Junto a estas formas de nombrar la violencia coexisten otra serie de discursos que al tiempo que enmascaran el derramamiento de sangre, instituyen la total negación del otro. Es decir, mientras por un lado asoman las imágenes naturalizadas y las representaciones esencialistas que aún defienden la idea del ethos violento del sinaloense como forma de explicación de la criminalidad, por el otro abundan las interpretaciones simplificadoras que usan y abusan de los términos "crimen organizado", "pelea por la plaza", "ajuste de cuentas", "disputas por el territorio" para descalificar la inminencia de la muerte.
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