DOMINGA.– En la intimidad de su hogar, en Tláhuac, experimentaba con un cinturón propio y fantasías donde un hombre ejercía el control y el masoquismo. No sabía qué era eso exactamente pero su cuerpo temblaba sólo de imaginarlo. La liberación, dice, llegó a los dieciséis años, cuando un primo que estudiaba para cura le prestó una enciclopedia sexual. Ahí entendió que su cuerpo no estaba maldito. Pero fue hasta los veintidós años, que se topó con un relato erótico que combinaba dominación y sumisión. Supo entonces dos cosas fundamentales: que no estaba loca y que lo que le gustaba tenía un nombre preciso de cuatro letras.
Gabriela, hoy a sus 46 años, terapeuta sexual, se identifica como una persona no binaria y pansexual, y es conocida en las comunidades del fetichismo LGBT+ como Crystal de Sade. Aunque usa la etiqueta pansexual para no complicar a los neófitos, en la intimidad se define como abrosexual, una identidad que le permite transitar de forma fluida por distintas orientaciones a lo largo de su vida.
Para ella y l@s más informados, el BDSM no es una desviación patológica, sino una arquitectura precisa de acuerdos adultos. Las siglas que rigen su cotidianidad se desglosan con un rigor técnico impecable: la B corresponde al bondage, el arte de las ataduras con cuerdas, cadenas o telas; la D abarca la dominación y la disciplina, que implica el control consensuado; la S une al sadismo –el placer de aplicar dolor físico a quien desea recibirlo– con la sumisión, el acto voluntario de someterse a las órdenes de otro; y la M sella el masoquismo, el disfrute de recibir ese dolor.
Crystal aclara con insistencia que el dolor aquí no es un fin destructivo, sino un vehículo de placer mutuo. “Nadie va por la vida golpeando gente de forma aleatoria ni experimentando orgasmos por tropezar en la calle”, dice entre risas para quitarle lo solemne al tema a tratar.
Explica que el término BDSM nació a principios de los noventa en foros universitarios BBS, precursores de las redes comunitarias de internet, de Cleveland, Estados Unidos, para rescatar estas prácticas del viejo concepto de “sadomasoquismo”, un vocablo históricamente vinculado por la psiquiatría a la enfermedad mental y la criminalidad. La diferencia radical, explica Crystal desde su trinchera, es que el BDSM exige ser sensato, seguro, consensuado y placentero. El BDSM exige un consenso absoluto, lo que implica una negociación horizontal, abierta, detallada y previa entre adultos antes de tocar un solo instrumento.
Esta historia es la primera de un viaje por el ecosistema del BDSM a la mexicana. Tres relatos que con testimonios distintos, tres generaciones y tres visiones distintas que demuestran que, lejos del morbo clandestino, estas prácticas se rigen por reglas estrictas y son una extensión natural y saludable de la vida.
La terapeuta sado
El camino de Crystal de Sade comenzó de forma silvestre. Conectaba con amos en España a los que enviaba fotografías como evidencia a sus órdenes y protocolos: un moretón en la espalda, ella en posición servicial. Pronto dio su salto en vivo. Su primera relación formal en el ambiente fue con un catedrático de la UNAM que le llevaba cuarenta años de diferencia. Se citaron en un lugar público, un restaurante de Los Bisquets Obregón cerca del Zócalo, por puro instinto de supervivencia. Él era sádico y cuidadoso; ella terminó con la espalda negra de moretones y la certeza absoluta de que el dolor negociado era su territorio definitivo.
Con el tiempo, Crystal entendió que su temperamento fuera del rol era dominantemente natural, lo que la llevó a explorar el switcheo (intercambio de roles) y luego a consolidarse como Ama. Dejó Tláhuac y comenzó a fabricar sus propios floggers (látigos de múltiples colas) porque en el México de los dos mil era imposible conseguirlos. Coescribió el libro BDSM: 50 sombras de Fer (Otredad, 2017) junto a Fernanda Tapia y transformó su fascinación en su profesión: estudió una maestría en Sexualidad y Género, y un doctorado en Psicoterapia para desmantelar mitos.
Como terapeuta explica que las filias suelen nacer de improntas placenteras y no de traumas de violencia sexual, como el caso de un practicante suyo cuyo fetichismo por los tacones se originó jugando con carritos entre los pies de las amigas de su madre. Su exploración con mujeres afianzó su faceta sádica. En un antro swinger conoció a una de sus sumisas más significativas, una mujer con la que conectó profundamente mientras la azotaba con un flogger hecho por ella misma.
En sus sesiones individuales, Crystal despliega técnicas de alta intensidad: el uso de ligas para marcar el cuerpo, la aplicación de cera caliente que luego retira con la hoja de un cuchillo, y el play piercing, que consiste en atravesar la piel con agujas de jeringa para diseñar patrones geométricos sangrientos.
Esa misma rigidez estructural la aplica en Umbral MX, la colectiva que fundó tras la disolución de Calabozo, una organización mítica que durante dieciséis años dictó la pauta del BDSM en el país y llegó a meter a 380 personas en una sola reunión.
Lo que comenzó como reuniones entre practicantes terminó convirtiéndose en talleres, encuentros y espacios de formación. La intención, dice, era sencilla: ofrecer la información que ella misma habría querido encontrar cuando tenía poco más de veinte años y navegaba sola entre chats y páginas de internet. Umbral MX utiliza IA para diseñar su publicidad con cuerpos diversos, que reflejan la realidad de México. Trasladará esa visión inclusiva a sus eventos: la próxima fiesta será el 25 de julio.
Las legendarias fiestas que Calabozo organizaba en un espacio de dos pisos en la colonia Condesa dividían el terreno con precisión: abajo, el área social para conversar; arriba, el calabozo equipado con cruces, cepos, potros de gimnasia y jaulas.
En el evento que prepara Umbral MX las reglas son inquebrantables. No se permiten mirones; quien sube al calabozo es porque va a jugar. Prácticas que involucren cuchillos reales en combate, fuego, fluidos corporales o simulaciones de violencia sexual están estrictamente prohibidas. Cada asistente firma una responsiva legal, se cotejan identidades con credencial de elector y se confiscan los teléfonos celulares en la entrada para blindar la privacidad de los asistentes.
A través de Umbral MX, que ahora trasladará sus eventos a la librería queer Somos Voces en la Zona Rosa y alista un contingente para la marcha del orgullo, Crystal demuestra que el dolor y la sumisión, cuando son dictados por el consenso, se convierten en la forma más pura de la libertad humana.
El perro que muerde
A los diecinueve años, José tuvo que elegir entre el diseño de su propio destino o el manual de supervivencia que la religión imponía en su hogar del puerto de Veracruz. Su familia no pudo procesar su homosexualidad. La fe se convirtió en un muro inamovible y la dinámica doméstica en un territorio hostil y limitante.
Lejos de someterse a un encierro emocional, empacó sus pertenencias y huyó a la Ciudad de México, asumiendo un destierro voluntario que, con los años y la distancia, mutaría en una tregua pacífica pero distante, donde el silencio y la evasión del tema son los únicos acuerdos familiares. Hoy, a sus 36 años, José habita una cotidianidad elegida: una semana vive en la colonia Chabacano con uno de sus vínculos sentimentales y la siguiente se traslada al sur, en Xochimilco, para compartir el techo con otra pareja y, ocasionalmente, con su Amo, un dominante que viaja constantemente desde California. Fuera de los fetiches, José trabaja en soporte técnico, conduce motocicletas y posee una cultura musical tan amplia que transita de la ópera clásica hasta el metal, el rock y los musicales de Disney.
Sin embargo, durante los fines de semana, que abarcan un 20 por ciento de su vida, José se transforma en Beissen Hund, un nombre derivado del alemán que se traduce como “perro que muerde”. Su ingreso al BDSM no fue precoz, sino un proceso de curiosidad adulta que floreció pasados los veinte años mediante el porno y el diálogo con amigos, tras una larga temporada de sexualidad convencional. Su verdadero punto de quiebre ocurrió cuando conoció a Master Ursus, una figura mítica del ambiente y embajador binacional de la comunidad, quien lo amarró junto a su novio en una sesión sin contacto físico, pero cargada de restricciones corporales. “Ese instante encendió una fascinación por la inmovilidad y el látex”, rememora.
Bajo una estricta filosofía personal, José decretó que para aprender a dominar primero debía aprender a someterse: “Para no lastimar, jamás ato, nalgueo o introduzco un juguete anal a un tercero sin haber experimentado antes el peso, el dolor y consecuencia de esa misma acción en mi propio cuerpo”, resalta.
Actualmente, Beissen Hund ejerce como un perro Alfa dentro de la escena del Puppy Play, una corriente específica del BDSM donde los participantes adoptan la psicología y conductas de un canino, con sus respectivos atuendos y máscaras de neopreno y látex semejantes a rangos del popular animal. A su cargo tiene tres cachorros distribuidos en Monterrey, Guadalajara y la capital, con quienes planea sesiones cada que es posible. Curiosamente, con sus parejas de la vida diaria no practica BDSM, manteniendo esos mundos separados.
Lejos de la fantasía cinematográfica del dominante que embiste y somete por la fuerza, José maneja la dinámica mediante un documento base, una lista exhaustiva donde cada sumiso detalla sus deseos y fobias. El consenso es el núcleo de su práctica.
En sus sesiones, los cachorros se entregan al poop training, un entrenamiento donde aprenden a dar la pata, girar, correr en cuatro extremidades y despojarse de la racionalidad humana, a veces vistiendo prendas de látex negro para salir a pasear o para encauzar el erotismo. Para José, la excitación provienen directamente de este intercambio de poderes y de la libertad de decidir, dentro de los límites pactados en frío, si ese día aplicará azotes o si los amarrará si se mueven demasiado.
Cachorros MX
La responsabilidad de un Alfa radica en saber decir “no”, incluso cuando el sumiso implora lo contrario. A lo largo de su camino, Beissen Hund ha enfrentado peticiones que desafían la cordura y la seguridad física, como un practicante que le solicitó que le disparara a corta distancia con una pistola de aire, u otro que pidió que lo atropellara con un automóvil. “A pesar del consentimiento explícito del sumiso, trazo una línea inamovible: el BDSM debe ser sensato y seguro; arriesgar la integridad jamás será una opción”, dice convencido.
Esta claridad conceptual lo llevó en 2019 a cofundar Puppies MX, el primer colectivo formal en el país diseñado por y para cachorros. Hasta entonces, los practicantes del fetiche canino vagaban dispersos y ocultos dentro de los grupos de cuero (leather) o caucho (rubber). El proyecto nació para combatir el aislamiento y el tabú de sentirse un “bicho raro”, ofreciendo un espacio pedagógico y seguro donde los novatos pudieran explorar sus filias sin el temor de ser juzgados por la sociedad.
De su raíz brotaron células autosuficientes en Guadalajara, Puebla y Mérida, un logro que llena de orgullo a sus creadores. La historia del Puppy Play tiene un origen oscuro que José explica con detalles históricos. “Surgió tras la Segunda Guerra Mundial, cuando el BDSM se estructuraba bajo la jerarquía de amos y esclavos”, relata. Buscando una degradación más profunda dentro del fetiche de la humillación, algunos amos despojaban a los sumisos de su condición humana obligándolos a comer en el suelo y dormir en alfombras, naciendo así el Pet Play.
Con las décadas, las mascotas comenzaron a agruparse entre sí, eliminando la necesidad de un dueño humano y creando una microsociedad con sus propias jerarquías: los Alfas que coordinan y dirigen, los Betas que alternan roles y los Omegas que se ubican en la base de la manada, disfrutando del seguimiento ciego de las órdenes. Para Beissen Hund, el erotismo del BDSM subvierte las nociones tradicionales de la pornografía comercial, donde todo debe culminar en penetración genital y eyaculación. En su universo, el placer se desvincula de los orgasmos tradicionales. José utiliza técnicas como el edging –mantener al sumiso en un estado de estimulación prolongada y frustración sin permitirle alcanzar el clímax– o implementa el uso de jaulas de castidad que anulan por completo la erección física.
Eyacular, como en toda las prácticas sexuales, es opcional.
Esto se trata de gustos, resume: así como a unos les gusta el helado de limón, a otros el de chocolate, hay sumisos que encuentran su realización absoluta en la quemadura persistente de las nalgadas o en la estimulación con juguetes anales, sin que la genitalidad intervenga. Contradiciendo el mito del amo absoluto, José concluye con una revelación política: en el BDSM real, el verdadero poder lo ostenta el sumiso, es quien posee la última palabra.
Las sesiones de Cereza Roja
En los recovecos digitales del fetichismo BDSM, un joven de veintitrés años ha construido su reputación bajo el pseudónimo de Red Cherry. Originario del norte de México, tomó la drástica decisión de mudarse a la capital hace un año, impulsado por una doble urgencia: la precariedad laboral de su región y una necesidad vital de expansión sexual que su entorno natal asfixiaba.
“En esta sociedad es increíblemente complicado. Más complicado aún sería siendo de provincia”, reflexiona sobre el aislamiento geográfico que padece la periferia mexicana. Ingeniero químico de profesión, actualmente trabaja como intérprete remoto del inglés debido a la compleja realidad laboral del país, combinando sus jornadas con su pasión por la lectura, la escritura y una melomanía voraz que abarca desde la música clásica hasta el jazz, el electropop sueco y la rumba catalana.
Detrás de esta faceta intelectual habita un dominante sádico que descubrió sus pulsiones en la adolescencia tardía a través de una pantalla. Su primer acercamiento fue el porno convencional, pero el algoritmo comenzó a mostrarle contenido BDSM y algo hizo clic en su cabeza. Consumía material de portales como Kink.com, aunque pronto le aburrieron por sobreactuados. De la observación pasó a la investigación seria: devoró tutoriales en internet, aprendió de forma autodidacta técnicas complejas de nudos y transitó de novelas digitales amateurs en Wattpad a manuales técnicos de inmovilización. Las habilidades que posee nadie se las enseñó; las aprendió por su cuenta en su habitación, usando su cuerpo como experimento.
Al cumplir los dieciocho años, en 2021, decidió que la teoría debía encarnar. Consiguió sus primeras cuerdas y pactó un encuentro con un hombre. Aunque sólo conocía los nudos en papel, la sesión fue un éxito rotundo que le confirmó que su destino estaba en el calabozo. Desde entonces, lidia con una libido indomable que ha crecido sin pausa, una urgencia biológica que en sus años universitarios le exigía tener encuentros de BDSM al menos una vez por semana. A diferencia de los practicantes de la vieja escuela, Red Cherry rechaza las etiquetas y las jerarquías solemnes. “No me gusta el término amo porque lo siento muy de la vieja guardia”, afirma, prefiriendo definirse como un dominante enfocado en lo corporal y lo sensorial.
Aunque posee los conocimientos para adentrarse en dinámicas de humillación, su fascinación radica en llevar el cuerpo de sus compañeros de juego al límite mediante prácticas de impacto –que consisten en el azote controlado con herramientas como varas o látigos–, el control de temperatura mediante el uso de hielo o cera caliente y, especialmente, el shibari, el arte japonés del bondage con cuerdas. Técnicamente se considera switch (capaz de alternar roles), pero en la práctica casi nunca cede el control por la falta de simetría intelectual en la escena mexicana, ya que es sumamente complicado encontrar a alguien que posea su mismo nivel de conocimientos y en quien pueda depositar una confianza ciega.
En la mayoría de sus encuentros se topa con principiantes que confunden la experiencia con la simple resistencia, un obstáculo que ralentiza el juego, aunque no disminuye su entusiasmo. “A cualquiera se le puede pasar la mano”, advierte, colocando la comunicación constante y el estudio técnico como los únicos blindajes reales contra los accidentes.
La crudeza del clímax en el ambiente LGBT+
Las sesiones de Red Cherry se estructuran bajo una negociación fría que divide los límites corporales. En encuentros de alta intensidad, el uso de palabras de seguridad y códigos de semáforo (rojo para detener, amarillo para disminuir la potencia y verde para continuar) son obligatorios, aunque su destreza radica en saber leer corporalmente las reacciones de la contraparte.
Sus prácticas favoritas incluyen el CBT ( tortura genital), subcategoría que manipula con pinzas y golpes debido a la extrema sensibilidad de la zona, y el cum control, que engloba la retención del orgasmo y el milking, una técnica extrema que consiste en hacer que el sumiso eyacule múltiples veces consecutivas mediante una estimulación dolorosa y precisa. “Con algunos funciona, con otros no, pero cuando funciona es increíblemente divertido”, detalla sin evitar una risita.
Una de sus sesiones más intensas condensa la crudeza de su estilo: un encuentro con un sumiso que llegó tarde a la cita. Red Cherry utilizó la impuntualidad como combustible para la escena. Lo sometió con nalgadas directas con la mano, golpes con paletas, látigos y varas. Luego lo inmovilizó en la cama, lo “castigó” con cera caliente y posiciones de estrés.
A diferencia de quienes romantizan el BDSM como un juego puramente mental, místico o estético, Red Cherry es tajante sobre la naturaleza de su práctica: “El BDSM es una práctica inherentemente sexual por más que en muchos casos quieran vender como que no”. Para él, separar el fetiche de la genitalidad es imposible porque la estimulación golpea directamente las necesidades psicosexuales y los instintos más primarios del ser humano. Aunque respeta a quienes disfrutan de la inmovilización como un ejercicio contemplativo para su propia satisfacción erótica.
Para abastecer sus fantasías, Red Cherry recurre a su teléfono celular para revisar plataformas especializadas como Recon, Scruff, Play Fetish, The Blowers y grupos cerrados de Facebook. Aclara que toda su experiencia ocurre estrictamente dentro del ambiente gay, pues no está familiarizado con el mundo heterosexual ni le interesa estarlo. Reconoce que la oferta en aplicaciones es grande pero de baja calidad, por lo que hay que ser selectivo. Además, admite que practicar un BDSM de alta fidelidad en México es un privilegio de clase; el equipo de cuerdas, la ropa de cuero y el traje de látex que acaba de adquirir son sumamente costosos, convirtiendo el capital en una barrera de acceso insalvable para la mayoría.
A pesar de las dificultades socioeconómicas de la escena, el joven ingeniero sigue explorando los límites del deseo con una filosofía que subvierte el mito del opresor. En el reverso de sus látigos y amarras se esconde una verdad compartida por la vanguardia del fetiche: el verdadero amo de la sesión no es quien sostiene el instrumento, sino el sumiso, cuyo consentimiento traza el mapa y cuya voz tiene el poder absoluto de detener el universo con una sola palabra.
GSC