Ante la disyuntiva entre vivir de pie y morir de rodillas, Miguelito el de Mafalda se pregunta: “¿Será muy deshonroso subsistir sentados?”. Perdón, pero ese niño me representa. Si ahora mismo tuviera que admitir cuáles son las dos compras que más me ilusionan, diría, en ese orden, que una silla y una camioneta. Casualmente, las dos invitan a sentarse, y la idea es pasar largas horas allí, sin que sólo por eso se tenga que tullir el espinazo.
He de reconocer, no sin vergüenza, que alguien dentro de mí babea frente a uno de esos sillones señoriales que amén de reclinarse dan masaje, pero si hasta la fecha distan de convencerme es porque no son buenos para ejercer mi oficio. Imposible arrastrarlos al jardín, o resistir siquiera la tentación de quedarme dormido y mandar a la chamba, diría mi abuela, a freír espárragos. Solía disfrutar su reposet, pero ocurría que la madre de mi madre apenas lo dejaba para irse a la cama. Y de nuevo, la idea no es tumbarse a reposar, sino hacer realidad la subsistencia de la manera más honrosa posible.
Los muebles de oficina ofrecen sus virtudes ergonómicas según sean tus humos socioeconómicos. Alguna vez, cansado de la humilde sillita con ruedas en la cual trabajaba de mi secretario, salí en busca de una de esas sillazas neoliberales que parecen construidas por la NASA, y encontré que las buenas —digamos, la que todas las noches hacía girar Joaquín López-Dóriga, al fin del noticiero— había que mandarlas hacer y esperar una cierta cantidad de semanas para que te entregaran lo comprado. Además de quemarte una buena marmaja en un objeto demasiado guapo que en un descuido no te iba a entender.
“Las viejas son más cómodas”, me aconsejó un amigo que llevaba tres cuartos de vida laboral camellando en la silla querendona que le heredó su abuelo. A falta de un tesoro como aquel, seguí en busca del mueble de mis sueños y unos meses más tarde lo encontré. Más que únicamente reclinarse, la silla tenía una especie de respaldo flotante dividido en dos piezas más o menos ovales, para descanso de sendos omóplatos, de modo que podías girar el torso hacia los lados, y quebrarte y rascarte y agacharte como se te antojara. Seis, ocho horas después, seguía el espinazo sin decir “aquí estoy”.
Le tocó a aquella silla con ínfulas de trono futurista soportar los rigores del uso rudo. Día tras día la sacaba al jardín y la hacía trabajar hasta el anochecer. No exagero si digo que nuestra relación se hizo sentimental. Le cambié varias veces la pieza que sostenía uno y otro respaldo, hasta que en el trajín de una mudanza se quebró una vez más la refacción. Al día siguiente, la empleada de la tienda me hizo saber que tanto el producto como sus repuestos habían sido descontinuados. “Ráscate con tus uñas”, era todo el mensaje, si bien para eso me hacía falta una silla como la que acababa de jubilar.
Había sido mi suegra quien, tiempo atrás, decidió regalarnos su mecedora. Nunca antes tuve una, ni sabía muy bien cómo sacarle jugo. En mi experiencia, eran las abuelitas quienes las usaban y, si mal no recuerdo, se mecían al ritmo del tejido. ¿Cómo iba a imaginar que un artilugio así reemplazaría con creces a mi sillota biónica? Ahora mismo trabajo en nuestra mecedora, y no es que me la pase columpiándome sino que cambio tanto de postura como me viene en gana, la mayoría del tiempo sin siquiera advertirlo. En el jardín, la sala o la terraza, el mueble acojinado me acompaña y me mima como un claustro materno. De ahí que últimamente me pregunte por qué no hay mecedoras en las oficinas. Trabaja uno mejor, se alivianan los monstruos, tanto así que de pronto se te olvida que estás trabajando. ¿Quién no disfrutaría de una sala de juntas amueblada con doce mecedoras? Ahora, con su permiso, voy a mecerme un whisky, diría mi abuela que con la satisfacción del deber cumplido.