Primero, un discurso gris, lleno de cifras, como si el presidente se dirigiera a un grupo de empresarios o estuviera en una reunión de trabajo. Mientras tanto, Donald Trump se columpiaba de un pie a otro, a veces mirando hacia otros lugares, a veces poniendo atención. El discurso, poco memorable, terminaría por convertirse en legendario, pero por las peores razones posibles. Trump habló del muro fronterizo y lo hizo dentro de Los Pinos. Una concesión gigante del gobierno: permitió, en su tierra soberana, que Trump dijera —tal vez mintiera, imposible saberlo— que el tema se había discutido. Un tema que nunca había estado en la mesa, que siempre fue ficción. Pero, al momento de mencionarlo adentro de México, se convirtió en realidad.
Lee aquí el artículo completo.