En los tiempos de crianza respetuosa, las nalgadas, los regaños y castigos autoritarios son una medida que madres y padres se tientan a usar cuando no ven manera de controlar el berrinche que el niño protagoniza en el centro comercial o cuando suelta los manotazos a la hora de la comida.
“Es muy fácil decir: ‘Conecta con tu hijo y valídalo’. Pero en el día a día, respetar los límites, pero también ser flexible, pero escucharlo… se vuelve cansado”, reconoce la psicóloga infantil, Fernanda Cobos Jarillo, en entrevista con MILENIO.
Claves para no perder la paciencia
En el mundo de la psicología se le conoce como burnout parental a la exposición prolongada a situaciones de estrés crónico excesivo que deriva en cansancio intenso, distanciamiento emocional de las y los hijos, hartazgo total de la crianza y sentimientos de vergüenza, culpa y angustia.
Por esa razón, no es raro que acudan a foros y grupos de Facebook o Reddit en busca de respuestas a dudas como: “No tengo paciencia con mi hijo”, “Cómo controlarme para no pegarle a mi hijo” o “¿Es normal perder los estribos con mi hijo?”.
Aunque para dar las soluciones, hay que partir de la regulación emocional: “Si yo como adulto no reconozco mis emociones; no sé regularlas ni canalizarlas, seguro cuando el niño me saque de quicio voy a reaccionar de esa manera”, explicó Cobos.
Para trabajar la paciencia y empatía en la crianza, primero hay que identificar las situaciones que pueden generar o incluso intensificar el enojo —la emoción principal del burnout , pero que pocas personas saben regular—.
O en palabras de Cobos, “cuáles cosas nos llevan al límite”: ¿Es por cansancio? ¿Luego de un día pesado en el trabajo? ¿Si hubo discusión con la pareja? ¿Si los hijos se comportaron de mala manera?
De esta manera, explica Cobos, será más sencillo que madres y padres establezcan límites y los hagan valer sin caer en prácticas autoritarias. Y para ello, también es crucial tener en cuenta dos puntos clave:
1. Tener claro las reglas
Evitar ambigüedades a fin que el niño o niña entienda con claridad cuáles acciones están permitidas y cuáles no. “Si yo no las tengo claras, (...) a veces diré que sí y a veces que no. Y eso es confuso para ellos”.
2. Flexibilidad
Es decir, estar abiertos a modificar esos límites bajo la supervisión parental: “El día a día es cambiante y hay ocasiones en que, aunque mis reglas sean muy claras, en el día a día suceden cosas que no se pueden llevar a cabo”.
Esto también es una oportunidad perfecta para fomentar en el niño o la niña la habilidad de tomar decisiones; lo cual, a su vez, fortalece su independencia, autonomía y autoestima (ya que es una manera de demostrarles que confiamos en ellos).
Por ejemplo, si la regla es comer y después hacer la tarea, plantearles si preferirían hacerla en ese momento o después de tomar el postre. “Tú das opciones y el margen de dónde pueden decidir”.
¿Qué hacer si perdimos la paciencia?
Fernanda Cobos afirma que las nuevas generaciones de padres y madres son más conscientes de la huella que puede tener la crianza en la vida de sus hijos e hijas. De ahí que se han separado de estilos autoritarios (a base de castigos, golpes, ley del hielo, etcétera) para apostar por algo más cercano a la crianza respetuosa.
De ahí que ceder a la “tentación” de las nalgadas o los castigos viene con un costo: culpa y remordimiento por recurrir a un tipo de educación que intentaron evitar, debido a los efectos emocionales y psicológicos.
Ahí es inminente que surja la duda: ¿Soy mala persona por haber gritado, castigado o golpeado a mi hijo? La respuesta sencilla es un rotundo “no”, pero Cobos sugiere que, después de ese “tropezón”, se sigan una serie de pasos para reivindicarse y volver a empezar.
El primero de ellos es reconocer el error y “reconocerlo en el otro“; o sea, en el niño o niña con frases como: “perdí la calma”, “me equivoqué”, “ lo siento”, “no fue la manera correcta de actuar”, “es algo que tú y yo hemos hablado” o “todos nos podemos equivocar y perder la calma”.
Después del reconocimiento viene la disculpa. Y si la edad del niño o la niña lo permite, también hay que escuchar su punto de vista y establecer un diálogo para hacerlo consciente de sus comportamientos equivocados o que los orillaron (a los padres) a tomar esa medida.
— ¿Y qué pasa cuando un papá o mamá no reconoce su error?, cuestionó MILENIO a la especialista.
— Los niños no se sienten validados. Es hasta incongruente porque por un lado le dices que se regule y conecte con sus emociones, pero tú como adulto no lo estás llevando a cabo. Es un círculo vicioso.
ASG