Tres generaciones de la Fuerza Aérea Mexicana convergen en el Colegio del Aire, en Zapopan, Jalisco, para demostrar que la formación militar va más allá de la técnica: es también una escuela de vida, sueños y sacrificio.
El mayor Francisco Buenrostro, que de niño dibujaba aviones y hoy sobrevuela el 16 de septiembre mientras su familia lo señala desde tierra; la comandante Alejandra Maldonado, que se enlistó cuando no había mujeres instructoras y ahora es madre, esposa y referente; y el general Jesús Bautista de la Torre, que tras 35 años surcando los cielos sentencia que "el único límite somos nosotros mismos", comparten una misma misión: preparar a los defensores del espacio aéreo mexicano.
Entre valores castrenses, helicópteros que "no quieren volar" y vuelos que se llevan en el corazón, este centro jalisciense no solo forma pilotos: forja historias que despegan desde el suelo más humano.
El Colegio del Aire
En el municipio de Zapopan, en el nororiente de la Zona Metropolitana de Guadalajara, se encuentra uno de los centros de formación militar más importantes del país: el Colegio del Aire. Desde este complejo académico, semillero de generaciones de pilotos y especialistas, tres trayectorias se cruzan con una misma misión: formar, servir y volar por México desde la Fuerza Aérea Mexicana.
Con 16, 15 y 35 años de servicio respectivamente, el mayor Francisco Buenrostro, la segunda comandante Alejandra Maldonado y el general de grupo Jesús Bautista de la Torre no solo comparten el uniforme: hoy comparten también la responsabilidad de preparar a quienes serán el futuro de la aviación militar mexicana.
Liderazgo desde las aulas y la pista
“Un sentido de compromiso… es un compromiso, un sentido de responsabilidad para con la Fuerza Aérea y también con el pueblo de México”. Así define el mayor de Fuerza Aérea, piloto aviador, Francisco Buenrostro, lo que significa servir.
Con 16 años dentro de la institución, actualmente es comandante del escuadrón primario en la Escuela Militar de Aviación, dentro del Colegio del Aire en Zapopan.
Su vocación nació en la infancia. Dibujaba aviones, soñaba con volar, y un viaje con su padre en un avión comercial despertó definitivamente su interés.
“Cumplí algo, un sueño que generé desde niño”, afirma.
Fue pionero en su familia; no había antecedentes en la aviación. Cuando decidió ingresar, la reacción fue de asombro y orgullo.
“Desató el orgullo en mi familia y también el intento mío de hacerlos orgullosos”.
Recuerda con claridad el momento en que vio su nombre como aceptado en la institución. “Una emoción muy grande”. Desde entonces, cada vuelo ha sido una combinación de disciplina, estudio y responsabilidad.
Entre los momentos más significativos de su carrera menciona la participación en la parada aérea del 16 de septiembre.
“Saber que mi familia asiste y me pueden ver… esos son los vuelos más personales que llevo en el corazón”.
Hoy, desde Zapopan, su misión es distinta, pero igual o más trascendente: formar a los nuevos pilotos.
“Tenemos la encomienda de transmitir los conocimientos y liderar con el ejemplo”, subraya.
Para él, la institución se convierte en familia, una familia que comparte la exigencia y el honor de servir.
La visión femenina tras el uniforme
En las mismas instalaciones del Colegio del Aire, la segunda comandante Alejandra Maldonado suma 15 años de servicio, marcando una trayectoria que abrió camino para muchas mujeres dentro de la Fuerza Aérea.
“Desde que yo era pequeña quería ser piloto”, recuerda. Creció viendo a su padre, piloto aviador, y soñando con hacer lo mismo.
Sin embargo, en su infancia las mujeres no podían ingresar. Fue en secundaria cuando supo que la convocatoria ya estaba abierta para ellas.
“Para mí fue una alegría increíble”.
No fue sencillo. Intentó una vez y no lo logró. Persistió. Escuchó dudas sobre su capacidad, pero siguió adelante. “Nunca me creyeron capaz de hacerlo”, admite. Hoy, su historia demuestra lo contrario.
Sus primeros vuelos confirmaron que el esfuerzo había valido la pena.
“Cuando realmente ya te subes al avión y ves que todo lo que pasaste valió la pena… ahí es donde yo quiero estar”.
Entre sus misiones más significativas están las de apoyo a la población: transporte de víveres y traslado de vacunas durante la pandemia.
“Todas esas misiones en las cuales tenía un fin de ayudar al pueblo eran las que más me ayudaban a dormir”.
Ahora, desde el Colegio del Aire en Zapopan, es instructora. Cuando ella fue cadete, no había mujeres instructoras. Hoy quiere ser referente para las nuevas generaciones.
“Quiero darles el ejemplo de que sí se puede, sí puedes tener familia, sí puedes ser mamá, volar, tener grado y dedicarte a esto”.
Con 11 años de matrimonio y dos hijos, combina su vida militar y familiar con convicción. “Tenemos un uniforme igual para todos y la disciplina, los ascensos, absolutamente todo es igual”.
Más de tres décadas de experiencia formando el futuro
Con 35 años de servicio, el general de grupo piloto aviador de Estado Mayor Jesús Bautista de la Torre funge como subdirector del Colegio del Aire en Zapopan, uno de los centros estratégicos en la formación de oficiales de la aviación militar.
“Un gran orgullo, un gran compromiso, una gran responsabilidad; es un honor y un placer”, afirma al describir lo que significa servir.
Desde niño soñaba con volar. Ingresó a los 18 años y ha dedicado más de tres décadas a la institución. Recuerda sus primeros vuelos como “fascinantes”, pero señala que el primer vuelo solo marcó un antes y un después.
“Es un sentimiento de libertad increíble y de gran satisfacción”, explica. Volar sin instructor implica asumir completamente la responsabilidad de la aeronave y del material que la nación confía.
Ha pilotado aeronaves de ala fija y de ala rotativa.
“El helicóptero no quiere volar, hay que hacerlo volar”, comenta, resaltando la complejidad técnica que exige mayor destreza.
Para él, servir implica administrar con honor los recursos del país y utilizarlos en beneficio de la población. También destaca el papel de la familia como base del desarrollo integral. Hoy, desde su posición directiva en Zapopan, aplica la experiencia acumulada para influir positivamente en la formación física, mental y emocional de los discentes.
“El único límite que tenemos somos nosotros mismos”, sentencia.
Para quienes han dedicado su vida al uniforme y a los cielos del país, no es solo una profesión: es una forma de entender la responsabilidad, la familia, el honor y el compromiso con la nación.
MC