• Cristy sobrevivió a una red de trata y narco en Cancún. Lo más rudo vino después

  • Durante casi dos años, Cristy sobrevivió rodeada de violencia, trata y reclutamiento criminal. Años después, aún está aprendiendo a reconocerse como víctima y no como culpable.
Ciudad de México /

DOMINGA.– Cristy habla de trata de personas, drogas y violencia con la misma naturalidad con la que otras jóvenes de su edad cuentan una salida con amigos. Tiene poco más de 18 años. No baja la mirada. No titubea. Tampoco parece avergonzada. Habla sin filtros de armas, moteles, tableros, operativos policiacos, lo dice con voz firme, casi intacta, como si pronto hubiera aprendido que sobrevivir exige contar las cosas sin detenerse demasiado en lo que significan.

Luego explica que durante mucho tiempo creyó que lo que había vivido no era tan grave. Que tardó meses de terapia en entender que muchas de las cosas que le ocurrieron jamás debieron pasarle a una niña. Porque eso era entonces: una niña.

Antes de escapar de casa, antes de vivir entre armas y puntos de droga, antes de que la obligaran a ver cómo golpeaban personas con tablas con clavos, Cristy era una adolescente que quería sentirse querida dentro de su propia familia. Ahí empezó todo. Mucho antes de la explotación sexual, del narco, de las drogas.

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Cristy, nombre cambiado para proteger su identidad, creció en Cancún: una ciudad construida para vender la imagen del paraíso del Caribe mexicano. Pero detrás de los hoteles y las playas color turquesa, distintos grupos criminales se disputan el control de la zona. Investigaciones y reportes de seguridad han documentado la presencia del Cártel Jalisco Nueva Generación, el Cártel de Sinaloa y células ligadas a antiguos grupos de Los Zetas que operan en Quintana Roo.

La violencia se volvió parte del paisaje. Tan sólo en 2022, el municipio de Benito Juárez –cuya cabecera está en Cancún– registró 421 homicidios. Para julio de 2024, el estado de Quintana Roo acumulaba más de 400 homicidios dolosos y casi 80% de ellos ocurrieron en Benito Juárez, según cifras basadas en datos oficiales del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

Cancún es un territorio marcado por el narcomenudeo, las desapariciones, la trata de personas y las disputas criminales. Ahí creció Cristy: en una ciudad donde el crimen coexisten con hoteles de lujo, playas y turismo internacional. Los recuerdos más claros que conserva están ligados a la violencia familiar y el abuso sexual de parientes. Intentó hablar. Algunas personas supieron lo que ocurría pero prefirieron no creerle. El silencio terminó imponiéndose.

“Me acuerdo que le dijeron a mi abuela que no denunciara. Que eso se quedara entre la familia”, dice Cristy. Entonces aprendió a encerrarse emocionalmente. Como si apagara cosas dentro de ella para soportar el entorno en el que vivía. Más tarde, durante su proceso psicológico, escucharía un término para eso: “aplanamiento emocional”, una condición que reduce la capacidad de sentir o expresar emociones incluso frente a experiencias profundamente dolorosas.

Esta es la historia de una joven que sobrevivió a una cadena de violencias que comenzaron mucho antes de desaparecer de casa. Durante medio año, en manos de un grupo criminal, normalizó el peligro, el abandono. Crecer así le enseñó que el dolor podía parecer cotidiano. Hoy, después de meses de terapia, refugios y reconstrucción personal, empieza a dimensionar todo lo que vivió: algo que nunca debió pasarle a una niña.

La violencia se volvió parte del paraíso caribeño de Cancún | REUTERS/Raquel Cunha
Buscando una oferta de empleo conoció el infierno

Era 2022. A los quince años comenzó a pasar más tiempo fuera de casa, en una zona popular a quince minutos de la zona hotelera de Cancún. Ahí, lejos del brillo turístico que atrae a gente de todo el mundo, en ese otro Cancún en el que miles de familias conviven diariamente con la precariedad, la violencia y el abandono institucional.

Cristy se refugiaba con amistades, algunas mayores, otras igual de jóvenes que ella, pero ya marcadas por el consumo de drogas, la violencia o el abandono familiar. Una de esas amigas fumaba mota desde los once años. Otra parte de su entorno comenzó a normalizar el consumo, las fugas y la vida nocturna. Cristy empezó a moverse en ese ambiente. “Cuando me peleaba con mi abuela, me iba”.

El deseo de escapar se mezcló poco a poco con otra necesidad más profunda: sentirse acompañada. Escuchada, protegida. Fue entonces cuando apareció ‘él’.

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“Yo todavía pensaba que podía salir cuando quisiera”

Semanas después de su llegada, a Cristy se unió una amiga –como ella, sola– que quiso unirse a ese trabajo de encuentros con hombres. Aunque vivían rodeada de narcomenudistas y posibles sicarios, una parte de Cristy seguía convencida de que podía irse cuando quisiera. Pero aquellos hombres la vigilaban siempre.

Ella buscó trabajo en Facebook. Quería dinero propio para tener un poco de independencia. Mandaba mensajes a quienes ofrecían empleos de vendedora, ayudante. Una mujer le respondió. Le dijo que la chamba consistía en encuentros sexuales. La puso en contacto con ese líder criminal al que nunca conoció realmente en persona. Un tratante que se comunicaba con Cristy, desde la cárcel, por mensajes y llamadas. A veces le mandaba fotos efímeras de su rostro. Le decía que era su pareja. Su esposa. Que la cuidaría. Cristy todavía era menor de edad.

Las primeras veces comenzaron como encuentros coordinados en moteles. Él le indicaba puntos intermedios. Algunas personas pasaban por ella en automóvil. Otras veces llegaba sola. Recuerda que en varios lugares nadie cuestionó su edad. “Ni siquiera te pedían identificación”. Cristy habla de esos episodios sin drama. Como si todavía estuviera reconstruyendo emocionalmente lo que significa.

Los clientes pagaban miles de pesos. A ella le daban apenas una parte. El resto quedaba entre intermediarios y personas que la conectaban con hombres adultos. Cristy comenzó a moverse dentro de una red de explotación que, según relata, rápidamente se cruzó con grupos criminales y venta de droga. En medio de todo eso seguía siendo una adolescente intentando reunir dinero suficiente para salir de casa. Luego apareció otro hombre que comenzó a extorsionarla: la amenazó con decir a su familia a qué se estaba dedicando. Dice que le mandaron fotografías tomadas a distancia. Que sintió miedo.

Entonces el tratante le ofreció una casa “segura”. Así que una noche decidió escapar. Preparó una mochila. Metió algunas cosas y escondió a su gato dentro. Esperó el momento adecuado y salió trepando por la parte trasera de la casa de su abuela. Brincó bardas y se fue corriendo creyendo que estaba tomando el control de su vida. Sin saber que entraba a uno de los periodos más violentos de ella.

Un líder criminal organizaba los encuentros coordinados en moteles desde la cárcel | Shutterstock

“Me querían volver alguien que no sintiera nada”

Cristy aprendió muy rápido que en ese lugar sobrevivía quien dejaba de sentir. O al menos quien aparentaba. La casa “segura” resultó ser un departamento destartalado sin muebles. Ahí vivió sola, con vigilancia de hombres que trabajaban para su padrote. Cuando habla de esos meses, no baja la mirada. Dice las cosas de frente. Y hay una razón: hablar de lo terrible como si fuera cotidiano fue su manera de mantenerse viva.

“Ellos querían volverme insensible”, dice. Y poco a poco lo lograron. Algunos de esos hombres que la explotaban habían estado en prisión. Otros cargaban armas. Había consumo constante de sustancias, discusiones violentas y amenazas que podían aparecer en cualquier momento. Cristy tenía apenas 16 años.

Al principio pensó que sólo tenía que quedarse ahí, obedecer y no causar problemas. Seguir con las citas de trabajo. Pero después comenzaron las “pruebas”.

La llevaban a acompañarlos cuando iban a buscar personas que debían dinero o tenían conflictos con el grupo. Por seguridad, nos pide no mencionar la célula del narco con la que se involucró. Recuerda calles oscuras, terrenos vacíos, hombres huyendo, gritos. Recuerda quedarse paralizada mirando escenas que todavía hoy le cuesta acomodar en la cabeza. “Me decían que tenía que aprender”.

En esos terrenos baldíos, deudores o enemigos eran sometidos frente a ella. Lo que más recuerda son las tablas con clavos azotando espaldas. A veces ella intentaba apartarse o esconderse, pero le exigían quedarse ahí mirando. Con el tiempo también comenzaron a obligarla a participar. “Querían que ya no me impactara nada”. Dice que llegó un momento en el que ya no sabía qué era normal y qué no. Dormía poco. Comía poco. Consumía sustancias suministradas por el mismo grupo criminal: marihuana al inicio, después cristal. Vivía agotada y alerta al mismo tiempo.

A veces la amenazaban jugando. Una ocasión la hicieron arrodillarse y le apuntaron con un arma. Ella creyó que ahí terminaba todo. Después se rieron y le dijeron que era una broma. Otra vez, desesperada y fuera de sí, ella misma tomó el arma y les apuntó. “Ya estaba igual de alterada que ellos”, reconoce.

Cristy quería sentirse querida en su propia familia | Shutterstock


Con el tiempo empezó a notar algo extraño: las escenas más duras dejaron de provocarle reacción. Personas heridas. Peleas. Sangre. Amenazas. Todo comenzaba a sentirse lejano, como si le estuviera pasando a alguien más. Ese mecanismo de protección la acompañaría tiempo después. En ese momento no lo entendía. Sólo sabía que algo dentro de ella se estaba apagando. Mientras todo eso ocurría, seguía intentando sostener una versión de vida “normal”. Salía algunas veces con amistades. Les compraba comida. Pagaba taxis. Iba a la playa. Dice que gastar dinero en otros era, de alguna forma, su manera de sentirse útil o querida.

En medio del caos también conoció a otros adolescentes que estaban igual de perdidos que ella. Chicos expulsados de sus casas que buscaban pertenecer a algo, aunque ese “algo” los destruyera. Ahora entiende que ellos también fueron víctimas. Recuerda escuchar disparos cerca de la casa donde se quedaban. Hombres corriendo. Gritos. “Ahí sí sentías que en cualquier momento te podía tocar.”

Pese a todo, ella seguía sin dimensionar el peligro. Entonces creía que podía controlarlo todo, entrar y salir cuando quisiera. Que nada malo iba a pasarle. Ahora sabe que estaba equivocada. Porque mientras Cristy intentaba convencerse de que tenía el control, su desaparición ya circulaba por redes sociales y fichas de búsqueda.

Su familia llevaba meses buscándola. Había alertas activas. Fotografías suyas compartidas en internet. Policías siguiéndole el rastro. Ella lo sabía: se informaba en Facebook pero lo veía como si toda esa vida de antes ya no existiera más.

“Yo todavía pensaba que podía salir cuando quisiera”

Semanas después de su llegada, a Cristy se unió una amiga –como ella, sola– que quiso unirse a ese trabajo de encuentros con hombres. Aunque vivían rodeada de narcomenudistas y posibles sicarios, una parte de Cristy seguía convencida de que podía irse cuando quisiera. Pero aquellos hombres la vigilaban siempre.

Después de casi medio año, ocurrió algo que no vio venir. Un punto de quiebre. Un día, desde la cárcel, su explotador le dijo que tenía que ir a encontrarse con un hombre a un motel. No era la primera vez que le daba una instrucciones así. Sin embargo, desde que llegó sintió algo extraño. Recuerda que el lugar estaba demasiado oscuro, con camionetas estacionadas afuera.

“Algo se sentía raro”, cuenta. Pero entró. Le indicaron una habitación. Tocó la puerta. Un hombre abrió apenas una rendija y luego le quitó el teléfono y le dijo que era policía encubierto. Cristy reaccionó con desesperación.

No pensó que la estaban rescatando. Pensó que la iban a regresar a casa. Y eso le aterraba. Porque volver con su familia no significaba protección. Significaba encierro, castigo. Había pasado tanto tiempo sobreviviendo sola que cualquier ayuda le parecía una amenaza. Empezó a forcejear. Intentó escapar. Gritó. Dice que varios agentes tuvieron que entrar para detenerla. “Sentía que me iban a encerrar otra vez.”

En medio del caos se golpeó contra una estructura metálica y comenzó a sangrar. Pero casi no lo sintió. Seguía intentando soltarse mientras los agentes le hacían preguntas: quién era, cuántos años tenía, de dónde venía. Al principio no respondió nada. Desconfiaba. Hasta que finalmente dijo su nombre real.

Entonces los agentes entendieron quién era la adolescente que tenían enfrente. Era la chica que llevaba meses desaparecida. La menor de edad por la que existían reportes activos y búsquedas abiertas en Cancún.

Las fichas de búsqueda de Cristy se extendieron por todo Cancún | DRON


Cristy ya sabía que su caso circulaba en internet. Pero una cosa era verlo en una pantalla y otra muy distinta escuchar a policías pronunciando su nombre completo frente a ella. “Ahí entendí que sí me estaban buscando”. Después vinieron horas de interrogatorios, patrullas, cámaras y personas tomando fotografías fuera del lugar. Recuerda los flashes, cubrirse el rostro mientras salía escoltada.

Pero incluso en medio de ese operativo, había algo más ocupándole la cabeza: su amiga menor de edad que seguía en aquella casa. Cristy insistió en que no podían dejarla. Les dio direcciones, referencias y detalles para llegar al lugar donde vivían. Les explicó quién estaba con ella. Les dijo cómo entrar. Los agentes finalmente accedieron. Fueron por la joven. También hubo detenciones. Esa noche parecía el final de ese episodio oscuro, pero en realidad apenas comenzaba otra etapa todavía más complicada: enfrentarse a sí misma.

“Me rescataron, pero yo todavía quería escapar”

Después del operativo, Cristy fue trasladada a las instalaciones de la fiscalía estatal. Ella recuerda poco de esos primeros días con claridad. Todo se sentía confuso y hostil. “Yo seguía pensando en cómo irme”, dice. Durante meses había aprendido a desconfiar de cualquiera. Por eso incluso quienes intentaban ayudarla le parecían enemigos. Las autoridades la llevaron a un espacio de resguardo temporal donde había otras jóvenes en su condición. Ahí comenzaron nuevas reglas: horarios, vigilancia constante, restricciones para salir y personal supervisando cada movimiento.

Cristy reaccionó mal desde el principio. “Si me decían ‘no puedes’, yo quería demostrar que sí podía”. Ella misma reconoce que vivía atrapada en un estado de enojo permanente. Estaba agotada emocionalmente, pero sentía una necesidad obsesiva de recuperar el control, aunque fuera escaparse. Por dentro seguía funcionando en modo supervivencia. Mientras otras jóvenes del lugar intentaban adaptarse, Cristy pasaba horas pensando cómo salir de ahí. Observaba puertas, rutinas, ventanas, cambios de guardia. Calculaba tiempos. No quería quedarse.

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Con el tiempo fue trasladada a un refugio especializado en atención para adolescentes víctimas de violencia y explotación sexual. Ahí comenzó el proceso que terminaría cambiándole la vida. Recuerda que llegó desconfiando de todos: psicólogas, cuidadoras, trabajadoras sociales, médicos. Cualquiera que se acercara demasiado le generaba rechazo. Contestaba de manera seca. Evitaba profundizar en emociones. Hablaba de experiencias extremas como si estuviera contando algo ajeno.

“Yo no sentía nada”, dice y repite. Las especialistas comenzaron a notar que había desarrollado un fuerte bloqueo emocional. Cristy podía relatar episodios durísimos sin quebrarse, sin detenerse, casi sin modificar el tono de voz.

No era frialdad. Durante mucho tiempo le enseñaron que sentir era peligroso. Que llorar era debilidad. Que sobrevivir dependía de endurecerse más. Y aun así, seguía escapando. Hubo una ocasión en que logró huir del refugio especializado junto a otra adolescente. Escalaron parte del edificio y saltaron desde una zona elevada hacia el exterior. Cristy cayó mal y se golpeó el rostro contra el suelo.

“Sentí que me desmayaba”. Aun así se levantó y siguió corriendo. Hoy, cuando recuerda, entiende que no estaba huyendo del refugio. Estaba huyendo de todo lo que implicaba aceptar su historia: quedarse significaba hablar, enfrentar recuerdos. Aceptar que había sido manipulada, lastimada y expuesta a situaciones que nunca debió vivir. Eso dolía más que cualquier golpe. Tras aquella fuga volvió a tener contacto con personas relacionadas con el crimen. Pasó unos días moviéndose entre casas ajenas, amistades y conocidos. Pero, por primera vez, comenzó a sentir cansancio: de vivir alerta, de esconderse, de sobrevivir. “Ya no podía más”, reconoce.

Finalmente decidió entregarse otra vez. Su familia logró localizarla con ayuda de otras personas cercanas y comenzó un nuevo intento por estabilizar su situación. Poco después viajó a Ciudad de México para ingresar nuevamente a un espacio de protección: la Fundación Camino a Casa.

Esta vez fue distinto: poco a poco empezó a permitirse escuchar a quienes intentaban ayudarla. Las terapias comenzaron. Una psicóloga. Luego otra. Después grupos de apoyo, atención especializada en trauma y conversaciones larguísimas con cuidadoras que, aunque no siempre eran terapeutas, se convirtieron en figuras importantes. Sesión tras sesión por fin comenzó a entender la dimensión de lo que había vivido. “Me cayó el veinte”, explica.

Entendió que no era normal crecer rodeada de miedo. Que muchas de las cosas que había normalizado eran violencia. Que la niña que creyó estar tomando decisiones libres, en realidad llevaba mucho tiempo buscando afecto, protección y pertenencia en los lugares equivocados. Y quizá lo más difícil de aceptar: que detrás de toda la dureza seguía existiendo una adolescente que sólo quería sentirse querida.

Después de la pesadilla, Cristy llegó a Fundación Camino a Casa donde comenzó su proceso de rehabilitación | Shutterstock

“Primero tengo que aprender a quererme yo”

Desde que llegó a la Ciudad de México, no volvió a saber nada del grupo criminal. Le tomó casi un año entender realmente lo que había vivido. No sólo recordarlo: entenderlo. Durante mucho tiempo habló de su historia como si le hubiera pasado a otra persona. Las psicólogas explicaron una y otra vez que había desarrollado un “aplanamiento emocional”: una forma de desconectarse de lo que sentía para soportar situaciones demasiado fuertes.

“Lo contaba todo así, directo”, dice. “Pero porque ya no sentía nada”. Con el tiempo empezó a recuperar emociones que llevaba años bloqueando. La tristeza apareció primero. Luego el miedo. Después la ansiedad, las pesadillas y una depresión que la dejaba días enteros sin levantarse de la cama. Dice que hubo momentos en los que dejó de comer y otros en los que simplemente no podía dormir.

“Había noches donde no quería cerrar los ojos”. Fue diagnosticada con trastorno depresivo recurrente. Durante un periodo tomó varios medicamentos al mismo tiempo para estabilizarse y poder descansar. También recibió atención psiquiátrica especializada. Pero incluso en los momentos más difíciles había algo que seguía apareciendo: una necesidad enorme de ayudar a otros.

En el refugio comenzó a acompañar a niñas más pequeñas. Escuchaba sus problemas, las calmaba cuando tenían crisis y trataba de protegerlas. Muchas terminaron llamándole “mamá” de cariño. Ella se ríe cuando lo cuenta, aunque después guarda silencio unos segundos. Porque en el fondo sabe que pasó gran parte de su vida intentando convertirse en la persona que necesitó cuando era niña.

Hoy tiene 18 años. Terminó la preparatoria y quiere estudiar Medicina Veterinaria y Zootecnia en la UNAM. Habla emocionada sobre rescatar animales, abrir algún día un refugio y construir una fundación propia. Los animales, dice, le despiertan una sensibilidad que todavía le cuesta mostrar con las personas. “Si veo un perro en la calle, me pongo a llorar”.

Hoy entiende que nada de lo que vivió debió pasar. Entiende que haber sobrevivido no vuelve menos grave lo ocurrido. Y aun así, también entiende algo más: que su historia no terminó ahí. Por eso aceptó esta entrevista. Por eso insiste en contar lo que pasó incluso cuando aún duele. No busca lástima. Busca que otras adolescentes puedan reconocerse antes de llegar al mismo lugar. Que las familias entiendan la importancia de escuchar. Que alguien, en alguna parte, deje de sentirse solo.

Cristy habla de resiliencia, aunque todavía le cuesta pronunciar la palabra. Se ríe cuando lo intenta. Luego vuelve a ponerse seria: “La vida te obliga a sacar fuerza hasta de donde no tienes”.

Ahora, mientras reconstruye su vida, Cristy enfrenta un reto distinto y mucho más difícil: aprender a tratarse con la misma ternura que siempre buscó en los demás.

GSC/ASG


  • Guillermo Rivera
  • Guionista y periodista. Autor de investigaciones y crónicas que se han publicado en diversos medios, como 'Milenio' y Televisa. Reconocido dos veces con el Premio Nacional de Periodismo (2016 y 2023) y nominado al Premio Gabo.

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