Desde hace cuatro años que la calvicie ya no es un temor para Ángel, como aún lo es para miles de hombres quienes, según especialistas, comenzarán a perder su cabello a partir de los 30 años.
Hoy en día, a sus 34 años, es consciente de que “no le quitó nada estar calvo” y tampoco “le daría nada volver a tener cabello”. No obstante, tuvieron que pasar tres años de resistencia y placebos antes de que Ángel aceptara lo que por herencia le iba a tocar.
“Mi papá es calvo. Yo desde hace mucho ya sabía que me iba a quedar calvo; lo intuía. (...) pero me negaba a la idea de quedarme calvo. No me gustaba pensar eso: que iba a tener que estar pelón”, dijo en entrevista con MILENIO.
La prueba de vanidad
Socialmente, la calvicie tiene connotaciones ajenas a lo positivo o lo deseable. Tan es así que algunas niñas y niños aún se dan un pequeño golpe al ver a alguien pelón en la calle; las adolescentes desean la calvicie temprana a su ex novio infiel, u otras personas— como solía hacer Eligio —piensan “Qué difícil ser así” o “Qué triste es que te veas así”.
Sin imaginarlo, él terminó siendo parte del fenómeno creciente en donde hombres cada vez más jóvenes —de 17, 18 o 19 años —comienzan a perder su cabello. En su caso, comenzó a notarlo a los 21 años con el notable adelgazamiento de su pelo. “Mucho más joven que la mayoría”, dice.
“Lo que recuerdo es que lo negaba. Era de: ‘No, sólo se me está cayendo un poco y con algún champú o algo se me va a quitar’”, contó.
Después comenzó a utilizar coloridas boinas de lino todos los días, haciéndolas parte de su estilo. No obstante, reconoce, “no fue lo mejor”, ya que está comprobado que su uso frecuente puede romper el cabello y debilitar la raíz.
Posteriormente, y como recomendación de su madre, durante un año y medio se sometió a un tratamiento para estimular el crecimiento de su cabello con resultados insuficientes y tardíos. Y si bien existía la opción de acelerarlos, esto implicaba una mayor inversión económica: “Son muy caros (...) y para poder ver más efectos, hay tratamientos todavía más caros y yo no quería que mi mamá gastara en eso. (...) Era demasiado gastar sólo para cómo me iba a ver”.
Ahí comenzó a aceptar que, en algún momento, se enfrentaría a lo que llamó su “gran prueba de vanidad”: raparse.
“Tu no eres tu cabello”
Tanto Ángel como Eligio coincidieron que el cabello tiene un rol importante en la autoestima para la mayoría de los hombres —y personas en general—. Por ello, es casi imposible no preocuparse por el juicio de una sociedad en la cual se cree que un hombre calvo “es menos atractivo”.
“Hay un peso respecto a qué va a decir la gente de mí o si te van a ubicar como 'el pelón' o 'el calvo'”, contó Ángel. “(Piensas) que ya no le vas a gustar a las chicas o que te vas a ver raro. (...) Mi miedo iba más en ese sentido: ¿Cómo me verían los demás? ¿Qué pensarán de mí? ¿Les voy a agradar?”, agregó Eligio.
Debido a aquellos temores, Eligio transicionó paulatinamente hacia la calvicie. Dejó crecer su cabello hasta los hombros para después cortarlo “muy chico” y estilizarlo de tal modo que pudiera ocultar su falta de cabello. Y tres años después, en la casa de su abuelo, finalmente se enfrentó a eso que tanto había evitado: “Lo pensaba mucho. Ya no había mucho que salvar y aún así yo estaba como de ‘No. No lo hagas'”, recuerda con cierta dificultad.
“El primer paso fue atreverme a comprar la máquina para hacerlo. La compré y la tuve un tiempo ahí y el día que lo decidí, sí me sentí raro. Pero sentí que había soltado el miedo y me había atrevido a verme como en realidad me estaba convirtiendo”.
Ángel también intentó convencerse de que su pérdida de cabello “todavía no se notaba tanto”, hasta que unas imágenes terminaron por abrirle los ojos: “Comencé a ver algunas fotos mías y dije: ‘Ah no, sí. Ya se nota un montón’”. En su caso, describe, “no tuvo la gran epifanía”: “Salí de mi cuarto, me fui al baño, tenía mi máquina de rasurar y con esa me rapé”.
Cuando la rasuradora tocó su cráneo, ya no había vuelta atrás. Ambos lo sabían y, por ello, experimentaron un cocktail de sentimientos al verse por primera vez en el espejo sin cabello: desde extrañeza, como Eligio; hasta cierto arrepentimiento, con Ángel. “No me agradaba la imagen que veía”, compartió.
Al final, la costumbre llegó con el tiempo. Aproximadamente dos semanas después de rasurarse la cabeza, Eligio y Ángel aceptaron su nueva imagen. Y el paso de los años les enseñaron —y demostraron —que ellos no sólo son la calvicie que decidieron aceptar a sus 21 y 30 años, respectivamente.
“Tú no eres tu cabello. Tú no eres la pura imagen que ves en el espejo de tu cabello y tu cara. (...) Era un miedo real, pero al final solo era cabello. Y yo no me defino por mi cabello”, atajó Eligio.
ASG