La forma en que aprendimos a recibir cariño, expresar emociones y confiar en los demás durante la infancia puede acompañarnos hasta la vida adulta.
Algunas experiencias familiares dejan huellas que se manifiestan años después, especialmente al construir una relación de pareja.
De acuerdo con especialistas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), reconocer estos patrones permite comprender cómo influyen en nuestros vínculos y qué podemos hacer para modificarlos.
¿Cómo influye la relación con nuestros padres en la vida adulta?
La infancia es una etapa fundamental para aprender a relacionarnos con otras personas. Las experiencias con mamá y papá, así como las muestras de afecto, la protección y los límites que recibimos, pueden influir en la manera en que entendemos el amor.
La doctora María Santos Becerril Pérez, de la Facultad de Psicología de la UNAM, explicó que los patrones aprendidos en el hogar pueden trasladarse a las relaciones sentimentales.
Por ejemplo, quienes crecieron en ambientes donde todo estaba permitido podrían reproducir esa dinámica con su pareja, mientras que quienes vivieron bajo reglas restrictivas pueden asumir que una relación debe funcionar mediante exigencias y no a través de la negociación.
La falta de expresiones de cariño, un divorcio, la ausencia de apoyo emocional o el amor condicionado también pueden afectar la seguridad personal.
De acuerdo con la especialista, demostrar afecto con acciones es importante, pero expresarlo verbalmente también es necesario para que los hijos se sientan queridos y aprendan a construir vínculos saludables.
Señales de que las heridas de la infancia afectan tus relaciones
Las experiencias difíciles durante los primeros años de vida pueden reflejarse de distintas maneras en la adultez. Entre las señales que identifica la información de la UNAM están:
- Dificultad para sentirse querido: desconfiar del afecto de otras personas o pensar que no se merece.
- Celos e inseguridad: interpretar determinadas situaciones como señales de una posible infidelidad o abandono.
- Normalizar conductas dañinas: aceptar comportamientos controladores porque se parecen a dinámicas conocidas durante la infancia.
- Miedo a que la relación fracase: poner a prueba el vínculo o terminarlo ante conflictos que podrían resolverse mediante el diálogo.
- Estas dificultades también pueden repercutir en el bienestar emocional, el sueño y la convivencia cotidiana.
¿Cómo trabajar las experiencias dolorosas de la infancia?
La especialista señaló que cambiar estos patrones requiere un proceso de reconocimiento personal. El primer paso consiste en identificar lo vivido, comprender cómo influye en el presente y evitar negar las experiencias dolorosas.
Además, destacó que es importante reconocer que la historia familiar no determina por completo el futuro. Comprender las limitaciones de los padres puede ayudar a resignificar lo ocurrido, sin justificar comportamientos dañinos. Cuando sea necesario, establecer distancia también puede formar parte del proceso.
Reconocer las heridas emocionales permite identificar qué conductas queremos cambiar y desarrollar formas más saludables de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.
APC