Ante el uso creciente de drones para atacar personal, instalaciones o vehículos militares, las fuerzas armadas desarrollan un paquete tecnológico propio para detectar, inhibir y neutralizar aeronaves no tripuladas, además de enfrentar artefactos explosivos improvisados sin exponer directamente a los militares.
La estrategia incluye tres proyectos: un sistema antidron denominado K’iinbal, un simulador para preparar tropas ante ataques con aeronaves no tripuladas y un binomio integrado por un vehículo terrestre y un dron para localizar y neutralizar explosivos.
El Antidron K’iinbal fue diseñado para detectar las frecuencias utilizadas por drones comerciales e inhibir sus comunicaciones antes de que pudieran aproximarse a personal, instalaciones estratégicas o vehículos militares, de acuerdo con los registros dados a conocer en los proyectos de 2026.
La propia Secretaría de la Defensa (Defensa) estableció que el equipo debía proporcionar protección en “zonas de alta incidencia de este tipo de ataques”, lo que convirtió al proyecto en una herramienta directamente vinculada con las operaciones que realizaron las tropas en regiones afectadas por la violencia criminal.
K’iinbal es desarrollado por la Dirección General de Tecnologías de la Información y Comunicaciones de Defensa.
Su desarrollo comenzó en febrero de 2025 y tuvo como objetivo concluir dos prototipos en febrero de 2027, con tecnología capaz de identificar señales utilizadas para controlar drones y bloquear su operación.
¿Cuáles son los otros proyecto?
El segundo proyecto fue denominado Simulador para la Operación de Drones y Antidrones para la Protección de Tropas (SODA).
A diferencia de K’iinbal, enfocado en la neutralización electrónica de aeronaves, SODA fue concebido para entrenar a militares antes de enfrentarse a esos dispositivos en operaciones reales.
El sistema reprodujo escenarios tácticos en los que las tropas pudieron practicar la detección de aeronaves no tripuladas, el manejo de drones propios y la utilización de equipos antidrones portátiles.
Con ello, el Ejército buscó preparar a sus elementos para reaccionar ante aeronaves empleadas para vigilancia, reconocimiento o ataques con explosivos, sin que el primer contacto con esa amenaza ocurriera directamente en una operación.
El tercer desarrollo amplió la estrategia hacia los explosivos improvisados.
Además, la Defensa trabaja en un Binomio de Reconocimiento y Neutralización de Artefactos Explosivos Improvisados, integrado por un vehículo terrestre no tripulado y un dron.
El concepto permitiría que ambos sistemas avanzaran hacia áreas consideradas peligrosas para efectuar tareas de reconocimiento, localizar posibles artefactos explosivos y apoyar en su neutralización sin enviar inicialmente a soldados o especialistas hasta el punto de riesgo.
El empleo combinado de plataformas terrestres y aéreas busca aumentar la distancia entre los militares y los explosivos, particularmente durante reconocimientos de caminos, brechas, instalaciones o zonas donde existieran indicios de dispositivos colocados para atacar a las fuerzas de seguridad.
Una nueva forma de enfrentar a los grupos criminales
Los tres proyectos muestran un giro en las capacidades que desarrolló el Ejército frente a amenazas que dejaron de limitarse a armas convencionales.
Desde hace unos años grupos criminales utilizan drones comerciales modificados para realizar labores de vigilancia, seguir movimientos de fuerzas rivales y arrojar explosivos, mientras que los artefactos improvisados también aparecieron en zonas disputadas por organizaciones delictivas.
Frente a ese escenario, las Fuerzas Armadas han tratado de desarrollar tecnología propia para incorporarla a sus militares, por ejemplo, aeronaves no tripuladas y otros equipos.
Con K’iinbal, SODA y el binomio antiexplosivos, la Sedena avanza hacia el desarrollo de soluciones específicas para sus militares, de acuerdo con fuentes de la dependencia.
Los tres desarrollos están reservados por razones de seguridad militar.
MA