Prohibir el celular en las escuelas es una medida de contención de emergencia a un problema, pero no es una estrategia educativa de largo plazo.
Ahora que estamos regresando a clases, más de la mitad del país tiene nuevas disposiciones legales que han impuesto los gobiernos estatales, entre ellos Nuevo León o Ciudad de México.
En general, restringen su uso mientras se imparten clases. Sin embargo, muchas escuelas o colegios han decidido prohibir drásticamente el ingreso de estos aparatos al plantel o al aula.
Es fácil imaginar que muchos niños o niñas llegarán a la puerta de la escuela, revisarán su teléfono y lo guardarán en un rincón de la mochila donde no pueda ser detectado. Los más temerarios lo sacarán en el algún momento que creen que no serán pillados.
Lo que debemos preguntarnos es si prohibir el celular resuelve el problema o solo desplaza el horario en que los menores de edad consumen contenidos sin freno.
Como se ven las cosas, las instituciones y educadores se están deslindando del tema de enseñar cómo utilizar adecuadamente una tecnología que forma parte de nuestra vida cotidiana; también, sobre los efectos que causa su mal uso, incluso en adultos.
Desde hace muchos años he venido difundiendo entre los padres de familia, estudiantes y público variado, de los riesgos que representa el consumo excesivo de los contenidos de las redes sociales y videojuegos.
Estos espacios virtuales fueron creados para estimular el circuito de dopamina del cerebro; nos entregan pequeñas gratificaciones instantáneas, lo que explica porqué se nos dificulta tanto separarnos de ellos. Cuando se interrumpe de golpe este estímulo, queda un vacío neuroquímico que provoca inestabilidad, ansiedad y cambios de humor. Naturalmente, aumenta la dificultad para concentrarse en el salón de clases.
Aunque los científicos han confirmado daños en la salud mental, aún no podemos saber las consecuencias en el largo plazo.
A este panorama hay que sumarle el deterioro en la salud física.
La exposición prolongada a la luz azul de las pantallas, altera la producción de la melatonina, lo cual destruye nuestros ciclos de sueño naturales en todas las edades, y el sedentarismo se vuelve más agudo, particularmente en etapas en que los niños, niñas y adolescentes deberían estar corriendo por todas partes y conviviendo con amigos.
Los estudios de psicología aplicada asocian el uso compulsivo de este tipo de dispositivos con el aislamiento social, la pérdida del control de nuestras actividades y el sentimiento de soledad.
La Organización Mundial de la Salud, Naciones Unidas y la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos, en estudios que han sido escalados a millones de estudiantes de diversas culturas, revelan que cuanto mayor es el tiempo dedicado a las redes sociales sin un propósito específico, menor satisfacción se tiene de la vida y el desempeño escolar disminuye.
Nada es absoluto
Mi postura contraria a la prohibición de los celulares en las escuelas se basa también en investigaciones serias sobre estos temas digitales que nos hacen ver que el impacto en nuestra salud mental y física no solo depende de la pantalla, sino del uso que le damos. Debemos evitar posturas absolutistas.
Por ejemplo, en el Reporte Mundial de la Felicidad los jóvenes mexicanos aseguraron que las redes sociales, en particular las plataformas de mensajerías, ayudan a incrementar la satisfacción personal cuando se utilizan con un sentido de pertenencia, de cercanía o de apoyo a los amigos o familia.
La tecnología no es dañina en sí misma, sino en la forma como la utilizamos.
No estoy de acuerdo con la prohibición total del celular en las escuelas porque es una acción que no enseña a utilizarla ni a reducir sus riesgos.
Aislar a los niños del entorno digital no genera un beneficio dado que no construye pensamiento crítico. Apartar a los niños y niñas de los dispositivos no garantiza que en la edad adulta van a saber usarlo.
Proponemos un entorno digital que permita que las personas florezcan.
Para ello, debemos impulsar cuatro puntos:
- Promover la convivencia real con otras personas, al mismo tiempo que despertamos conciencia de ciudadanía digital. Es decir, enseñar sobre privacidad y seguridad digital, además de promover la comunicación respetuosa desde los primeros años de escuela.
- Propósito e identidad digital. Todas las personas tenemos ya una identidad digital y creamos contenidos en distintas maneras con diferentes avatares. Debemos entender que ello es auténtico y que no sucede en un entorno distinto a la realidad.
- Conciencia tecnológica. Promover hábitos saludables de consumo de contenidos.
- Resiliencia digital. Brindar a los menores herramientas de autocuidado ante el estrés que generan las redes o los sitios web.
Insisto, el reto real no es alejar a los estudiantes de la tecnología porque ello no trae consigo una estrategia, sino capacitarlos gradualmente para que convivamos con los contenidos de manera intencional y consciente.
MGR