a menudo les mientas sobre el tiempo que pasas con los ojos encima de la pantalla. Esas mentiras, de hecho, son señas delatoras de una dependencia que hoy día se conoce como nomofobia. 

Nomófobo es aquel —probablemente tú, seguramente yo— que experimenta un raro estado de ansiedad en ausencia de su teléfono inteligente. Un problema común en los consumidores de estupefacientes, cuya satisfacción no estriba ya en el gozo como en el alivio, dado que la substancia les secuestró el sosiego y la autoestima y de pronto su falta o escasez les reduce al estatus de piltrafa: lo que una vez fue viaje difícilmente pasa de aterrizaje.

Mentiría si dijera que me trae sin cuidado la pinta suculenta del nuevo iPhone Duo, pero sucede que alguien dentro de mí —mi lado más sensato, ya supongo— me dice que comprármelo sería tanto como obsequiarle un bong a un esclavo perdido del cannabis. La última vez que mi iPhone XV me hizo saber la cantidad de tiempo que me fumo clavado en su pantalla (como seré de ñoño que escogí ese modelo nada más porque lleva mis iniciales), la pura cifra me causó escalofríos: un promedio de once horas al día.

Cuesta mucho creer, con semejantes números, que es uno inmune al mal de la nomofobia, cuyos síntomas son tan numerosos que fácilmente pasan por signos de los tiempos. Con más de siete mil millones de aparatos funcionando hoy por hoy en el planeta, cabe pensar que somos legiones de legiones los adictos incautos que nos sentimos mal lejos del artefacto.

¿Te ocurre con frecuencia que enciendes el teléfono y un instante más tarde no sabes para qué, si bien de todos modos encuentras tres o cuatro actividades súbitamente urgidas de atención? ¿Lo usas mientras caminas, conversas, meriendas, te ejercitas o —el colmo de los colmos— manejas un vehículo? ¿Le compraste una batería adicional, para así recargarlo dondequiera que vayas? ¿Combates con su ayuda el tedio cotidiano? ¿Te enojas cuando pierdes la señal? ¿Crees que lo oyes sonar aun cuando no suena? ¿Te provoca ansiedad desatender sus notificaciones? ¿Te irrita contestar una llamada cuando estás manejando alguna aplicación? ¿Lo empleas como periódico, revista, noticiero? ¿Lo consultas a la hora de leer un libro (si es que aún te interesa la lectura)? ¿Lo enciendes a menudo cuando estás en el cine? ¿Haces todas tus compras con el puro dedo índice? ¿Alguien te ha dicho que la nomofobia es causal de erosión de la materia gris?

Lo fácil es echarle la culpa al fabricante, hoy que pocos aceptan hacerse responsables de sus propios excesos. Salta uno de tecnófilo a tecnópata con la inocencia del niño goloso que se empacha comiendo caramelos. No es de extrañar, por tanto, que la nomofobia tenga a varios millones de menores de edad entre sus más propicios afectados. ¿Nunca te has preguntado, por ejemplo, qué diablos habría sido de tu tierna infancia con un costal de mota a tu disposición?

No dudo que Steve Jobs, cáustico y quisquilloso como solía ser, habría echado a patadas a los diseñadores del iPhone Duo, por no estar a la altura de sus aspiraciones vanguardistas: del vulgar Samsung Galaxy a la televisión Bugatti de medio millón de dólares, las pantallas plegables ya no son novedad en 2026. Millones de nomófobos, no obstante, habrán de convertir al deseado artilugio en símbolo de estatus planetario, quién sabe si capaz de abducir el cerebro de su dueño a lo largo del resto de su existencia. Si en otros tiempos uno buscaba calidad, ahora toca temerle como a un monstruo execrable. Aunque tú y yo sepamos, como buenos adictos, que a ese esperpento ya lo llevamos dentro. 


  • Xavier Velasco
  • Narrador, cronista, ensayista y guionista. Realizó estudios de Literatura y de Ciencias Políticas, en la Universidad Iberoamericana. Premio Alfaguara de Novela 2003 por Diablo guardián. / Escribe todos los sábados su columna Pronóstico del Clímax.
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