M+.- “Mamá, ya es momento de que me des un celular, ¡todos mis amigos tienen uno!”. Patricia Treviño recuerda la punzada que sintió en el estómago cuando su hija de 12 años le lanzó la petición. Cómo iba a darle uno si ella misma, a sus casi 50, le costaba regular el uso. Pronto conoció a un grupo de mamás que decidieron organizarse para poner límites al acceso de sus hijos a los teléfonos inteligentes.
Esto ocurrió hace tres años. Patricia, que vive en Guadalajara, terminaba su tesis doctoral, así que hizo lo que sabía hacer: se puso a investigar. Buscó estudios, revisó edades, leyó sobre desarrollo cerebral y el uso de pantallas. Un día invitó a su hija a tomar un café en un Starbucks y le explicó que ella y su papá habían decidido que todavía no, que era ‘momento’ de esperar.
Patricia sabía que no iba a ser fácil: apenas cuatro chicos de su generación en el colegio seguían sin celular. “Era como remar a contracorriente”, recuerda.
Pero le impactó saber que cuanto más temprano llegaba el primer ‘smartphone’, peores eran los indicadores de salud mental en los años posteriores. Por otro lado, también le preocupó que su hija se quedara fuera de algún plan, un trabajo organizado en un ‘chat’ o una conversación que todos compartieran menos ella. Patricia entendió que los adultos debían asumir su parte.
“Me voy a encargar de que las mamás de tus amigas sepan que tú no tienes teléfono. Si hay un plan, que nos avisen directamente”. Y funcionó.
Su hija siguió saliendo y conviviendo con sus amigos. Hoy, a punto de cumplir los 15, usa el teléfono principalmente para WhatsApp, llamadas y algunas funciones básicas con límites de tiempo, pero aún no tiene Instagram, Snapchat ni TikTok.
Su escuela también restringe el celular, lo que hizo más sencillo sostener una regla que al principio parecía imposible. Todo esto fue posible gracias al respaldo de una organización que comenzaba en Monterrey y a la que Patricia se sumó.
El 'Movimiento No es Momento' propone retrasar el ‘smartphone’ hasta los 14 años, las redes sociales hasta los 16 y hacer de las escuelas espacios libres de celulares.
Retrasar el uso no depende solamente de la voluntad de una familia. En México, 80.7 por ciento de los niños y jóvenes de seis a 17 años (21.1 millones) usaron el celular en los tres meses previos, según la encuesta ENDUTIH 2025 del Inegi.
“Es un problema colectivo y la única manera de resolver un problema colectivo es con una solución colectiva”, dice Alexandra Fernández, cofundadora del 'Movimiento No es Momento'.
Mamás en busca de soluciones
Alexandra Fernández y otras madres empezaron a reunirse en su casa, en Monterrey, con una preocupación en común: ninguna quería darles un celular a sus hijos a los 11 o 12 años, pero todas comenzaban a sentir la presión de ir en contra de todo.
En su casa, por ejemplo, los amigos de su hijo mayor llegaban con iPads y celulares y, a veces, terminaban callados frente a sus pantallas. Cuando ella les pedía que los guardaran, volvían a jugar como los niños que eran. En la escuela, su hijo también empezaba a resentir no tener un teléfono: los planes se organizaban por WhatsApp y buena parte de la conversación giraba alrededor de las aplicaciones.
“Todo el mundo está hablando de que en WhatsApp se juntaron y no sé qué. ¡No me entero de nada!”, su hijo le reclamaba.
Alexandra entendía esa presión, pero también veía el costo de ceder. Por ello, en aquellas reuniones de amigas empezaron a buscar soluciones. De estar preocupadas, pasaron a ocuparse. Ese momento coincidió con la publicación de ‘La generación ansiosa’, del psicólogo social Jonathan Haidt, que terminaron leyendo todas.
Entre otras cosas, Haidt recomienda retrasar el ‘smartphone’ hasta antes de la preparatoria y plantea una acción colectiva: nadie quiere que su hijo sea el único sin teléfono, las familias necesitan coordinarse para esperar.
Así encontraron en Estados Unidos a ‘Wait Until 8th’, una iniciativa basada en acuerdos entre familias para retrasar la entrega del celular a menores. La lógica les hizo sentido: si una familia esperaba sola, el costo social recaía en su hijo; si muchas esperaban juntas, la presión se repartía. De ahí nació Movimiento No es Momento.
Su propuesta se apoya en tres pilares: retrasar el celular hasta los 14 años y las redes sociales hasta los 16; promover escuelas libres durante la jornada; y recuperar tiempo para el juego, la convivencia y las experiencias fuera de pantalla. El acuerdo entre familias es voluntario. Los padres entran a la página web que crearon, registran el colegio y la generación de sus hijos y hacen visible su compromiso de esperar.
Y así, de boca en boca, una madre invitó a otra. Juntas empezaron a acercarse a los colegios de sus hijos y a otras escuelas con conferencias, información y estudios sobre el uso temprano del celular. La red fue creciendo. Hoy, según cifras del propio movimiento, suma más de 7 mil 289 padres que firman el compromiso y tiene presencia organizada en 28 ciudades del país.
Para quienes se han unido, ha cambiado todo. Ya no se trata de una madre diciéndole que ‘no’ a su hijo, sino de varias familias intentando modificar una norma social que parecía dada por hecho: tienes que darle a tu hijo un celular porque los demás ya tienen uno.
¿Por qué aplazar el uso del celular?
Analía Domínguez, psicóloga infantil y adolescente, explica que en esas edades la corteza prefrontal –relacionada con funciones ejecutivas como la atención, la memoria, la planeación y el control de impulsos– todavía está en desarrollo. Por eso, dice, no se puede esperar de un adolescente la misma capacidad de autorregulación que de un adulto.
En terapia observa cada vez menos tolerancia a la frustración. “Están acostumbrados a la inmediatez”, explica. Les cuesta esperar y esto lo relaciona con el consumo de videos cortos y estímulos que cambian cada pocos segundos.
En el aula sucede algo parecido. En particular después de la pandemia, la dificultad para sostener la atención y seguir instrucciones era una constante, dice Laura Aceves, directora de la preparatoria del Colegio Alemán de Guadalajara. Con las clases a distancia se aceleró la adopción de un dispositivo por alumno y, al volver a la presencialidad, siguieron usándolos. Entonces los maestros detectaron que les costaba más trabajo concentrarse, seguir instrucciones y retener lo visto en clase.
En el Colegio Alemán de Guadalajara, la decisión de sacar el celular de la jornada escolar fue gradual. Primero trabajaron con padres y profesores, compartieron información y explicaron lo que estaban observando en las aulas. Después modificaron el reglamento: no se permite el uso de smartphones ni de relojes inteligentes vinculados durante toda la jornada escolar.
La escuela también tuvo que pensar qué hacer con el espacio que dejaban las pantallas. Recuperó actividades deportivas y momentos de convivencia. En algunas volvieron el cuaderno y la escritura a mano. Es clave, dice, estar preparados ante eventos que puedan causar la abstinencia. “No tuvimos ningún caso de ansiedad exagerada, pero sabemos que se puede dar el caso”.
Las mamás entrevistadas coinciden en que la resistencia más fuerte no siempre viene de los adolescentes. “Creo que los papás han sido la barrera más grande”, dice Alexandra. El cambio exige que los adultos se esfuercen en buscar actividades para sustituir el tiempo en pantallas, dice Mercedes Llamas, experta en crianza digital y parte del 'Movimiento No es Momento'. Porque “el dispositivo es el perfecto chupón digital” que entretiene a sus hijos mientras trabajan, conversan o descansan.
Prescindir del celular implica más esfuerzo: buscar actividades, salir, organizar encuentros, acompañar. También revisar los hábitos. “Implica más de mi parte”.
Pero no se puede pedir a los hijos una relación distinta con la tecnología, si los adultos siguen resolviendo con pantallas cada momento de espera, aburrimiento o cansancio, dice Llamas. Por eso, insiste en que el cambio no es individual: necesita a familias, escuelas y alumnos moviéndose en la misma dirección.
GSC/IYC