Fidel intuyó las posibilidades del mausoleo parlante cuando se percató de que aún los visitantes extranjeros a La Habana que lo despreciaban querían tomarse una foto con él. Deseaban un registro de algo que reconocían como epocal. Castro logró hacerse historia viva, se metió a una vitrina desde donde siguió pontificando durante una década, como una estatua de cera parlante. Logró sacar su naipe de la base de la pirámide autocrática sin que el edificio se colapsara; heredó exitosamente su poder absoluto a su hermano y acto seguido se transmutó en la estatua cívica de la Revolución: qué notable. Castro ganó en vida la perspectiva de la historia.
Lee aquí el artículo completo.