DOMINGA.– El ahuehuete no florece para la foto. No estalla en colores de temporada ni se deja seducir por la lógica de lo inmediato. Crece lento, profundo, casi en silencio. Sus raíces se extienden durante siglos y, cuando por fin se le mira con atención, apercibimos que está ahí desde hace generaciones. Pensar el futuro de la crónica mexicana exige una metáfora parecida: no como una moda narrativa, sino como un organismo de larga duración, capaz de sobrevivir a la ansiedad del clic y a la dictadura de la urgencia.
El Árbol del Tule, el venerable ahuehuete de Oaxaca, ha vivido más de dos mil años. No es flor de verano, como las bugambilias o los girasoles. Es un cuerpo antiguo que acumula capas de tiempo. Frente a la emergencia de lo efímero –alertas, tendencias, breaking news que envejecen en minutos– la crónica reposada adquiere hoy un valor renovado en el ecosistema periodístico. No por romanticismo, sino por evidencia.
Los datos lo confirman: la crónica bien escrita, la que profundiza en un fenómeno, la que explica una realidad y siembra conversación, retiene a las y los lectores durante más tiempo que la noticia fugaz. Incluso los robots que miden clics, scroll y permanencia empiezan a darle la razón a una intuición vieja.
La crónica nació para durar. No compite con la primicia ni con la velocidad, sino con el olvido. Funciona como antídoto a lo efímero, como una pausa necesaria en medio del ruido. Alma Guillermoprieto ha insistido en que la crónica es una forma de historia viva: no la grandilocuente, sino la que se escribe desde la experiencia, el cuerpo y la calle. Por eso no se agota al publicarse. Se convierte en material de consulta, en archivo narrativo, en una forma de memoria que se reactiva cuando el presente necesita explicarse.
Si el ahuehuete crece hacia abajo antes de expandirse hacia arriba, la crónica hace algo similar: profundiza antes de iluminar. Esa profundidad explica otro rasgo central de su futuro: la democratización de la voz. Durante décadas, la crónica estuvo dominada por miradas verticales, por narradores que observaban desde arriba. Hoy el tronco se ensancha. Aparecen más sujetos narrando y más sujetos narrados. Mujeres, jóvenes, comunidades desplazadas, cuerpos enfermos, territorios en disputa. No como decoración, sino como centro. Antes de “dar voz”, la crónica escucha, observa, respira.
El sello de autor: la importancia del punto de vista
La crónica contemporánea recupera el uso de técnicas literarias, estilo propio, mirada singular, humor narrativo y otras formas de seducción que permiten que una historia cautive al lector. Martín Caparrós ha defendido la idea de que la crónica debe leerse como literatura sin dejar de ser periodismo. No para embellecer la realidad, sino para hacerla legible. El humor –cuando aparece– no trivializa: desmonta solemnidades, revela contradicciones, afila la crítica.
En un entorno saturado de contenidos ligeros, la crónica se vuelve un género en resistencia frente a la frivolidad. Resiste la simplificación, la moraleja rápida, el dato suelto sin contexto. Leila Guerriero lo ha dicho con claridad: la buena crónica no está hecha para tranquilizar al lector, sino para incomodarlo con precisión. De ahí que sea, inevitablemente, una experiencia subjetiva. El cronista no desaparece; se hace responsable de su mirada. Ese es el pacto con el lector: “esto es lo que vi, cómo lo vi y desde ahí te lo cuento”.
Ese sello de autor no es un vicio, sino una raíz. No hay buena crónica sin punto de vista. La crítica al estilo piramidal del periodismo clásico no es una pose: es el reconocimiento de que la vida no ocurre en orden de importancia, sino en capas, pliegues y detalles mínimos. Mirar los detalles –lo que otros consideran irrelevante– es quizá el gesto más político del género. Juan Villoro ha insistido en que el cronista es alguien que se fija en lo que no hace ruido. En ese gesto está la búsqueda del lado oculto, la otra verdad, no la versión oficial ni la más repetida.
Por eso la crónica se parece tanto a una novela de la realidad. Trabaja con escenas, personajes, atmósferas, sin inventar nada. Gabriel García Márquez lo formuló con sencillez: la realidad latinoamericana no necesita exageraciones, sólo ser bien contada. Observar con paciencia, verificar con rigor y narrar con claridad. Esa tríada sigue siendo vigente en un mundo editorial que ensalza la velocidad y desdeña la profundidad, mientras los lectores buscan remanso, refugio en la sombra de algún ahuehuete.
El futuro de la crónica mexicana —latinoamericana, iberoamericana— también pasa por un cambio material: el espacio dejó de ser una limitante. La web abrió un territorio donde escribir largo ya no es un pecado editorial. Una prosa profunda garantiza lectores fieles y permite honestidad narrativa. Los nuevos formatos también son áreas de oportunidad: un reel, un podcast, una infografía interactiva… La crónica no pide permiso para existir: encuentra a su audiencia en la calidad, no en la urgencia. No crece de la noche a la mañana. Se toma su tiempo.
En una época obsesionada con lo instantáneo, el periodismo narrativo apuesta por otra temporalidad. No corre: permanece. No grita: susurra historias. Su futuro no está en competir con la noticia, sino en complementarla, cuestionarla y, a veces, corregirla. Mientras exista alguien dispuesto a mirar con atención y alguien más dispuesto a leer con paciencia, la crónica mexicana seguirá creciendo como el ahuehuete: lenta, profunda y difícil de derribar.
Una mirada a las raíces del ahuehuete
Hay clichés que envejecen mal y otros que se reciclan con sorprendente terquedad. Que la gente joven no lee. Que no escribe largo. Que prefiere el scroll a la pausa. Que carece de paciencia para la crónica. Esta edición de DOMINGA decide mirar esos lugares comunes con calma y luego apartarlos del camino. La primera edición de 2026 es un Especial de Cronistas Menores de 30 Años: un avistamiento al futuro de la crónica en español.
Las siete historias reunidas aquí exploran temas como migración, gentrificación, derechos laborales, feminismo, cuerpo, territorio y placer. Son los temas de nuestro tiempo: un presente que se alimenta de inquietudes añejas y echa luces sobre el mañana.
Estamos frente a piezas que asumen el riesgo de mirar el mundo desde donde duele, desde donde se desplaza, desde donde el cuerpo se quiebra o se celebra. Lo que aparece con nitidez es una sensibilidad generacional que entiende que la política ya no se limita a los discursos oficiales: está en el trámite que no llega, en la renta que se dispara, en el algoritmo que romantiza la desigualdad, en el territorio que se defiende, en el derecho a descansar y en la necesidad de encontrarse con otros.
La migración abre el mapa. La ruta imposible: México rescata a una familia palestina de Gaza es una crónica que explora la travesía de personas que huyen de una guerra lejana y llegan a nuestro país empujados por la tradición de asilo. Y se enfrentan a la burocracia. No hay banderas ni discursos grandilocuentes: hay papeles, entrevistas, esperas interminables y una geopolítica que se filtra en la vida cotidiana. La historia se vuelve entonces una lupa: acerca lo que parecía distante y muestra cómo las decisiones globales se encarnan en cuerpos específicos.
El futbol, ese espectáculo que promete fiesta y progreso, aparece desde el reverso. Las obras, los cercos y el reordenamiento urbano transforman barrios enteros. Los damnificados del Mundial: comerciantes, vecinos, estudiantes se adelanta al gran evento y lo desinfla cuando se cuenta desde abajo. Aquí el relato no celebra: documenta el costo y cuestiona la narrativa del beneficio compartido.
La gentrificación, por su parte, ya no se describe con neutralidad académica. Se camina. Se escucha. Se ironiza. La zona que se vende como cosmopolita pierde capas culturales a la misma velocidad con la que suben los precios. El idioma inglés irrumpe, los comercios mutan, el barrio se vuelve vitrina. Gringolandia ya está entre nosotros: anda por los rumbos de la Roma exhibe que esta generación no se limita a nombrar el fenómeno: lo sitúa en su experiencia diaria y lo escribe con una mezcla de observación fina y desconfianza hacia el discurso aspiracional.
Los veinteañeros que colaboran en esta edición nos ofrecen un avistamiento a las raíces del ahuehuete: ellas, ellos y elles traen el pulso de las discusiones de nuestro tiempo, no la visión que domina en las redacciones, salas de prensa o manuales de periodismo. Sus enfoques dan pistas para entender el futuro de la crónica: miradas propias, democratización de las voces, ojo político, reclamo de derechos.
El territorio, el cuerpo, el algoritmo, el placer
Desde el sur de la Ciudad de México, el territorio vuelve a ser protagonista. Mujeres que históricamente quedaron fuera del crédito, la propiedad y la voz toman control frente al turismo desbocado y el abandono institucional en Las chinamperas de Xochimilco reclaman la tierra, el agua y el futuro. El folclor deja de ser paisaje para convertirse en disputa. El relato funciona aquí como archivo vivo: registra una lucha que mezcla género, ecología y memoria comunitaria, sin convertirla en postal ni en consigna vacía.
El cuerpo irrumpe como tema político. No el cuerpo idealizado de las redes, sino el cuerpo que falla, que duele, que no rinde según los estándares del mercado laboral. Historias de mujeres expulsadas de sus trabajos cuando la enfermedad se vuelve visible. No es flojera: el exilio laboral de las mujeres con Ehlers-Danlos revela mecanismos de exclusión. La crónica se convierte en denuncia íntima: muestra cómo la productividad obligatoria deja fuera a quienes no encajan en su molde.
TikTok romantiza a las ‘tradwives’: millones trabajan sin sueldo en México interroga a las plataformas digitales, esos espacios donde se fabrican deseos y se venden estilos de vida. El regreso de las esposas tradicionales que cocinan y son superfelices no empata con la realidad de las mayorías. Detrás del filtro, millones sostienen hogares sin salario, sin reconocimiento y con una carga emocional que no aparece en las pantallas verticales. El relato entra al algoritmo para desmontarlo, sin ingenuidad tecnológica ni moralismos.
Y está el placer. El encuentro. En una ciudad rota por baches, tráfico e incertidumbre, grupos de jóvenes se apropian del asfalto sobre ruedas. Jugar como forma de libertad, identidad y cuidado colectivo. No es evasión: es comunidad. No es moda: es una manera de resistir la hostilidad cotidiana. La CdMx sobre ruedas: la comunidad de chiques que patina de noche es una pieza de periodismo narrativo que explora una escena urbana que muchos vemos sólo de reojo.
Leídas en conjunto, estas siete crónicas delinean un trazo común: la Generación Z escribe desde la conciencia de que lo íntimo es político y lo cotidiano es histórico. No busca la objetividad fría, pero sí la honestidad. No renuncia a la belleza del lenguaje, pero no la usa para anestesiar el conflicto. Hay humor, hay rabia, hay ternura. Hay una desconfianza sana hacia los relatos oficiales y una curiosidad insistente por las vidas que no suelen ocupar el centro.
Este especial no pretende canonizar a nadie ni declarar el fin de nada. Es, simplemente, una ventana abierta. Un avistamiento. La crónica del futuro no llega envuelta en solemnidad: llega con autores que aún no cumplen 30 años: la mayoría escriben largo, discuten los clichés y se atreven a mirar el presente con ojos propios. DOMINGA celebra ese gesto y lo pone en circulación.
Pásale: hay que leer para contarla.
Cronistas participantes:
Kathia M. Dorantes (UNAM), Daniel Galán (UAM), Sofía Frausto (Casa Lamm); Mariana Morales Meneses, José Pablo De Buen González, María Rebollar Fritz y Michelle Alencaster Rocha (Ibero); Brian Rosales León, Dagmar Cervantes, Valeria González, Valeria Gastellum, Denisse Enríquez, Natalia Croda, Ximena Soriano, Mariana Rivero, Ana Valeria Flores, Roselyn Garcés, Joshua Antúnez Flores, Alejandra Oropeza Casillas, Paloma Sofía Ramírez Ramírez, Sashy Miranda Escamilla Chávez, María del Carmen Gómez Gamper Sánchez (Tec de Monterrey).