• Escapó de una red de trata: Mixi Cruz transforma su historia en denuncia y prevención

  • Durante dos años Mixi Cruz estuvo cautiva por un familiar. Hoy desarma el pasado para explicar cómo opera la trata de personas. “Le puede pasar a cualquiera si no sabemos cómo funciona”.
Ciudad de México /

DOMINGA.– Mixi no empieza por su propia historia sino por explicar el delito. Que quien la escuche pueda identificar riesgos antes de que sea demasiado tarde, que entienda que no existen los casos aislados. Frente a un grupo de estudiantes, desmenuza la trata de personas como un sistema que puede prevenirse si se entiende bien cómo opera. Habla de patrones y de cómo los criminales identifican vulnerabilidades y las usan a su favor. “Mi historia no es la excepción: es la prueba de que esto le puede pasar a cualquiera si no sabemos cómo funciona”.

Mixi Estefanía Cruz tiene hoy 33 años. Da conferencias sobre trata de personas y violencia digital, estudia Mercadotecnia y ha sido invitada a foros internacionales de sobrevivientes. Da pláticas en escuelas, universidades, espacios comunitarios. Su enfoque está en explicar el fenómeno. Su historia confirma todo lo que dice: la explotaron sexualmente cuando era una menor de edad, ocurrió dentro de su propia familia y se prolongó durante dos años. De los catorce a los dieciséis.

Sus agresores fueron detenidos, procesados y sentenciados. A su hermanastra le dieron cuatro años de prisión por lenocinio y corrupción de menores; y al esposo de ella, cinco por abuso sexual. Cumplieron las condenas completas. Hoy están libres. El caso no fue juzgado como trata de personas porque, en ese momento, 2010, la legislación no contemplaba el delito como hoy. Que ella hubiera “aceptado” la explotación –bajo amenaza– fue suficiente para tipificarlo de otra manera.

La falta de información es uno de los factores más importantes en algunos casos de trata de personas | Cortesía

Su historia ya venía marcada por momentos difíciles. Su madre murió cuando Mixi tenía 14 años, entonces la separaron de su hermana y hermano menores. Mixi fue a parar a la casa de una tía que, al poco tiempo, la quiso casar con un hombre mayor. “Mi tía y mi mamá eran de una comunidad de Oaxaca y allá era lo normal”, dice Mixi en entrevista para DOMINGA.

Como ella no quería pasar por eso, escapó de su tía y buscó a la hija de su padrastro, Rogelio, la única figura paterna en la que encontró cariño tiempo atrás. Se quedó con su hermanastra, de 27 años, y su esposo, de 31, que vivían en Coacalco, Estado de México; Rogelio vivía en Puebla. Al principio, dice, no hubo señales que le avisaran lo que vendría. Su hermanastra se portó amable. La inscribió en la escuela. Le pidió ayuda para cuidar a las hijas de la casa.

“Yo ya había cuidado a mis hermanos”, recuerda. “No se me hacía algo malo”. Pero la ayuda dejó de ser un favor. Primero se volvió una responsabilidad constante. Luego, una obligación total. El trabajo doméstico pasó a ser suyo: cocinar, lavar, planchar, cuidar a los niños. Después vino la salida de la escuela con la explicación de que alguien tenía que quedarse en casa a encargarse de todo. Su vida se redujo a los muros de esa casa y con esto le fue negado el exterior.

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Para entonces, todavía no entendía a qué se dedicaba su hermanastra. Había algunos indicios: los teléfonos sonaban a cada rato, ella salía con frecuencia y Mixi notaba que los billetes fluían bastante bien. La pareja tenía un negocio de lavandería y un taxi, pero la joven de 14 años se preguntaba de dónde salía el dinero que alcanzaba para comprar otra casa y otro automóvil.

La primera advertencia apareció con otra adolescente que vivía ahí. Se llamaba Dulce. Tenía 16 años y, como ella, había llegado a esa casa después de la muerte de su madre. Un día le preguntó qué opinaba del trabajo de su “hermana”. “¿No te has preguntado por qué siempre le hablan?” A partir de ahí, se enteró.

Su hermanastra operaba una red de explotación sexual. Conseguía clientes, coordinaba encuentros y se quedaba con buena parte del dinero. Algunas mujeres trabajaban bajo ese acuerdo. A Dulce no le pagaban. Le decían que su dinero se estaba guardando, que se lo entregarían después. Nunca pasó.

Esta es la historia de cómo Mixi fue explotada sexualmente, logró escapar y muchos años después, tras un largo y doloroso proceso, logró alzar la voz para gritarlo con fuerza: a cualquiera le puede pasar. Hoy, cuando intenta explicar ese proceso, dice: “Yo estaba buscando seguridad [...], comida, un lugar donde dormir. Lo básico”. Ahí empezó todo. No fue una decisión: sino el resultado de varios factores que cerraron todas las opciones.

Mixi habla de patrones y de cómo los criminales identifican vulnerabilidades | Cortesía

Su hermanastra tenía el control absoluto

Después las cosas empezaron a cambiar. Ya no sólo le tocaba el trabajo doméstico ni el cuidado de los niñas. Ahora había otras tareas: contestar teléfonos, hablar con los hombres que llamaban para pedir un encuentro sexual, dar información, coordinar encuentros. Su hermanastra le explicaba qué decir, cómo responder, cómo sonar convincente. “No te asustes, tú nada más contesta”, decía ella.

Dice Mixi que su hermanastra y el esposo operaban por su cuenta, sin nexos con algún grupo, pero los métodos, al menos con ella, eran similares: aislarla, dejarla sin defensas hasta ceder a todo. “Tenían a muchas chicas trabajando para ellos”, dice, aunque no se involucró con esas mujeres. Para entonces, el aislamiento ya estaba completo. No iba a la escuela. No tenía contacto con familiares. No podía salir sola. Cayó en un sistema: casa, llamadas, instrucciones. Lo que pasaba afuera cada vez estaba más lejos de ella.

Hay un elemento, dice Mixi, que terminó de dejarla sin capacidad de decisión: el miedo. Le repitieron una y otra vez lo mismo, que si se iba, no tendría a dónde ir; que nadie la iba a recibir; que su única alternativa era la calle. Que su tía no la quería. Que afuera estaba peor. En medio de todo eso, su hermanastra dio el último empujón. Le dijo que Rogelio –su única figura paterna– estaba gravemente enfermo y necesitaba una operación urgente. Le juró que el dinero no alcanzaba. Que si no trabajaban más, él se iba a morir. “Si se muere, va a ser tu culpa”.

Pero la presión final la desarmó: si Mixi no ayudaba, traerían a su hermana menor para ocupar su lugar. “Todo se construyó desde el miedo, la culpa y la sensación de no tener otra salida”, dice Mixi.

Su hermanastra le enseñó qué hacer y qué esperaban los clientes. Todo ocurría como algo normal. El primer abuso ocurrió en la casa. El esposo de su hermanastra, que hasta entonces había mantenido una actitud cercana –incluso de apoyo y de aparente protección–, fue el agresor. Años después, ella lo interpreta como parte del mismo mecanismo dentro de la trata: generar confianza para después utilizarla.

La legislación no contemplaba el delito de trata de personas como hoy. | Cortesía

Cuenta lo que vino después. La pareja empezó a llevarla a hoteles. Su hermanastra se anunciaba en periódicos. Ofrecía encuentros. Mixi no podía negarse. No tenía cómo detener lo que estaba pasando. La hermanastra la dejaba sola. La esperaba afuera de la habitación, en el pasillo, en el lobby. Estaba presente en cada paso. Controlaba los tiempos, las salidas, las entradas. Ni cómo escapar.

El cuerpo, dice, empezó a reaccionar antes que la mente. “Sabía que algo no estaba bien”, recuerda. En ese periodo, Dulce desapareció. Un día no regresó y nadie la buscó. “Yo espero que se haya escapado”, dice ahora.

La ausencia de Dulce reforzó el control: si alguien se iba sin dejar rastro, a ella podía pasarle lo mismo. Con el tiempo, la exigencia aumentó. Le pedían que “le echara más ganas”, que consiguiera más clientes. El dinero crecía, pero ella no veía nada de eso. Todo se quedaba en manos de su hermanastra y su pareja.

Empezaron a acumularse las dudas. Lo que le contaban dejaba de encajar. La enfermedad de Rogelio, por ejemplo: nunca lo visitaban, no vio ninguna prueba.

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Un día, sin aviso, su hermanastra la dejó sola con un cliente. Y eso rompió la vigilancia: no estaba en el pasillo ni la esperaba afuera. Seguramente creyó que ya no era necesario estar ahí. El caso es que se fue. Fue su puerta de escape.

Así fue el escape de un hotel

Era la primera vez que la dejaban sola en una habitación. Salió con la única idea de pedir ayuda urgente. En el pasillo, un empleado del hotel la vio y preguntó si estaba bien. Ella respondió lo que quería gritar desde hace tiempo: “No, no estoy bien. Tengo dieciséis años. Me obligan a estar aquí.”

El empleado, un joven en sus veintes, no lo tuvo que escuchar dos veces. La escondió en una habitación vacía y la registró con otro nombre. Su hermanastra regresó a exigir que se la devolvieran. Y llegó incluso una patrulla con una disparatada versión: que habían secuestrado a una menor de edad y la querían de vuelta. El empleado lo negó todo y fue paciente. Cuando ya no vio a la hermanastra y los policías cerca, le prestó ropa y la sacó por la salida de emergencia. Llamó a un taxi de sitio y le dijo que no levantara la cabeza. El carro arrancó y dieron vueltas por varios minutos, sin rumbo, como una forma de perder a cualquiera que pudiera seguirlos.

La Fundación Camino a Casa trabaja con niñas y adolescentes víctimas de trata | Especial

Más tarde, el coche se detuvo y cayó en cuenta de algo: Mixi ya no tenía que volver, nunca más,ese sistema que la explotó dos años de su vida. Lo que siguió fue denunciar el abuso al que la sometieron por tantos meses. El mismo joven que trabajaba en el hotel la acompañó y dio su testimonio. Estuvo con ella hasta que llegó el abogado de una organización civil –la Fundación Camino a Casa– que trabaja con niñas y adolescentes víctimas de trata. Mixi entró al refugio.

Lo primero que escuchó al llegar fue algo que nunca había pasado por su cabeza: que ella había sido víctima de un delito. Le dijeron que, a pesar de que participó, no fue una decisión tomada por ella, y menos por tratarse de una menor de edad. Mixi se sentía muy culpable y desbaratar esa idea llevó tiempo.

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El proceso legal empezó poco después de que llegó al refugio, en 2010. Las audiencias fueron difíciles. No había acompañamiento institucional para víctimas: nadie del DIF ni de otra instancia la respaldó. Sólo iban con ella el abogado de la fundación y su esposa. Del otro lado, la familia de sus agresores asistía completa.

El juicio era público. En una de las primeras audiencias, las hijas de su explotadora –las niñas que ella había cuidado– se acercaron a abrazarla. Le preguntaron por qué se había ido y le pidieron que regresara. Después de eso, vinieron las amenazas. La familia la seguía al salir. Le aventaron botellas. La intimidaron. En una ocasión, uno de los acusados, el esposo, la amenazó de muerte frente a la agente del Ministerio Público, que no intervino: “Si salgo, te voy a matar”.

También hubo careos. La obligaron a enfrentarlos en sala. Era parte del proceso. El caso no se juzgó como trata de personas. En ese momento, la ley no contemplaba el delito si la víctima había “aceptado” la explotación, incluso si había amenazas de por medio. Por eso, los cargos fueron otros: corrupción de menores y lenocinio. A él también lo acusaron de abuso.

Denunciar el abuso al que la sometieron por meses resultó en un proceso desgastante | Especial

La sentencia llegó después de varias audiencias. A ella le dieron cuatro años. A él, cinco. Ambos cumplieron la condena completa. Durante el proceso, hubo momentos en que ella quiso abandonarlo todo. No quería volver a las audiencias. El desgaste era constante: las amenazas, la exposición, el trato de las autoridades. Llegó a decir que los perdonaba, que ya no quería seguir.

Rogelio fue citado a declarar pero no asistió. Decidió no involucrarse. Años después, Mixi no fue a su funeral porque, tal y como supuso, ahí estuvieron sus tratantes. Mientras tanto, ella permaneció en el refugio. Ahí retomó la escuela. Terminó la primaria, la secundaria y empezó la preparatoria. Estuvo hasta los dieciocho años. Cuando cumplió la mayoría de edad, tuvo que salir. El refugio era un espacio pensado sólo para menores.

En este tiempo, Mixi vivió una etapa tan compleja como el juicio: gracias a la atención psicológica, logró entender lo que ocurrió sin sentirse culpable. Aceptarse como víctima no pasa de la noche a la mañana. Es un proceso largo, lleno de contradicciones, lo sabe ahora.

Con el tiempo, empezó a identificar que las organizaciones que la apoyan –las mismas que le dieron un lugar cuando no tenía a dónde ir– también operan de un modo no siempre difundido. La invitaban a contar su historia. Una y otra vez: en eventos, en foros, en espacios públicos. Su testimonio impactaba, generaba empatía, visibilizaba. Pero Mixi sentía una sensación de incomodidad. Le tomó años saber la razón, hasta que por fin encontró las palabras: instrumentalización de las víctimas.

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“Usar la historia de una víctima para beneficio de la organización”, explica. Hoy reconoce el apoyo, el refugio, la posibilidad de estudiar. Pero también puede poner un límite: su historia no podía ser un recurso permanente al servicio de otros. Empezó a decidir cuándo, cómo y para qué. “Si voy a hablar, voy a hablar bajo mis términos”, sentencia hoy. El cambio fue de forma y fondo. Pasó de ser alguien que da testimonio a alguien que analiza. Pero este nuevo proceso, esta reconfiguración, también le tomó un largo tiempo.

Entender el delito de la trata de personas

La reconstrucción de una vida tras un evento así cuesta más de lo que se ha narrado. No se resuelve con estar dentro de un refugio o bajo un proceso judicial. Lo más difícil, dice Mixi, es volver a confiar, a vincularse, a quedarse en un lugar.

Al salir del refugio, pasó a un capítulo de transición. Vivió con otras jóvenes, trabajaba, terminó la preparatoria y empezó a estudiar Administración, aunque no la concluyó. La muerte del abogado que la acompañó desde el inicio la afectó: se sintió como si volviera a quedarse sin una red cercana.

Entró a trabajar a un banco. Se sostuvo por su cuenta. Pero la depresión seguía presente. Evitaba crear vínculos. ¿Para qué? Si tarde o temprano todo mundo se iba. Le costaba confiar en otras personas. Sentía, de nuevo, que cualquiera podía irse en cualquier momento. La lógica era simple: si no hay vínculo, no hay pérdida.

Actualmente Mixi se enfoca en prevenir que la violencia que experimentó se repita | Cortesía

A veces no sabía si tenía hambre o sueño, sed. Vivió una desconexión del cuerpo. Su cuerpo, dice, aprendió a no hablar.

A pesar de todo intentó retomar sus estudios después, en otra universidad, ahora en Finanzas. Pero durante el sismo de 2017 tuvo una crisis. El trayecto de regreso a casa, el caos en la ciudad y la sensación de estar sola la afectaron profundamente. Nadie le llamó ni le preguntó si estaba a salvo.

“Sentí que no le importaba a nadie”, recuerda. Días después tuvo una parálisis facial.

Tuvo que dejar la escuela otra vez. La sensación de abandono regresó con todo. Pensó en hacerse daño. Buscando una salida, se acercó a una iglesia. Ahí conoció a quien después sería su esposo. La relación no fue sencilla al inicio. Le costó aceptar que ella podía crear una familia. Durante años, su reacción ante el primer conflicto fue huir. Su esposo fue paciente. Su suegra se volvió una figura importante. En el embarazo, por ejemplo, la cuidó como nadie lo había hecho antes. “Dime qué se te antoja”, le decía. Eso fue clave para que empezara a sentirse parte de una familia.

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Convertirse en madre fue punto de quiebre y redefinición: empezó a entender su historia de otra forma. La maternidad le permitió comprender lo que había vivido y quitarse la culpa. “No quiero que mi hija sienta lo que yo sentí”, dice.

Antes, acompañada por organizaciones, había dado algunos testimonios en espacios públicos. Años después retomó los encuentros, pero ya no sólo contando su historia, sino explicando el delito: cómo opera, cómo enganchan a las víctimas, cuáles son los riesgos. “Con el tiempo entendí que mi experiencia, por sí sola, no cambia nada si no se conecta con el delito y su complejidad”, explica.

Estudió el tema. Distinguió entre modalidades, formas de enganche, vacíos legales. Entendió que lo que le pasó no era excepcional, sino parte de una estructura más grande: el delito de la trata que operan las redes criminales. Poco a poco desarrolló una postura más crítica: “Mi historia la viven miles de personas”, sostiene. “Lo importante es entender el delito”.

Hoy da pláticas y conferencias. Va a escuelas. Habla con estudiantes, con madres y padres, con docentes. Explica cómo operan estas redes, cómo se aprovechan de contextos de abandono, de desinformación, de falta de vínculos. Señala algo que repite con frecuencia: la mitad de la población es vulnerable.

La mujer da pláticas y conferencias además de visitar escuelas como forma de prevención | Cortesía

La falta de información, dice, fue uno de los factores más importantes en su caso. No saber que lo que ocurría era un delito, no saber que podía pedir ayuda. Por eso insiste en prevenir: “Me enfoco en prevención, especialmente en contextos digitales, videojuegos, ofertas falsas de trabajo. El delito cambia, las leyes llegan tarde. He participado en foros internacionales y colaboro en iniciativas de sensibilización. Hablar me ayudó [a] entender el fenómeno y poder explicarlo”, expone.

Ese episodio de su vida no la define: decidió transformarlo en trabajo y en advertencia para otros. Y lo dice en serio de nuevo: “A todas y todos podría pasarles”. Es su forma de intentar que alguien más, antes de que sea tarde, pueda identificar el riesgo. Ese es ahora su aportación y propósito.

GSC


  • Guillermo Rivera
  • Guionista y periodista. Autor de investigaciones y crónicas que se han publicado en diversos medios, como 'Milenio' y Televisa. Reconocido dos veces con el Premio Nacional de Periodismo (2016 y 2023) y nominado al Premio Gabo.

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