Las consecuencias a mediano plazo son las verdaderamente relevantes. Por enésima vez el descrédito presidencial aumenta, no sólo por la medida misma, sino por la incapacidad de hacerse cargo de la decisión tomada —se hace pública en las vacaciones navideñas y en dos conferencias ininteligibles Peña Nieto trata de explicarla—; esto es, la misma actitud escapista mostrada con Ayotzinapa. Está por verse si esta ira social acumulada a lo largo del sexenio articula las distintas fuentes del descontento y adopta una expresión política ausente todavía. De ser así, habrá la oportunidad del cambio que el país necesita urgentemente. De lo contrario, únicamente abonará la desconfianza y el resentimiento.
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