“La sensación de salvar una vida es brutal. Yo me hice médico para eso y me dediqué a las emergencias porque me enganchó esa sensación, la acción-reacción. Es el puto ego. Te sientes una estrella de rock. Un subidón... Por una vez sientes que estás por encima. Hay gente que sabe cocinar. Yo no sé, pero sé hacer esto…”.
Nerea repasa los botes de suero, prueba los botones del respirador y limpia el estante en el que están todos los tubos, cada uno en una funda de plástico. Junto a la puerta hay un mueblecito lleno de medicamentos, cada uno con su etiqueta. Dopamina, diazepam, adrenalina...
“...Y, sin embargo, cuanto más formada y preparada estás para salvar vidas, más humilde te haces, más egos se te van quitando. Porque ves que no, que no somos héroes, que no podemos salvar cualquier vida.
Con el tiempo aprendes que cuando la muerte llega y se quiere apoderar, se apodera. Y ya puedes poner todos los medios, que ella te gana. Yo he aprendido a entender que no siempre voy a poder vencer. He aprendido a bailar con la muerte”.
09:00 h. Es domingo en Valencia. Hace sol. Nerea Bueno tiene 44 años. Es médico desde 2001, hoy anestesista y médico del Servicio de Atención Médica de Urgencia (SAMU). “Médico de calle”, dice ella. “Me encanta la emergencia. Poder actuar in situ. En la calle, en casa de un paciente, con los bomberos, catástrofes, accidentes… Ahí es donde siento que puedo hacer mejor mi trabajo”.
Por delante tiene 24 horas, toda las calles para ella y una catástrofe como no se recuerda otra. “Nunca he visto nada parecido a esto”, admite. “Viví el accidente de metro de Valencia y situaciones críticas pero nunca nada como esto, nada que hiciera convulsionar el sistema de esta manera”.
En el SAMU hacen guardia cinco o seis días al mes. El resto de cada semana, Nerea colabora como anestesista en La Fe y al menos dos veces al año viaja a África con la Fundación NED. Su última guardia en el SAMU fue a finales de marzo, justo después de las fallas que nunca fueron. Cinco personas murieron esa noche en sus casas con síntomas de coronavirus en Valencia, cerca de 200 en Madrid. La mayoría no aparece en las cuentas oficiales.
Nerea tuvo que estar una semana en cuarentena después de aquella noche. El conductor de su ambulancia, Javier, estuvo 11 días apartado y su enfermera aún no ha vuelto a trabajar, así que ha sido sustituida temporalmente por Yolanda, una veterana enfermera que trabajaba para una mutua y ha pedido una excedencia para volver al SAMU 20 años después.
Los tres desinfectan cada mañana el interior de su ambulancia, una furgoneta Mercedes aparcada frente al Hospital General de Valencia. Por fuera es de color amarillo y por dentro parece un coche de juguete, como si fuera una caravana de Playmobil, con su cardiocompresor portátil, su trineo, sus goteros, sus balas de oxígeno, su aspirador de secreciones... No hay un solo espacio que no esté perfectamente optimizado.
La jornada empieza aquí dentro y en una pequeña sala que hay en la primera planta del hospital en la que hay tres camastros, una mesita, un baño con ducha y unas taquillas como las de los gimnasios. Aquí se cambian los tres antes de bajar al coche y aquí descansan entre avisos. Las llamadas las reciben desde el CICU, el Centro de Información y Coordinación de Urgencias. Su unidad es Alfa 4. Todos llevan un Tetra, una especie de walkie talkie de los que se habilitaron tras los atentados del 11M y que funcionan incluso cuando la Policía instala inhibidores de señal.
10:55 h. El primer aviso les llega tomando café en una gasolinera. Invita la casa. Café gratis para la Policía y el personal sanitario. Aún no son las 11 de la mañana. La alerta dice que hay un señor de 87 años con dolor de pecho y las pulsaciones muy bajas y al que le cuesta respirar. Se considera “sospecha de covid”, así que los tres se visten como astronautas. El equipo de protección, unos aparatosos monos blancos, recuerda al uniforme que llevaban aquellos tipos que querían llevarse a E.T. de casa de Elliot cuando estas cosas sólo pasaban en el cine.
Nerea tarda casi 10 minutos en protegerse. Se coloca el fonendoscopio en las orejas, luego se cubre la cabeza con una licra que le recoge el pelo, unas gafas como de esquiador profesional, una mascarilla de protección respiratoria, encima una mascarilla quirúrgica y encima una pantalla transparente que se sujeta en la frente. Luego lleva guantes, calzas, el mono blanco que le cubre todo el cuerpo, otros guantes azules y unas fundas en los pies.
“La sensación de aislamiento es total”, explica. “Pasas muchísimo calor, las gafas se te empañan, no ves bien y tampoco oyes del todo. La máscara te aprieta la cara. Son las costras que se nos quedan luego, las cicatrices físicas que nos va dejando esta guerra. Las psicológicas vendrán después”.
Así, disfrazada de astronauta, Nerea entra en una vivienda en la que viven dos ancianos y la hija que cuida de ellos. El cuadro del paciente es crítico, su nivel de oxígeno en sangre es muy bajo, pero se niega a ser trasladado a un hospital. “Si mi momento tiene que llegar, quiero que sea en casa, con mi mujer, y no completamente solo en un hospital”, dice el señor.
–“Probablemente no supere esto”, le advierte Nerea.
–“Aceptamos la situación, y si tiene que llegar hasta aquí, pues ya está”, responde la hija.
El equipo de Nerea no está en la casa más de 15 minutos, lo que tardan en calmarle el dolor. En la calle desinfectan el material que han subido y se quitan toda la protección. Meten los pies en una bolsa de basura y se van arrancando capas. Todo será destruido en contenedores de restos biológicos. A veces vienen los bomberos y directamente les fumigan.
“Esto es como una pesadilla zombi”, reflexiona la médico. “La gente ya no sólo le tiene miedo al virus, tiene miedo a los hospitales, nos tienen miedo a nosotros. Nos miran como si los sanitarios también fuéramos zombis, como si lleváramos el bicho dentro. Hay gente que se está muriendo en sus casas porque avisan cuando ya es demasiado tarde y se nos escapan entre los dedos. El miedo debe ser un aliado para ser más prudentes, pero no puede restar”.
– ¿Y tú tienes miedo?
–Tengo miedo a dejar a mis compañeros sin material. Y miedo a volver a casa y ser fuente de contagio. No somos de piedra ni de plástico. Asumo la responsabilidad de mi trabajo, pero no quiero tener efectos colaterales. Nunca había trabajado con esta sensación.
Nerea tiene dos hijas de 9 y 11 años, está divorciada y comparte la custodia con su ex marido, también médico. “Me preocupa que nos aíslen a los dos y no poder dejarlas con nadie. Y es muy duro no poder abrazarlas, no darles un beso cuando salgo de casa. Tomo medidas de precaución que no había tomado en mi vida”.
13:07 h. Antes de comer reciben el segundo aviso: “Dificultad respiratoria brusca y asfixia”. La ambulancia pone rumbo a uno de los barrios más pobres de Valencia. El aviso lo ha dado la vecina de un grupo de pakistaníes que comparten piso en el edificio. Ningún vecino les abrió la puerta cuando pidieron ayuda pero una al menos llamó al 112. Otra vez el miedo. Es un segundo piso sin ascensor. Cuando entra Nerea, el paciente está muerto.
Es un hombre de 47 años. Está tumbado boca arriba en uno de los dos colchones que hay en medio del salón, en chándal y con los pies descalzos, la boca desencajada. Al lado de una mesita en la que hay varias botellas de agua vacías, una garrafa, un bote de jabón de manos y unos guantes de látex arrugados. Cuesta creer que la escena ocurra en España. La estampa del cadáver, con Yolanda y Nerea a sus pies vestidas otra vez como mujeres del espacio, parece uno de esos retratos que hacen los corresponsales de guerra en Siria o en Afganistán, pero es aquí al lado, a unas pocas manzanas de la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia.
Los compañeros de piso de la víctima sólo aciertan a decir: “No fiebre, no fiebre”. Nerea llama a la Policía para que se haga cargo del cuerpo. “Nunca sabremos si tenía covid-19”, se lamenta.
– ¿Te acostumbras a la muerte?
– Cada vez le tengo menos miedo. Archivo rápidamente pero no porque se me haya hecho la piel más gruesa, sino por todo lo contrario. He aprendido a empatizar con muchas emociones. Me afecta la sensación de desbordamiento de estos días, ver que esto es inabarcable. Y me conmueven cosas como la claridad mental del señor que quería morirse en su casa. La dignidad ante la muerte me emociona.
14:09 h. Nerea come una ensalada y un plato de paella en la cafetería del hospital. Los trabajadores del SAMU comían gratis en los hospitales hasta que en 2008, con la excusa de los recortes, les obligaron a pagar el menú. Después de un accidente de tráfico de su hijo, el director de la cafetería del General ordenó que los del SAMU volvieran a comer gratis en su bar.
Dice Nerea que la crisis del coronavirus ha traído también un corporativismo muy sano. “Antes cada uno iba a su bola, pero ahora todos cuidamos de todos. Somos un bloque. La Policía, los bomberos, los técnicos, las enfermeras, los camilleros, las de la limpieza que nos repasan con lejía hasta las teclas del ordenador, o Chelo, la de la cafetería, que me pregunta cada día cómo me ha ido la guardia... Nos estamos cuidando unos a otros”.
Después de la paella, los tres del Alfa 4 vuelven a su base para descansar. Nerea duerme un rato, apenas 20 minutos. “Puedo aprovechar cualquier momento para dormir, hasta con la sirena puesta me quedo frita”.
El siguiente aviso es a las 15:45. Un hombre se ha desmayado en su casa. Nerea nos traduce el parte al salir de su casa: “Hizo tanta fuerza intentando cagar que le dio un síncope y se quedó medio pajarito un segundo”. Nada grave.
16:50 h. Un yonqui con un trastorno esquizofrénico le ha robado siete pastillas a un compañero de piso y está delirando. El aviso dice: “Intento de suicidio”. Cuando Nerea se presenta en su domicilio, el paciente se queja de que, por culpa de la pandemia, hace días que no sabe de su camello. Salió descalzo a la calle a buscarlo y los vecinos llamaron a Emergencias.
“Son las víctimas colaterales de todo esto”, dice la médico, que ordena trasladar al chaval al hospital custodiado por un agente de Policía que les acompaña en la ambulancia por si las moscas.
19:30 h. Después del café, Nerea propone pasear con la ambulancia por Ruzafa para escuchar los aplausos de los vecinos. “La fallera mayor se quiere dar un baño de multitudes”, bromea Javi. Luego hace sonar las sirenas por uno de los barrios más céntricos de Valencia mientras Nerea asoma medio cuerpo por su ventanilla.
–¿Crees que saldremos mejores de esta situación?
–Vivíamos en una sociedad de certidumbres, de inmediatez, de conseguir siempre lo que necesitas. Y, de repente, nada es seguro. Pensábamos que estas cosas sólo ocurrían en África y vivíamos de espaldas a ellos. Ojalá esto nos haga más empáticos con el sufrimiento de los demás. Ojalá la piel se nos haga más sensible.
“A pesar de todo este drama me siento satisfecha. Hay gente que nos dice estos días que esto que hacemos no se paga con dinero, pero no es verdad. Es justo para esto para lo que nos pagan. Creo en este trabajo, me siento una guerrera y sigo peleando cada día”.