• Las pantallas no son el villano

  • The New York Times
  • Ante la creciente alarma por el uso de dispositivos entre niños y adolescentes, un psiquiatra infantil dice que el problema real está en una atención inadecuada de la salud mental y en aseguradoras que no quieren cubrir esos gastos.
Jonathan Slater
The New York Times /
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Los padres, los políticos y los psicólogos superventas están cada vez más ansiosos por la cantidad de tiempo que los niños y adolescentes pasan frente a las pantallas y cómo esto puede afectar su salud mental.

En mayo, la Oficina del Cirujano General advirtió sobre los daños del uso de pantallas y pidió un límite de dos horas al día de tiempo de pantalla en casa para niños de seis a 18 años. 

El mes pasado, el Departamento de Salud y Servicios Humanos publicó un libro digital llamado La tableta mágica que anima a “los niños y adolescentes a alejarse de las pantallas y vivir la vida real”.

Es fácil ver por qué han saltado las alarmas. Los niños y adolescentes de hoy pasan mucho más tiempo frente a las pantallas en casa y en la escuela que las generaciones anteriores. Las tasas de ansiedad y depresión juveniles llevan años en aumento.

Responsabilidad de sistemas de salud y aseguradoras en el tratamiento

Pero como médico que atiende a niños con problemas de salud mental, veo el tiempo de pantalla como una distracción tentadora de problemas mayores: Estados Unidos no ofrece suficiente atención de salud mental para los niños ni un seguro médico suficiente para pagarla. 

Si convertimos a las pantallas en el villano, entonces libramos de responsabilidad a quienes controlan la atención médica infantil —el Congreso, las aseguradoras y los sistemas de salud— por el hecho de que la mitad de los niños estadunidenses con una enfermedad mental tratable no reciben ningún tratamiento.

En mi consultorio veo niños que usan teléfonos, iPads y otros dispositivos de manera compulsiva, pero esto suele ser señal de algo más profundo —depresión, ansiedad, trastorno por déficit de atención e hiperactividad, autismo o antecedentes familiares de adicción— que puede alimentar el uso de pantallas y ser alimentado por este. 

Se trata de adolescentes que juegan de manera tan apremiante que reprueban la escuela secundaria o abandonan la universidad. Son niños cuyo estado de ánimo se desmorona o se vuelve violento cuando un adulto les quita el dispositivo.

La diferencia entre el tiempo de uso y la adicción

No es la cantidad de tiempo que los niños pasan frente a las pantallas lo que eleva su riesgo de sufrir los resultados de salud mental más graves, incluido el suicidio, sino si su uso se vuelve adictivo. Son actividades específicas, como el uso de las redes sociales de manera compulsiva, las que dañan la salud mental. El daño de las redes sociales en particular parece afectar más duramente a las niñas.

El argumento a favor de los límites de tiempo de pantalla se basa en parte en la suposición no comprobada de que menos horas significarán menos niños ansiosos y deprimidos. La mejor evidencia no lo respalda. 

Limitar el tiempo de pantalla puede mejorar la salud general de los niños. Pero la cantidad de tiempo que pasan frente a las pantallas tiene solo un efecto pequeño en su salud mental. La genética y ciertas experiencias en la infancia, así como la falta de diagnóstico y tratamiento adecuados, parecen tener una influencia mucho mayor. Limitar el tiempo de pantalla no es la primera línea de tratamiento para los niños con ansiedad o depresión.

En 2025, JAMA publicó un estudio que examinaba los datos sobre el uso de pantallas de más de 400 niños de nueve y 10 años durante cuatro años. Entre otras cosas, midió cuántas horas pasaban frente a las pantallas y el grado en que su uso se había vuelto adictivo.

El tiempo de pantalla autorreportado que se midió a los nueve y 10 años —antes de que la mayoría de los niños tuviera una exposición sustancial a las redes sociales— no mostró asociación con depresión, ideación suicida o comportamientos de este tipo cuatro años después. 

Pero el uso adictivo de esas pantallas se asocia con los tres factores. Los adolescentes que usaban sus teléfonos compulsivamente —que se sentían ansiosos al separarse de ellos, que seguían deslizando la pantalla a pesar de conocer el costo— tenían más del doble de riesgo de comportamiento suicida. Casi uno de cada tres niños mostró un patrón creciente de uso adictivo de las redes sociales a partir de los 11 años.

El estudio de JAMA no tuvo en cuenta el TDAH ni a los niños que tuvieron experiencias infantiles adversas, como negligencia, abuso, pobreza, falta de vivienda, violencia parental y abuso de sustancias. Esto es importante porque los que están expuestos a cuatro o más de estos factores tuvieron en estas experiencias el triple de probabilidades de un uso problemático de los videojuegos. 

Los niños con problemas de atención también son más propensos al uso adictivo de las pantallas, al igual que los niños que provienen de familias con conductas adictivas.

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Hay falta de recursos para la atención de la salud mental

Si de verdad quisiéramos ver mejoras en las tasas de problemas de salud mental entre niños y adolescentes, entonces nos enfocaríamos en ampliar el acceso a las intervenciones que funcionan —encontrar a los que necesitan tratamiento y brindarles el tratamiento— y en los reembolsos de los seguros para pagarlas.

En este momento, las escuelas, que son el mayor proveedor de atención de salud mental para niños del país, no tienen los fondos para realizar evaluaciones de detección de problemas de salud mental subyacentes. La proporción de estudiantes por consejero es de 376 a 1, mientras que la proporción recomendada es de 250 a 1. Independientemente del entorno, en los condados con escasez de profesionales de la salud mental, las tasas de suicidio juvenil son más altas.

Sabemos que la terapia cognitivo-conductual reduce el uso problemático de las pantallas en los adolescentes. Y tratar los trastornos de salud mental que impulsan estos comportamientos, a menudo compulsivos, es el núcleo del trabajo. Todas las principales pautas clínicas dicen lo mismo: para los niños con ansiedad, depresión o TDAH, tenemos tratamientos probados que funcionan.

A su favor, el aviso del cirujano general interino indica las señales de advertencia del uso compulsivo de pantallas: intentar y no lograr reducir el uso, abstinencia cuando las pantallas no están disponibles y uso continuo a pesar de las consecuencias. 

El aviso reconoce las limitaciones de las investigaciones disponibles y dice que “los efectos en el desarrollo dependen de múltiples factores”. Sin embargo, procede a recomendar límites de tiempo específicos. Esto contrasta con las recomendaciones de investigadores a nivel mundial que recientemente advirtieron que la duración en la pantalla “no es el factor principal que influye en los resultados de salud mental”.

En lugar de límites de pantalla, el gobierno debería priorizar el seguimiento y el financiamiento de la salud mental de los jóvenes. Últimamente, se ha vuelto más difícil saber qué está pasando con la ansiedad y la depresión juvenil porque las encuestas federales creadas para monitorear su bienestar están perdiendo el personal y los fondos que necesitan para funcionar.

En 2022, el Congreso inició un programa federal bipartidista de un millón de dólares para capacitar y ubicar a profesionales de la salud mental en las escuelas. Esos programas ayudan a los niños y, además, son rentables. Sin embargo, este gobierno ha cancelado la subvención, a pesar de la orden de un juez, y 15 estados han vuelto a los tribunales para salvarla.

Incluso cuando se identifica a un niño con un problema de salud mental, el seguro no siempre lo cubre adecuadamente. La solución no es un misterio: hacer que las aseguradoras cubran este tipo de atención de la misma manera que cubren todo lo demás, y aumentar las bajas tasas de pago de Medicaid.

Culpar a las pantallas es una forma conveniente de evitar problemas más difíciles y profundos: una atención de salud mental inadecuada y un sistema que subfinancia crónicamente el tratamiento. En su lugar, los legisladores y los líderes de los sistemas de salud deben centrarse en proporcionar la terapia, los medicamentos y el apoyo que los niños y las familias en problemas necesitan.


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