¿Quién nos enseñó a amar? o ¿Cómo aprendimos a ser una buena pareja? La respuesta puede devenir de un sin fin de circunstancias, sin embargo, el ejemplo más inmediato (y el primero para muchas personas) de una relación amorosa se encuentra en casa; dentro del seno familiar: es el matrimonio de los padres.
“La pareja entre papá y mamá; o papá y papá, o mamá y mamá pauta la configuración de lo que debería ser una pareja en los jóvenes”, señaló el psicólogo, Emiliano Villavicencio, en MILENIO.
¿Quién nos enseña a amar?
La familia es la célula básica de la sociedad, donde una persona aprende los valores fundamentales para su desarrollo y, en el tema relacional, aprehende las prácticas cotidianas sobre las cuales construye su concepto de pareja.
Este principio aplica para las dos caras de la moneda: si el hijo o la hija, a partir de ese matrimonio, observa referentes proactivos, positivos, de cuidado y de respeto, “definitivamente va a reproducir estas prácticas”. Lo mismo del otro extremo, o sea, si el vínculo mamá-papá se desarrolló a base de celos, violencias, o vejaciones psicológicas, físicas o emocionales, es posible que el hijo o la hija repitan esos patrones.
“Por ello, hablar de que los padres son el primer referente implica que se van a reproducir no sólo las buenas prácticas, también todos esos vicios que no necesariamente aportan a la salud de la pareja”.
Psicológicamente, este efecto espejo tiene explicación en el concepto del “pensamiento mágico”, es decir, la etapa de la infancia (generalmente entre los 2 y 7 años) donde se mezcla la realidad con la fantasía.
Este fenómeno está detrás de pensamiento típicos de la infancia como “la luna me sigue” o “mi sombra me persigue”. Sin embargo, también es el responsable de que un niño o una niña vea a sus padres como “todopoderosos, que siempre tienen la razón”; una visión por la cual, señaló Villavicencio, “difícilmente van a cuestionar el actuar de mamá y papá, y todo lo que observen de ellos lo van a asimilar como la verdad”.
De ahí que si un pequeño crece en un matrimonio asentado en celos, violencia o manipulación, rara vez pensará “¿está bien o está mal esto que veo?”. Al contrario, lo más probable es que lo adopte e incorpore como la forma correcta de construir una relación de pareja.
Todos arrastramos ideas asumidas
Las enseñanzas que un niño o niña obtiene de las relaciones de pareja, a partir de ese “pensamiento mágico”, suelen perdurar hasta la juventud y adultez. De hecho, basta con unos minutos de autorreflexión para detectarlas.
“Si rascamos un poquito en nuestras concepciones e ideas asumidas, nos vamos a dar cuenta que la relación actual —la que al día de hoy construimos con nuestras parejas —mamá y papá están presentes de alguna manera.
Por ejemplo, cuando me enojo, si aplicas la ley del hielo o si volteas los ojos, te vas a dar cuenta que muy probablemente eso lo aprendiste de papá y mamá, porque hacían lo mismo. O si, ante un desencuentro, te sientas, dialogas, platicas o compartes cómo te sientes, es probable que esa forma de comunicación clara también esté vigente en tus padres”.
La buena noticia es que estos comportamientos son modificables e, incluso, las personas pueden desprenderse de ellos conforme adquieran nuevas experiencias e historias de vida.
“La infancia no es el destino. (...) Las experiencias personales nos permiten que en algún momento de mayor consciencia, como en la adultez o en la juventud, evaluemos si efectivamente aquello que aprendimos y asumimos como natural en la infancia es lo que queremos para nosotros”.
Los otros dos factores del amor
El psicólogo explicó que “la forma de amar” también se construye sobre otros dos pilares, además de la familia: las historias personales y el aspecto cultural y social.
El primer punto abarca todas las experiencias y aprendizajes a partir de los cuales una persona pauta qué es lo que quiere y lo que no en una relación amorosa —o como Villavicencio lo explicó, “lo que encuentra ideal y lo que no le gustaría tener en una pareja”—. Asimismo, forman un sistema de valores (el axiológico) que influye en la construcción de pareja.
“A partir de nuestros valores decidimos y pautamos, a veces sin darnos cuenta, lo que es correcto e incorrecto, con temas como las relaciones maritales o la comunicación de pareja, hasta cosas tan cotidianas como la religión o la crianza de los hijos”.
ASG