• Andrés Manuel López Beltrán a ras de tierra. Así observa, escucha y anota

Media docena de operadores de Morena cuentan que el tabasqueño de 39 años ha optado por recorrer el país lejos de los reflectores. El objetivo: más militantes, mejor estructura.

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Ciudad de México /

DOMINGA.— En Macuspana, bajo el calor espeso de Tabasco, alguien acerca otra silla de plástico a la mesa para que quepa un invitado más. El aire huele a café recalentado y a humedad de tarde larga. En un salón municipal del norte del país, los ventiladores giran con desgano y apenas logran mover el aire caliente. Ahí se trazan planes, estrategias, se discuten los focos rojos, las áreas de oportunidad.

El objetivo es poner al partido en movimiento, sumar militantes y organizar la estructura electoral. Media docena de operadores de Morena cuentan a DOMINGA su estilo discreto de hacer política en territorio. Es Andrés Manuel López Beltrán, el tabasqueño de 39 años que desde niño aprendió a vivir bajo los reflectores. Los escándalos ya no lo amedrentan, dicen sus allegados.

Una escena se repite con frecuencia. Llega sin estridencias, saluda con un largo apretón de manos, pregunta por la organización del municipio y escucha con atención lo que cada uno tiene que decir. A veces toma notas en una libreta; otras simplemente asiente con la cabeza mientras alguien le explica quién controla políticamente un barrio, qué líderes comunitarios podrían sumarse al partido o en qué colonias Morena todavía no logra consolidarse. No hay discursos encendidos, tampoco fotógrafos siguiendo cada gesto. Hay conversación.

Desde que asumió la Secretaría de Organización de Morena en octubre de 2024, su trabajo se parece menos al de un dirigente de templete y más al de un operador territorial que pasa horas revisando nombres, teléfonos y estructuras. Viaja por estados, convoca a coordinadores regionales, revisa la integración de comités seccionales y promueve la afiliación al partido que fundó su padre. En su entorno dicen que fue una decisión deliberada: hacer política en territorio, caminar municipios, reunirse con las bases y mantenerse lejos del reflector mediático.

La apuesta, explican quienes trabajan con él, es que los resultados hablen por sí mismos. Y en Morena creen que esos resultados empiezan a verse en los números.

López Beltrán creció entre giras políticas y movilizaciones del movimiento | Especial

“Los resultados matan el ruido”

La estrategia de bajo perfil tomó mayor fuerza después de la polémica que provocó un viaje suyo a Japón que ocupó espacios en redes sociales y columnas políticas. Mientras los comentarios se multiplicaban, el secretario de Organización optó por no entrar al debate público y concentrarse en acelerar el trabajo territorial. En su entorno repiten que suele decir que en política “los resultados matan el ruido”, una frase que se ha vuelto casi una consigna interna.

Los números que exhibe hoy la dirigencia del partido ayudan a entender esa lógica. El objetivo trazado por la dirigencia nacional encabezada por Luisa María Alcalde era ambicioso: alcanzar los 10 millones de militantes afiliados para consolidar la base organizativa del partido rumbo a los siguientes ciclos electorales. La meta ya fue rebasada. Morena reporta más de 11 millones de afiliados, una cifra que multiplica por cuatro el padrón que tenía el partido en las elecciones presidenciales de 2024. El crecimiento también se refleja hacia abajo, en la estructura territorial. Si antes la meta era tener presencia organizada en los 300 distritos electorales del país, hoy la dirigencia presume estructura en más de 71 mil secciones electorales.

Bajo la dirigencia de Luisa María Alcalde, Morena fortaleció su estructura territorial. | Especial

Detrás de esas cifras hay un trabajo silencioso que se repite municipio por municipio. En Villahermosa, Mérida, Hermosillo, Salamanca, Cancún o Huimanguillo. Operadores locales cuentan que el método es sencillo y casi doméstico. Primero, escuchar a los liderazgos comunitarios y a los militantes que llevan años trabajando en el territorio; después, convencerlos de integrarse formalmente al partido o de ayudar a ampliar la red de simpatizantes. “Municipio que visita, municipio que consigue más adherentes”, dicen quienes han participado en esas reuniones.

Quienes lo han acompañado en esos recorridos describen un estilo de trato directo y fraterno que inevitablemente recuerda al que durante décadas practicó el fundador del movimiento en sus giras por el país. López Beltrán suele sentarse al centro de las reuniones, escuchar diagnósticos locales y preguntar por los problemas específicos de cada región. Quiere saber quién tiene liderazgo en cada colonia, qué conflictos existen entre grupos locales, en qué comunidades Morena todavía no logra consolidarse. Después pide listas de nombres y teléfonos, revisa propuestas de coordinadores y toma notas. Un operador del partido lo resume con tres palabras que se repiten en distintos estados: observa, escucha y anota.

Hay algo de continuidad histórica en esa escena. En febrero de 2006, durante un mitin de campaña en Teapa, Tabasco, Andrés Manuel López Beltrán no pudo contener las lágrimas. Tenía veinte años y escuchaba a su padre, entonces candidato presidencial del PRD, recordar que Rocío Beltrán —la madre de sus tres primeros hijos— era originaria de ese municipio. En una mesa cercana estaba Gonzalo Beltrán Medina, el abuelo, mirando su taza de café mientras el joven se secaba las lágrimas. A López Beltrán le decían entonces “el de en medio”.

La trayectoria política de Andrés Manuel López Obrador marcó la formación de su hijo. | Especial

En esos años ya era, quizá, el hijo más involucrado en los andares políticos de su padre. Más que sus hermanos José Ramón y Gonzalo, hijos de Rocío Beltrán, y también más visible que su hermano menor, Jesús Ernesto, fruto del matrimonio posterior de López Obrador con Beatriz Gutiérrez Müller. Su infancia y adolescencia estuvieron marcadas por giras políticas que parecían no terminar nunca. El Éxodo por la Democracia de 1991, la Caravana por la Democracia de 1994 y las protestas petroleras en Tabasco en 1996 formaron parte del paisaje de esos años.

Una periodista tabasqueña que acompañó al entonces dirigente opositor recuerda que las noches se pasaban en lugares distintos y que el niño parecía fascinado con ese movimiento permanente. “A veces se le veía con él, aunque no siempre”, recuerda. “Pero cuando fue creciendo, se hizo más notorio su acompañamiento, sobre todo en los días del desafuero”.

“Corazón muy caliente, cabeza fría”

El 3 de diciembre de 2013 fue otro momento que marcó su vida política. Aquella mañana los noticiarios comenzaron a informar que Andrés Manuel López Obrador había sufrido un infarto al miocardio. Ese mismo día, el movimiento que encabezaba preparaba movilizaciones contra la reforma energética impulsada por el presidente Enrique Peña Nieto. En medio de la incertidumbre, López Beltrán apareció frente a simpatizantes para transmitir un mensaje breve pero significativo: “Podremos tener el corazón muy caliente, pero siempre vamos a tener la cabeza fría”.

Miguel Estrada, quien coordinaba grupos de resistencia en aquellos días, recuerda ese episodio como uno de los primeros momentos en los que el segundo hijo del dirigente tabasqueño dejó ver rasgos de liderazgo político. No se colocó por encima de la figura de su padre, dice, pero asumió un papel organizativo importante. Escuchaba a la militancia, consultaba decisiones y se mantenía abajo del templete, conversando con quienes llevaban años acompañando al movimiento.

Ese estilo organizativo es el que hoy describen militantes en distintos estados. Dante Carrillo, integrante de Morena en Michoacán, suele definirlo con tres palabras: observador, anotador y escuchador. Para él, la lógica de ese comportamiento es clara. La cercanía con las bases y con la gente que opera en el territorio es lo que puede garantizar la continuidad del movimiento en el largo plazo.

En Guanajuato, otro militante, Omar Chávez, recuerda una frase que López Beltrán suele repetir cuando habla de organización política. Es la misma que su padre repitió durante décadas en mítines y reuniones comunitarias: “Sólo el pueblo puede salvar al pueblo organizado”. A veces añade otra: “Con el pueblo todo, sin el pueblo nada”. Las frases aparecen en conversaciones informales, en reuniones de trabajo o en cuadernos donde se anotan tareas organizativas.

Beltrán privilegia el trato directo con la gente y liderazgos comunitarios en sus recorridos por el país. | Especial

Los números dan una idea de la dimensión de ese esfuerzo. Morena pasó de tener 2.6 millones de afiliados en las elecciones presidenciales de 2024 a más de 11 millones en marzo de 2026. El salto es enorme incluso para un partido que ya gobierna la Presidencia de la República y la mayoría de los estados del país. La comparación con otras fuerzas políticas ayuda a dimensionarlo: la dirigencia morenista tiene más de diez millones de militantes adicionales respecto a la segunda fuerza política nacional, el Partido Acción Nacional (PAN).

Dentro del partido, se interpreta ese crecimiento como una consolidación del movimiento y como una preparación para los siguientes ciclos electorales. Morena trabaja ya en el diseño de una nueva arquitectura organizativa rumbo a las elecciones de 2027. El esquema contempla coordinadores territoriales en las cinco circunscripciones electorales del país, apoyados por liderazgos regionales que ayuden a movilizar la estructura que se ha construido en estos años.

En ese mapa organizativo, López Beltrán tendrá una responsabilidad particular: además de sus labores como secretario de Organización de Morena, tendrá el encargo de fortalecer Tabasco, un enclave estratégico por su simbolismo. Ahí nació el fundador del movimiento y ahí nació también su segundo hijo. En ese estado Morena tiene uno de sus bastiones más sólidos y la dirigencia del partido quiere mantener esa fortaleza territorial. En los corrillos del partido incluso se menciona la posibilidad de que compita por una diputación local en 2027.

Cerca del territorio, lejos de los reflectores

Por ahora, sin embargo, el plan parece ser otro: seguir recorriendo el país y seguir ampliando la estructura del partido. Mientras muchos actores políticos buscan construir su carrera frente a las cámaras, Andrés Manuel López Beltrán parece haber optado por una ruta distinta. Su presencia pública es escasa, las entrevistas son raras y las conferencias de prensa casi inexistentes. El trabajo ocurre en reuniones pequeñas, en oficinas municipales, en canchas de basquetbol o en salones donde apenas caben treinta personas.

Allí, lejos del ruido mediático, el secretario de Organización de Morena continúa moviéndose a ras de tierra, donde las estructuras partidistas se construyen con paciencia y donde cada reunión termina con nuevas tareas organizativas.

En esas mesas de plástico, entre ventiladores que apenas mueven el aire y cuadernos llenos de nombres, la estrategia parece clara: caminar el territorio, fortalecer la organización y dejar que los resultados hablen por sí mismos. Porque, como repiten en su entorno cuando alguien menciona las polémicas del momento, el ruido político siempre termina disipándose cuando llegan los números.

Andrés Manuel López Beltrán perfila su liderazgo dentro de Morena fuera de los reflectores. | Especial


AH

  • Salvador Frausto
  • Es director de Investigaciones y Asuntos Especiales de Grupo Milenio, editor general de la revista digital ‘Dominga’ y coordinador de ‘MilenIA’, la Central de Datos e Inteligencia Artificial de Multimedios. Autor, entre otros libros, de ‘Los doce mexicanos más pobres’ (Planeta) y ‘El vocero de Dios’ (Grijalbo).
  • Rivelino Rueda
  • Rivelino Rueda. Periodista. Con una trayectoria de 28 años en el oficio. Fue maestro de crónica y reportaje en la Septién. Cubrió las tres campañas presidenciales de AMLO.

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