Para mamás y papás, el reto del regreso a clases no termina tan pronto el niño o la niña entró al colegio (quizás a base de berrinches y pataletas). Al contrario, es el banderazo de un proceso de adaptación en el que la pregunta “¿va bien o no en la escuela?” no se contesta únicamente basándose en un enojo, una rabieta o una risa aislada.
“Es muy complicado de determinar. (...) Tiene que ver mucho con el contexto en el que se presenta dicha conducta”, reconoce el psiquiatra infantil, Alan Martín Sandoval, a MILENIO.
Factores a tomar en cuenta en el regreso a clases
La vuelta a clases carece de un elemento clave para el bienestar emocional de los niños y las niñas: la predictibilidad.
De ahí la resistencia, el llanto e incluso cierto nivel de ansiedad que un niño o niña presenta en el primer día de clases por no saber quiénes serán sus nuevos compañeros, sus maestras e incluso cómo es la nueva escuela o grado escolar al que pasó (llámese secundaria, primaria, etcétera).
Pero una vez iniciado el ciclo escolar, el asunto se vuelve más complejo. Según el especialista, mamás y papás ya no sólo deben prestar atención al tipo de comportamiento de su hija o hijo, también a la intensidad, duración e interferencia.
“No es lo mismo que una niña de 5 o 6 años haga un berrinche por un evento aislado y que esto pueda suceder una o dos veces cada tres meses, a que lo haga todos los días y en muchos contextos de sus ambientes inmediatos”, ejemplificó.
Es decir, si la reacción al estímulo que la desencadenó dura “más tiempo del que tiene que estar presente; es más intenso e interfiere con ambientes inmediatos”, podría considerarse una conducta “fuera de lo natural”. Es ahí cuando se debe cambiar la perspectiva.
Comportamientos a los que se debe prestar atención.
- 1 Cómo tolera la frustración .
- 2 La manera en cómo comparte sus juguetes .
- 3 Reacción ante los límites. Por ejemplo, cuando mamá o papá lo mandan a dormir.
¿Cuál es el siguiente paso?
El proceso de adaptación del regreso a clases dura entre uno a tres meses. Extenderse podría ser señal de que hay problemas en el proceso de adaptación, pero sin ser necesariamente patológico.
“Tampoco considero que tenga que estar enferma o enfermo, y mucho menos que sea un trastorno”, destacó el especialista. “Lo que digo es que cuando algo ya no es natural, antes de evaluar la conducta, tengo que evaluar cómo están sus emociones. Y antes de evaluar cómo están sus emociones, tengo que revisar su cuerpo”. Es decir, poner atención en aspectos como:
- ¿Cómo está durmiendo? ¿Qué tantas horas duerme?
- ¿Juega? ¿Come bien?
- ¿Qué tanta carga cognitiva le dejan con cada tarea?
- ¿Hay problemas de dinámica familiar?
“La conducta es el lenguaje que tiene el niño para expresar que no se siente bien. Entonces sólo atender la conducta es muy arbitrario y podemos patologizar algo que probablemente sea un problema de adaptación y tengamos que modificar el ambiente.
(...) La conducta no dice qué hace el niño ni quién es. La conducta nos dice que no se siente bien. Y una emoción en un niño puede manifestarse de maneras muy diversas contra otro niño”.
Así, una vez identificados estos factores, el especialista recomienda recurrir a ayuda profesional.
ASG