Veo a México con esperanza. La misma esperanza infundada y pueril que tenía en la infancia. No con la del optimista que se convence de que todo va a estar bien, no. La esperanza como último asidero de quienes queremos ver de nuevo el rostro luminoso de México, ese que los extranjeros nos elogian. La esperanza que guardamos los que en la adolescencia tuvimos la oportunidad de decirle a nuestras madres “tranquila, sólo voy a una fiesta, ¿qué me puede pasar?”.
En el rostro oscuro
El contexto actual es tan duro que me resulta difícil vislumbrar el futuro de mi país. Los avances que vi azorada en años recientes han tomado una tendencia regresiva.
Ciudad de México /
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