• Altares, catrinas y pan de muerto con matcha: así reinventamos el Día de Muertos

Hace 50 años no era común poner en casa un altar con fotos de los difuntos o asistir a un desfile de catrinas. Como toda tradición, el Día de Muertos sigue en formación… o deformación.

Cristina Salmerón
Ciudad de México /
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DOMINGA.– Son las vísperas del Día de Muertos. En el desfile “tradicional” vemos una procesión rostros pintados y trajes de catrina, pero también gaitas escocesas, trajes de circo y maquillaje estilo metalero. En la calle de Madero, los disfraces de charro calavera y china poblana de ultratumba se mezclan con los de El juego del calamar, zombies, Merlinas y Miguel, el personaje de la película Coco. Y las cafeterías presumen su pan de muerto relleno de matcha y chocolate Dubai: de 80 pesos para arriba el individual.

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Aunque ahora esto luce “tradicional”, para algunas personas, las “así de old”, las que vivieron a inicios del siglo XX, poner un altar u ofrenda en casa probablemente les haga corto circuito. ¿Cuándo empezó la transformación del Día de Muertos que se vive en el país?

En Los Pinos durante el gobierno de Luis Echeverría, los brindis podían ser de agua de jamaica en vez de champaña. Eran los años setenta y a María Esther Zuno, la esposa del presidente, le daba mucho por lo nacionalista, era una entusiasta del arte popular. Y Echeverría quería borrar lo ocurrido con el movimiento del ‘68, deslindarse y recuperar el pasado y las raíces prehispánicas.

Antes las ofrendas solían encontrarse más en los panteones y en las iglesias que en una mesita en la sala o el comedor de la casa; podían llevar fotografías de los fieles difuntos o no, pues no era lo más relevante; tampoco existían las megaofrendas públicas, para ver los altares enormes y comunitarios había que viajar a los pueblos de Oaxaca, Michoacán, a la zona lacustre de la ciudad, para entender cómo un día de luto se volvía fiesta con flores, velas, copal, música y comida.

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John Paul Brammer, escritor y artista chicano, escribió en The Washington Post que el Día de Muertos tal como lo conocemos “nació de una crisis de identidad”:

“En 1970, el gobierno de México promovió esta celebración para impulsar el turismo y reafirmar una identidad nacional. Las personas que enmarcan este concepto, llamado mexicanidad, observaron el pasado precolonial del país y en él vieron el Día de Muertos, que comenzó como una tradición indígena. Correctamente romantizado, podría convertirse en un pilar del espíritu mexicano que estaban inventando”.

Así como después de la Revolución hubo un movimiento fuertísimo en el arte, en la música, en la literatura que nos dio identidad, lo mismo habría ocurrido.

Ángeles González Gabino, historiadora, periodista, escritora y cronista mexicana, explica que el culto a la muerte está muy documentado que existía desde la época prehispánica y en distintas culturas. El Museo del Templo Mayor, el de Antropología y un montón de sitios arqueológicos tienen estatuillas y vestigios de ofrendas que lo demuestran. “Es decir, existe una fuerte raíz prehispánica en la celebración del Día de Muertos”. Pero ésta, como muchas de nuestras tradiciones, son resultado del sincretismo y, como cualquier tradición, se va modificando, se va mestizando e incluyendo influencias extranjeras, explica la historiadora.

Con la colonización, la religión católica echó raíces en estas tierras y sus festividades se incorporaron a los ritos prehispánicos.

“Es verdad lo que dice John Paul Brammer. Yo cuando era niña, no recuerdo eso de poner la ofrenda en la casa”, dice Ángeles González. “Esa costumbre tiene alrededor de cincuenta años. Yo con mis hijos pequeñitos recuerdo que sí empezamos a poner la ofrenda en la casa, pero eso se hacía más en los panteones y en los patios de las casas de los pueblos y barrios más periféricos de la ciudad, justo donde sí hay una influencia indígena, muchos de ellos provenientes de otros estados del sur del país”.
Tradicionalmente, los altares y ofrendas se colocaban exclusivamente en los panteones | Especial


A Echeverría le daba mucho por lo nacionalista, se acercó a escritores como Paz y a muralistas como Siqueiros; se ha descrito su sala compuesta por muebles mexicanos e incluso tenía murales de Diego Ribera en las paredes; en su mandato creó el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías y los vestidos de su esposa eran de tal artesanía que han sido exhibidos en museos, pues buscaba recuperar los valores nacionalistas. Tal como ocurrió después de la Revolución, Brammer extiende la teoría de que en los setenta el país estaba demasiado sensible por todo lo que había ocurrido.

–¿Será que, así como hubo un movimiento cultural para afianzar el nacionalismo y exaltar lo mexicano en la etapa posrevolucionaria con Vasconcelos, hubo otra después del ‘68 y el Halconazo, para unir al país por este lado de la tradición y lo cultural? –pregunto a Ángeles.

–No me atrevería a afirmar que el gobierno haya planeado una campaña para afianzar la identidad nacional en los años setenta, pero en esa época sí se veían ofrendas en lugares como los bancos, las escuelas, los museos, donde antes no –dice.

La celebración no tiene un origen totalmente prehispánico, no se celebra igual en todo México ni es como lo era hace cien años. Entrados en el segundo cuarto del siglo XXI, el capitalismo, la industria del entretenimiento y las redes sociales han hecho lo suyo con una de las tradiciones más sagradas para las y los mexicanos.

María Esther Zuno y el presidente Echeverría | Fototeca Milenio

Los ritos prehispánicos, católicos y el Halloween


Para las nuevas generaciones, el desfile de catrinas, al igual que la ofrenda en casa con fotos de los difuntos y comer pan de muerto de una amplia variedad de sabores ya forma parte de su Día de Muertos. Esto es prueba de que las tradiciones son un ente vivo. Las tradiciones no se escriben en piedra y, si así fuera, pasarían a ser archivo. El Día de Muertos se ha podido moldear y fusionar para mantenerse vivo.

En un inicio fueron los rituales prehispánicos que se unieron a las fiestas de los pueblos. Nuestros antepasados mexicas, nahuas, mayas, zapotecas, totonacas, purépechas no esperaban el 1 y 2 de noviembre para hacer ofrenda a sus ancestros. Sus fechas eran otras, sus ritos eran otros. Las festividades se conmemoraban el noveno mes del calendario solar mexica, por ejemplo, cerca del inicio de agosto, y duraba un mes completo. “Las festividades eran presididas por la diosa Mictecacíhuatl, conocida como la Dama de la Muerte [actualmente relacionada con La Catrina, de José Guadalupe Posada] y esposa de Mictlantecuhtli, Señor de la Tierra de los Muertos. Las festividades eran dedicadas a la celebración de los niños y las vidas de parientes fallecidos”, dice un documento expedido por el Gobierno.

Ante esto, Ángeles González Gabino añade que la tradición llegó a México desde Europa y se instauró principalmente en pueblos donde se visitaba a los difuntos en los panteones, que antes eran de la Iglesia; después de su separación y de un impulso gubernamental desde un plan cultural, se cultivó la tradición la puesta de ofrendas en casas. “Coco reforzó esta tradición haciendo énfasis en poner un retrato de los difuntos, pero esto no se hacía en todas las casas ‘desde tiempos ancestrales’”.

En el México norteño, el Día de Muertos no es igual de importante que en el centro, sur y sureste del país (el territorio mesoamericano); es más, en algunos puntos ni siquiera se celebra. Consultando a personas de Sonora, Sinaloa, Nuevo León, Baja California y Tamaulipas, me dicen que esos días eran de ir al panteón a dejar flores a los difuntos, los más fiesteros llevaban mariachis o un conjunto norteño, pero nada más. “La verdadera tradición en las ciudades fronterizas es el Halloween”, me explican.

“Disfrazarse, pedir dulces… Aunque ahora sí pongo ofrenda con mi hija. Me gusta esto de mostrarle fotos de los que ya se fueron, que sepa quiénes son y tenga esta concepción de familia”, dice Zoraida.

Sonia vive en Monterrey, Nuevo León, pero pasó su infancia en Torreón, Coahuila. Para ella, el Día de Muertos no era la gran cosa pero ahora no hay inicio de noviembre que no haya altar en su casa y reconoce que empezó a poner fotos de sus familiares después de ver la película Coco. Observa que de la pandemia para acá, en el Parque Fundidora, así como el centro de Monterrey, cada vez se organizan más eventos en torno al Día de Muertos. “Yo creo que nos influyen mucho las redes sociales, de que decoran super bonito y vas a tomarte fotos”, aclara.

El pueblo mágico de Santiago, en Nuevo León, desde 2018 se transforma en un espacio para celebrar el Día de Muertos con calaveras gigantes, un megaofrenda, callejoneada y mercadito de artesanías. “Y pues todos quieren ir a ver, verdad, jaja. Pero en sí [el Día de Muertos en Monterrey] si era mucho de ir al panteón, limpiar las tumbas y decorarlas… Hacer la carne asada y reunirse con la familia. Esto [de los altares y la decoración] en realidad tiene poco acá”, dice Sonia.

Aunado a ello, por todo el país, las llamadas “experiencias inmersivas” por empresas particulares o hechas a modo de “activación de marcas” han retomado elementos de las ofrendas, como las luces, el cempasúchil, el pan de muerto y el papel picado para crear escenarios que sean “instagrameables” y detonen la necesidad de asistir a tomarse fotos o hacer videos y compartirlo en sus redes sociales. Los hashtags, las campañas gubernamentales, las marcas y toda una instrumentalización publicitaria ha impulsado la tradición del Día de Muertos incluso fuera de México.

La película 'Coco' influyó para colocar retratos en las ofrendas de las casas | Especial

¿La esencia del Día de Muertos se fue al Mictlán?


En este punto de la historia podemos afirmar que “México está de moda”, como ha reiterado la presidenta Claudia Sheinbaum. Con el Mundial y el impulso al turismo, la mandataria destacó un récord con 67.7 millones de viajeros internacionales entre enero y agosto de 2026, 6.3% más respecto a 2025; y la derrama económica alcanzó los 24 mil 152 millones de dólares, lo que representa un 0.9% más respecto a 2025.

Se esperaba que estas cifras siguieran engordando con la celebración del Día de Muertos. La secretaria de Turismo del Gobierno federal, Josefina Rodríguez, informó que se esperaba la llegada de 1.69 millones de turistas en 2026, un 1.2% más que el año pasado. Del total, 26% serán extranjeros. Michoacán, Puebla, Aguascalientes, San Luis Potosí y la CdMx destacan entre los destinos más representativos para estas fechas.

La euforia por cómo los mexicanos celebran la muerte ha llegado a lugares lejanos. En Madrid, España, es posible ver altares y ofrendas como las que ponemos en México. Antes esto era sumamente raro verlo en el país que nos heredó el Día de Todos los Santos, dedicado a los “muertos chiquitos”, y el Día de los Fieles Difuntos, dedicado a los adultos. En países como Costa Rica, Paraguay, Brasil, celebran el Día de todos los Santos o Día de los finados el 2 de noviembre. La gente suele (o solía, hay quien ya no lo celebra) ir a los cementerios a dejar flores o ir a la iglesia y escuchar misa en recuerdo de sus seres queridos que han partido. Es un día más solemne, algunos países lo dan de asueto, pero otros, como Paraguay, lo sacaron de esa lista desde 1990, y al volverse un día laboral, se ha perdido esa tradición de visitar a los muertos.

En Colombia, por ejemplo, no se celebra. En México no pasó lo mismo, esta tradición ha crecido con los años. Y aunque el 1 y 2 de noviembre no son días feriados oficiales, hay empresas que los dan; y libres o no, aquí se pone ofrenda, se ve a la familia, se come y se hace arguende.

Millones de turistas visitarán México para la celebración del Día de Muertos | Especial

El turismo y la gentrificación invaden el Día de Muertos


Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2008, por su importancia tradicional, integradora, representativa y comunitaria, cada región de México tiene sus propias variaciones del Día de Muertos, pero si algo la ha diferenciado del resto del mundo es la celebración que hace de la muerte y el recuerdo de las personas que siguen teniendo importancia entre los que seguimos vivos. Así que es imposible afirmar que la festividad sea una y nada más. Hay diferencias importantes conforme cambia la región geográfica. Pueblos de Michoacán y Oaxaca o incluso San Andrés Mixquic en la Ciudad de México pueden ser la imagen más generalizada de cómo “debe verse” esta celebración, pero la realidad es que ni el pan de muerto es igual en cualquier altar. De ahí también que la tradición cambie, crezca, se mueva.

“El que ahora llaman el tradicional desfile de Día de Muertos vino de la utilería y escenografía que dejó la película de Spectre, de James Bond [de 2015]. Y ha sido muy exitoso porque somos bien alborotados. Entonces se hacen también desfiles de catrinas, la gente se disfraza y se popularizan muchos elementos que tienen influencia externa”, dice Ángeles González.
Pero la tradición se ha visto invadida. “Hace poco fui a Mixquic y estaba repleto de turistas tomando fotos a las personas que sí están inmersos en sus creencias, en las tumbas, en su ritual. Pienso que a la celebración del Día de Muertos le pasa algo similar como con la comida; la gastronomía que tenemos actualmente es una mezcla de ingredientes y técnicas de tres continentes: Europa, Asia y América. Y creemos que todo es nuestro porque ya lo mexicanizamos. Ya le dimos nuestra personalidad”.

Algo similar ocurre con la lengua, que se va modificando porque es algo vivo. “Y no es malo. Son procesos socioculturales. Entonces convive la tradición más vieja con estas nuevas manifestaciones que se integran en una misma fiesta”, dice la cronista.

El tradicional desfile de Día de Muertos vino de la utilería y escenografía que dejó la película de Spectre | Especial


Hay un sector muy crítico sobre la celebración del Halloween y toda la parafernalia comercial que hay alrededor, pero la realidad es que el Día de Muertos está ya en ese lado de consumismo: pan de muerto que se vende desde junio, pan de muerto con rellenos de crema con matcha y ube –el sabor de moda–, cubiertos de chocolate blanco, con macadamia, catrinas de plástico made in China, papel picado con brujas y calabazas, un café pumpkin spice latte con un shot sabor cempasúchil… un sincretismo que literalmente se vuelve oro puro para la industria.

En la charla con Ángeles González, prima la nostalgia y los recuerdos. Ella, al igual que las norteñas entrevistadas coinciden en que la forma en que se celebra el Día de Muertos ha cambiado muchísimo.

“Ahora a nadie se nos olvida poner la foto en la ofrenda porque Coco no los hizo notar, pero siento que se está comercializando. Yo no creo que vaya a venir a comer mi papá o mi abuelo, pero lo importante aquí es que sí nos hace tenerlos presentes, recordarlos. Esto va a hacer que mis hijos y mis nietos me recuerden, que los integrantes de las familias mantengan vivo el recuerdo de esos seres queridos; de otra forma esto se iría perdiendo en el tiempo. Enseñarles fotos de los que ya no están pero que son familia, es darles algo de su pasado, de sus raíces”, asegura.

GSC/ASG

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