• Aguas claras, moral turbia: cuando los humanos nadan con orcas

Nadar con orcas es uno de los encuentros con la vida salvaje más raros, que solo se realiza en dos lugares: La Ventana, México, y Skjervoy, Noruega.

Alexa Robles-Gil y Meghan Dhaliwal
México /

M+.– En las aguas turquesas de 'La Ventana', una tranquila localidad costera de la península de Baja California, Claudio Ríos, de 41 años, maneja la radio de un barco pesquero; espera a que una aleta dorsal surque las olas, a que los capitanes hablen por radio, a que los motores de los barcos zumben al unísono. De momento, nada.

Los turistas se sientan en los botes cercanos, con los ojos muy abiertos, esperando ver a una de las varias orcas machos bautizadas con nombres de dioses y emperadores aztecas:

  • Moctezuma
  • Cuitláhuac
  • Tlaloc

Ballenas, fuente de turismo en México

Algunos humanos ya llevan puestos los trajes de neopreno y las aletas en los pies, preparados para lanzarse en aguas abiertas con el depredador supremo del océano.

Una multitud cada vez mayor, impulsada por las redes sociales y por una generación que conoció a las orcas en cautiverio o en la pantalla, llega a dos ciudades costeras que, de otro modo, serían tranquilas, trayendo dinero y fricción a partes iguales.

“Todo el mundo te va a decir que no hay ataques registrados de orcas a humanos en estado salvaje. Pero son animales altamente inteligentes. Y con presión constante, un accidente puede suceder en cualquier momento”, señaló Jorge Cervera Hauser, fotógrafo submarino mexicano que ha dirigido excursiones en México y Noruega.
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Poco antes del mediodía, una decena de aletas dorsales rompen la superficie por delante, negras contra el paisaje arenoso y beige del desierto de Baja California Sur. Ríos es de los primeros en alcanzar a los animales, pero no por mucho.

A los pocos minutos de la llamada por radio, las estelas blancas cortan las olas. Observa cómo se acercan los barcos, contándolos.

Una orca pasa por debajo de la proa, brillando en los bajíos iluminados por el sol, su cuerpo resbaladizo rompiendo el azul. 

Los barcos forcejean para tomar posiciones, algunos cortan el paso a las orcas. Alguien de una embarcación vecina se lanza al agua, con las aletas por delante, antes de que la embarcación se detenga del todo, pero las orcas pasan a toda velocidad.

Entonces un dron, supuestamente prohibido durante la actividad, zumba por encima. Las orcas siguen visibles, formas oscuras que se alejan del ruido

Ríos se pone tenso, lleva años viendo cómo los barcos rodean a las orcas, persiguiéndolas, acosándolas, cortándoles el paso, y ahora esto.

Se detiene junto al barco vecino y llama la atención del otro capitán.

“Oye, hay que hacer las cosas bien, hacerlas mejor”, grita frustrado.

Aunque las orcas suelen asociarse con mares fríos, en México encuentran un golfo rebosante de rica vida marina. Cazan rayas nébula, ballenas, delfines, tiburones y peces óseos en las aguas del mar de Cortés.

El año pasado, en un intento de regular el turismo atraído por la oportunidad de nadar con estos animales, México introdujo un sistema de permisos para los operadores turísticos.

Enero en Skjervoy

Noruega, donde esta práctica funciona desde hace varias décadas, no cuenta con normas comparables. Las orcas siguen vastas migraciones de arenques hacia los fiordos árticos cada invierno, llegando entre noviembre y enero. 

Los animales se comportan y cazan de forma diferente, plantean retos distintos a los humanos que intentan regular la industria.

Eve Jourdain, de 38 años, conduce un barco por las agitadas y oscuras aguas de Skjervoy, un pueblo pesquero y pequeño puerto natural.

Los turistas se acurrucan en un inflable rígido a temperaturas bajo cero, con los rostros enterrados bajo capas de lana. Por su parte, Jourdain, bióloga marina del Norwegian Orca Survey, capitanea regularmente excursiones de avistamiento de ballenas, pero nunca entra al agua.

Decenas de barcos más ya están en el agua, llenos de turistas decididos a ver orcas. Todas las mañanas durante la temporada, los autobuses de Tromso descargan turistas de todo el mundo en el muelle del puerto.

Para cuando el cielo palidece, los fiordos ya están abarrotados de botes inflables que transportan a turistas que pagaron cientos de dólares para ver orcas o bucear con ellas.

“Este es mi sueño desde que era niño”, asegura Yakir Asaraf, un fotógrafo de naturaleza que había viajado a Skjervoy para nadar con orcas.

Krisztina Balotay, fotógrafa y guía de avistamiento de ballenas que lleva más de diez años trabajando en el sector, recuerda una ocasión en la que ella y su pareja dirigían excursiones de buceo con las orcas.

“Decidimos dejarlo intencionalmente porque era demasiado”, reconoce.

Incluso ahora, algunas situaciones le molestan tanto que pide a su pareja, que trabaja como patrón, que se aleje de las orcas y de los buceadores. En días ajetreados, pequeños grupos de orcas se ven rodeados por más de 20 embarcaciones.

El invierno ártico limita las horas de operación, pero no hay límite para los barcos, lo que crea un tráfico intenso y no regulado alrededor de las ballenas. 

"La falta de normas ha hecho que la actividad sea insegura tanto para los humanos como para los animales", dice Balotay. 
"Las ballenas grandes no son compañeras de juegos para los humanos, la mera diferencia de tamaño puede crear situaciones peligrosas. Hasta que no muera alguien aquí, no harán nada”, añadió.

Puede empeorar el encuentro con ballenas

Los encuentros con animales marinos —observación de ballenas, buceo en jaula con tiburones blancos, natación con mantarrayas— se han convertido en una industria multimillonaria, pero los investigadores están descubriendo que esta actividad puede ser perjudicial para los animales.

Un estudio realizado en 2021, en Colombia, descubrió que el sonido de un sólo barco de observación de ballenas podía enmascarar hasta 63 por ciento del canto de una jorobada. 

"En Washington, las hembras de una población de orcas en peligro de extinción eran más propensas a abandonar la búsqueda de alimento cuando había embarcaciones cerca, lo que podría afectar la capacidad reproductiva de los animales", señalaron los investigadores.

Algunos países han respondido con protecciones estrictas. Nueva Zelanda prohíbe nadar a menos de 90 metros de las orcas; en la Columbia Británica, quien se acerque demasiado puede ser multado con miles de dólares.

Desde 2013, Eve Jourdain ha seguido a orcas individuales en Noruega, su atención se ha centrado en cómo la observación de ballenas y el buceo con tubo estresan a los animales.

Su equipo es el primero en medir los niveles de cortisol en muestras de grasa de orcas noruegas, comparando los resultados de temporadas turísticas activas con los de años sin turismo, como durante la pandemia.

Elena Sasso, estudiante de maestría en la Universidad de la Sapienza de Roma, analizó imágenes de drones para estudiar cómo respondían las orcas a los barcos y a los nadadores que se acercaban.

Marten Bril, cofundador de Whale2Sea quería garantizar unas operaciones de safari de ballenas responsables que tuvieran en cuenta la seguridad tanto de los humanos como de los animales.

Para él, había dos cosas cruciales:

  • Las licencias de avistamiento de ballenas.
  • Regulación del número de embarcaciones.

Marianne Sivertsen Naess, ministra noruega de Pesca y Política Oceánica, dice que es consciente de la necesidad de una normativa más clara y que planea reforzarlas; establecer requisitos de distancia para embarcaciones y buzos, a tiempo para la próxima temporada.

Sadie Hale, antropóloga de la Universidad de Bergen, ha descubierto que muchos visitantes de Noruega ven el encuentro como una forma de disculpa por las formas en que los humanos han maltratado a las orcas, sobre todo en cautividad.

“Buscan una experiencia que no se parezca al cautiverio. Pero para algunos, no es el encuentro pacífico y libre de acoso que esperan”, aseguró.

Barco de locos

Con el sol en lo alto del cielo mexicano, cuando el día se encamina hacia la tarde, Ríos asigna turnos, pide que bajen los drones y se asegura de que cada embarcación tenga su tiempo con los animales antes de seguir adelante.

Durante varias horas coordina el tráfico —ocho embarcaciones, más o menos— hasta que todos tienen su oportunidad frente a la manada.

Tanto en Noruega como en México, la afluencia de turistas en busca de orcas ha transformado las economías locales. En 'La Ventana', algunas familias están cambiando oficios agotadores y de escasa rentabilidad, como la pesca nocturna, por el turismo marino.

Nadar con las orcas cuesta a partir de 100 dólares en México, y alcanza los 400 dólares en Noruega.

"Algunos científicos argumentan que la actividad debería haberse mantenido como avistamiento de ballenas y no cómo nado", afirma Georgina Saad, bióloga marina de Orcas Pacífico Mexicano, una iniciativa que dirige los esfuerzos reguladores.
“Pero la comunidad quería esta actividad”, añade; el único camino era regular.

El plan presentado era detallado: nada de drones, nada de aviones de vigilancia, límites al número de embarcaciones y de nadadores en el agua a la vez, restricciones de distancia y de velocidad cerca de los animales.

Cuando vuelva el apogeo de la temporada de orcas en mayo y junio, Ríos calcula que habrá unas 100 embarcaciones en el agua. Puede que no todas tengan permisos.

Jorge Urban, investigador de ballenas de la Universidad Autónoma de Baja California Sur, tiene una preocupación más amplia: las orcas son delfines, y no están protegidas legalmente como las ballenas.

La normativa podría “enmascarar” a los turistas que nadan con mamíferos marinos protegidos, como los cachalotes, las ballenas azules y las jorobadas.

La Secretaría de Medio Ambiente de México en Baja California Sur no respondió a la solicitud de comentarios.

Mario Pardo, biólogo marino del Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada, que dirigía cursos sobre el comportamiento de las orcas para los titulares de permisos, dice de los capitanes locales: “Algunos tienen la idea de que las orcas van a estar ahí siempre”.

A la mañana siguiente, la bahía está llena de vida, los delfines saltan cerca. Salen a la superficie ballenas azules, enormes y mansas. Un león marino gira en círculos entre las olas. Los turistas miran y espera, con los ojos fijos en el horizonte, decididos a ver la aleta dorsal negra que completaría el viaje.

“Tenemos todos estos animales, y somos unos tontos”, comentó Ríos, cuando una ballena azul rompe la superficie junto al barco.
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KL

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