• El cristal les robó la noche. Crean el primer grupo de consumidores anónimos en México

  • Ante la epidemia silenciosa de metanfetamina, surge en CdMx el primer espacio gratuito inspirado en el modelo de los Doce Pasos para las personas que combaten su consumo de cristal.
Ciudad de México /
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DOMINGA.– Un hombre confiesa que pasó dos días encerrado en un cuarto de hotel, consumiendo sin parar, hasta que un amigo suyo tuvo que ir a rescatarlo. Otro más relata cómo el cristal se volvió su única compañía; sumergido en la paranoia, sólo se atrevía a sacar al perro por las noches cuando las calles estuvieran desiertas. Es el 6 de octubre de 2026. Los dos no se conocen de antes pero esta noche comparten algo: llegaron a la primera reunión de Crystal Meth Anonymous (CMA) en México, creado por y para quienes combaten su consumo de metanfetamina.

La fachada negra sobre la calle de José Vasconcelos 125, en la colonia San Miguel Chapultepec, no deja traslucir lo que ocurre al interior de Casa La Moira, unas diecisiete personas se acomodan en sillas dispuestas en un círculo, en este centro cultural con trayectoria en el activismo de la comunidad LGBT+.

Hay hombres jóvenes, adultos maduros, una chica trans y rostros que van de los veinte hasta los cincuenta años. Sobre una mesa yace una caja de donas que alguien más trajo para compartir con el grupo. Nadie está obligado a estar ahí, pero la urgencia que los reúne en ese salón es exactamente la misma para todos.

El recinto recibe sin prejuicios a cualquier persona que busque combatir su consumo | Especial


Pedro H, de 42 años, habla con calidez y toma la palabra para abrir la sesión. Explica que se trata del nacimiento del primer grupo CMA en la Ciudad de México y en todo el país, que a partir de esta noche sesionará sin falta todos los martes para ofrecer un refugio gratuito y anónimo a cualquier persona golpeada por el consumo del cristal o cris, como se le conoce popularmente a la metanfetamina.

Este grupo sigue un modelo surgido en Los Ángeles, Estados Unidos, en 1994, que adapta los Doce Pasos de Alcohólicos Anónimos al consumo de esta sustancia.

“Aquí no venimos a juzgar a nadie. No hay cuotas, no hay registros ni obligación de hablar si no se sienten listos. Sólo compartimos nuestras experiencias, nuestra fortaleza y nuestra esperanza para mantenernos limpios un día a la vez”, dice mientras explica que la asistencia y la palabra son libres. Nomás se trata de que alguien rompa el hielo para que otros compartan sus vivencias.
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Esta crónica habla de una catarsis colectiva.
Responde a una tragedia de salud pública de dimensiones alarmantes que se ha extendido en el país. Si bien las autoridades de salud contabilizan el avance de la metanfetamina en sus informes generales, el problema no cuenta con campañas específicas de prevención dirigidas a la comunidad LGBT+; un contraste frente a la atención que recibió el fentanilo tras el auge de consumo que tuvo en Estados Unidos. Sin una estrategia focalizada, los propios usuarios optan por organizar sus espacios de apoyo.

La dimensión de esta crisis queda asentada en las cifras oficiales. De acuerdo con el informe anual del Sistema de Vigilancia Epidemiológica de las Adicciones (SISVEA), que publicó la Secretaría de Salud en septiembre de 2026 (con registros correspondientes a 2025), el cristal se consolidó como la principal sustancia asociada a los ingresos por consumo de drogas en los centros de tratamiento de México.

El reporte, que sistematiza los datos de 121 mil 552 ingresos en 2 mil 121 centros no gubernamentales, documenta que los estimulantes de tipo anfetamínico representan 59.2% de los casos que buscaron ayuda especializada. La cifra supera por un margen abrumador a sustancias históricamente predominantes como el alcohol (18.7% de los registros) y la marihuana (9.2%). Además, los registros del SISVEA advierten que el consumo de cristal está apareciendo a partir de los 15 años de edad.

Las estadísticas cobran rostro y voz en La Moira. Uno de los jóvenes rompe en llanto. Confiesa sentir miedo, que admitir que consume vaya a perjudicar más que ayudar. A su lado, los demás lo escuchan en silencio y asienten en un gesto de empatía. La regla de oro durante la velada es el anonimato: proteger la identidad de cada participante como principio indispensable para que el salón sea un espacio seguro. Así, Crystal Meth Anonymous abrió formalmente sus puertas en la capital mexicana.

“Soy adicta al cristal y no me voy a dejar consumir la cabeza”

El trabajo de Crystal Meth Anonymus tiene una atención específica a la comunidad LGBT+ | Especial
–Mi nombre es Andrea, tengo veintidós años, soy alcohólica, adicta al cristal, a la cocaína, a todo lo que apendeje, y llevo seis meses en sobriedad.

La travesía de Andy, como la llaman, vecina de la Narvarte, por las adicciones estuvo marcada desde la infancia por una constante presión familiar y por el conflicto de no encajar en los moldes que sus padres proyectaban sobre ella. “En mi familia las expectativas siempre se movían. Si cumplías una, te cambiaban el escalón: tenías que ser más lista, más masculina, más esto o aquello”, recuerda.

Descubrirse como una mujer trans sin guías ni manuales para infancias diversas provocó gritos, discusiones y un alejamiento de su núcleo familiar. Y tuvo problemas alimenticios desde pequeña. El primer contacto con las sustancias ocurrió a los dieciséis años, en el bachillerato. La cocaína fue la puerta de entrada. La consumía bajo la idea de que la ayudaría a concentrarse en época de exámenes y entrega de trabajos finales. A los dieciocho, en una fiesta, alguien le ofreció probar cristal en una pipa de vidrio. “Me dijeron que eso te apendejaba y me enseñaron a fumarlo. Me dijeron que no se pasaba como cigarro ni vape, que sólo lo mantuviera en la boca y lo exhalara. Con esas instrucciones fui a partirme la madre”, cuenta.

El efecto multiplicó de inmediato la euforia del alcohol y la enganchó en una espiral que no dio tregua. Pronto, la universidad quedó de lado, las calificaciones cayeron y las ausencias se volvieron la regla. “El adicto siempre encuentra la forma. No le importa dónde ni cuándo, siempre encuentra la manera”, dice.

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Fuera de casa, su vida cayó en un ciclo autodestructivo, tuvo que trabajar en estéticas para pagar lo que debía y comprar más cristal. Se presentaba drogada en su empleo y pasaba semanas sin comer. El impacto físico fue devastador: de los 56 kilos cayó a 35. En su periodo más oscuro, mientras rentaba un cuarto al sur de la ciudad, cayó en una dinámica de abuso y violencia con un hombre mayor que ella que conoció en una reunión de consumo: “Despertaba con moretones, con marcas en el cuerpo que no sabía cómo me las había hecho. Pasé dos semanas sin comer y aguantaba los maltratos por no querer estar sola. Me habían corrido de mi casa y no tenía a nadie”, dice.

El punto de quiebre vino al revisar por casualidad el teléfono de ese chico mientras se bañaba. Descubrió mensajes y notificaciones donde él compartía con terceros cómo la drogaban e inconsciente se aprovechaban de ella: “Me dio mucho asco. No denuncié a las autoridades por la vergüenza y el pánico de que me fueran a culpar a mí por estar drogada o vestida de cierta forma. Siempre la culpa cae en nosotras y no en la persona que te drogó o abusó de ti”, revela con dolor.

Tras ese episodio, su hermana la rescató y sus padres accedieron a internarla en una clínica de rehabilitación en Cuernavaca. Aunque logró mantenerse limpia nueve meses, recayó por no trabajar un programa de apadrinamiento de forma seria. Hace medio año decidió rendirse y buscar ayuda en un grupo LGBT+ de Alcohólicos Anónimos (AA) en la Condesa. Logró detener el consumo: “Soy adicta y no me voy a dejar consumir la cabeza”. En ese grupo Andy conoció a Pedro H y decidió sumarse a la fundación de CMA en La Moira.

“La primera vez que probé cristal sentí que me violó el alma”

El anonimato en el grupo es clave para que consumidores puedan compartir sin miedo al juicio | Cortesía


La historia de Pedro H comparte el dolor y el escape, pero se ambienta en escenarios internacionales. Originario de Valparaíso, Zacatecas, emigró junto a su familia a California, Estados Unidos, cuando tenía seis años. Fue el hijo mayor de una familia de padres trabajadores, el primero en graduarse de la preparatoria, en ir a la universidad a estudiar Psicología y en obtener una maestría en Marketing Estratégico de Moda en el London College of Fashion, en Inglaterra.

Durante su juventud y hasta los veintiocho años nunca probó drogas ilegales ni fumó marihuana. Su vida estaba volcada por completo al éxito académico y profesional. Sin embargo, la soledad del extranjero y la ruptura de una relación amorosa de dos años en Londres abrieron un vacío emocional que no supo digerir.

Con el auge de las aplicaciones de citas o encuentros, como Grindr en 2011, Pedro se sumergió en la cultura del chemsex –la combinación de sexo y consumo de sustancias– en el ambiente nocturno de Londres. Comenzó con mefedrona y GHB, pero escaló de un fin de semana ocasional a una pérdida de control. Temeroso de sufrir una sobredosis y de que sus padres tuvieran que ir por él, decidió regresar con su familia a California a los 32 años. Fue ahí donde probó por primera vez la metanfetamina. “A pesar de que juré que nunca tocaría el cristal porque conocía el estado al que llevaba, quedé con alguien y acepté. Desde la primera vez que probé cristal sentí que me violó el alma. Fue algo tan fuerte y brutal que no me soltó. Me di cuenta de que no tenía ningún control sobre cuándo parar”, confiesa.

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Las consecuencias del enganche se manifestaron pronto en su vida cotidiana. Pedro recuerda con amargura un Día de las Madres en el que, tras diez años de vivir fuera, planeaba festejar a su mamá. Pero se reunió antes con un joven, fumó cristal y el consumo le impidió salir del lugar. Su hermana le marcaba al teléfono una y otra vez y él simplemente estaba incapacitado para soltar la pipa y marcharse.

A pesar de desempeñarse como un ejecutivo que dirigía departamentos de mercadotecnia, la adicción lo consumía en secreto: “En la cultura mexicana existe esa mentalidad de que si tú te metiste en ese lío, tú solo te tienes que salir. Por vergüenza no le contaba a nadie, no pedía ayuda ni buscaba grupos”, reflexiona.

El fondo definitivo llegó tras un episodio maníaco de siete días sin poder dormir. Terminó en una sala de urgencias médicas angustiado por el colapso mental.

Tras mudarse a Nueva York por trabajo, una psicóloga lo confrontó sobre qué herramientas tenía para no volver a caer en la droga en una metrópoli abierta las veinticuatro horas del día. Incapaz de responder, aceptó la sugerencia de asistir a un grupo de AA. Pedro pasó la sesión llorando: se sintió identificado por primera vez con el dolor ajeno. Tiempo después, tras sufrir una recaída, un compañero de la fraternidad le habló de un grupo en español de Crystal Meth Anonymous que sesionaba en Nueva York. Corría el año 2017 cuando cruzó la puerta de ese salón.

“Llegar a un cuarto donde por primera vez no te sientes solo”

Crystal Meth Anonymous se convirtió en un espacio para que consumidores anónimos se acompañen | Especial


Al cruzar la puerta de la sesión de Crystal Meth Anonymous en Nueva York, Pedro H descubrió un espacio habitado por migrantes venezolanos, colombianos y mexicanos que compartían el mismo estigma en su lengua materna. Escuchar a personas que contaban los días, los meses y hasta los años limpios le devolvió la esperanza. Entre 2017 y 2023 asistió a las reuniones y las combinaba con su padrinazgo en AA. En la fraternidad encontró un sostén afectivo que le permitió acumular periodos de sobriedad duraderos y entender la adicción desde una perspectiva integral. “Fue como llegar a un cuarto donde, por primera vez, no me sentí solo”, dice.

Cuando en 2023 decidió mudarse a la Ciudad de México para reencontrarse con sus raíces, Pedro se topó con una realidad desbordada. El consumo de cristal fluía abiertamente en aplicaciones de citas y fiestas de todos los estratos sociales. Constató la falta de espacios de recuperación especializados e intentó abrir una primera reunión de CMA en una iglesia cerca del Parque España, pero la iniciativa no prosperó. “La gente en México conoce AA y Narcóticos Anónimos, pero traducir el concepto de Crystal Meth Anonymous resultaba muy difícil”, explica.

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El giro definitivo ocurrió en 2026, cuando un compañero lo puso en contacto con los gestores de Casa La Moira, buscaban ofrecer apoyo a la comunidad frente al estallido del consumo de cristal. Escogieron estratégicamente los martes por la noche para las reuniones, pues para los consumidores de metanfetamina ese día representa el punto más crítico de la resaca y la bajada tras los excesos del fin de semana.

El modelo de Crystal Meth Anonymous nació en Los Ángeles, en 1994, cuando un grupo de personas adictas al cristal decidió separarse ligeramente de los salones de AA tradicionales para abordar de manera específica los desafíos que desencadena esta sustancia. Aunque existen grupos consolidados en ciudades de Europa y Estados Unidos, la presencia de CMA en América Latina había sido prácticamente nula.

En México se reducía a un grupo angloparlante en San Miguel de Allende orientado a los residentes extranjeros. Según un reportaje de Diego Legrand y Neldy San Martín, sólo en Guanajuato existen al menos 520 anexos o centros de rehabilitación que atienden casos de consumo de cristal.

Mientras el discurso de las autoridades se centró en el fentanilo, el consumo de cristal se convirtio en una crisis silenciosa | Shutterstock


El espacio en Casa La Moira representa el primer grupo oficial de CMA en español en México y en toda la región latinoamericana. Con el respaldo y los textos de recuperación aprobados por la oficina central de CMA World en Los Ángeles, Pedro adoptó los guiones de trabajo utilizados por la comunidad hispana de Nueva York para guiar las sesiones en la capital mexicana.

La estrategia de difusión no recurrió a los folletos tradicionales ni a volantes impersonales. Se optó por el lenguaje cotidiano y directo que los propios consumidores leen a diario en sus teléfonos móviles. Pedro tomó la idea de un cartel diseñado por la comunidad de CMA en Londres y lo adaptó a la gráfica inconfundible de Grindr, la aplicación más popular entre la comunidad gay.

La estrategia se pensó en aquellas interacciones comunes entre consumidores anónimos de cristal | Cortesía


La imagen simula una captura de pantalla de chat con los característicos rectángulos de conversación en tonos azul y amarillo, y utilizó los códigos explícitos de la calle: en los primeros cuadros se leen las palabras “Dulces?” y “Cris?” –eufemismos habituales para referirse al cristal–, seguidos por globos amarillos y las preguntas directas: “¿El cristal se ha convertido en un problema?” y “Hay una solución”.

Difundido a través de redes sociales, chats de WhatsApp y perfiles digitales, el diseño funcionó como un anzuelo inmediato. La efectividad fue tal que en cuestión de una semana el grupo acumuló a más de veinticinco personas interesadas. “Se confirmó que el mensaje había tocado la fibra exacta de una comunidad que esperaba desesperadamente un lugar a donde acudir”, advierte Pedro.

El programa de recuperación de CMA se cimienta en los Doce Pasos de AA. Una serie de principios espirituales para reparar el daño provocado por la adicción y alcanzar una vida sobria. La trayectoria comienza cuando la persona admite la impotencia ante el cristal y reconoce que su vida se ha vuelto ingobernable. Este es el único punto que nombra directamente a la sustancia. A partir de ahí, el método propone la fe en que un poder superior puede devolver el sano juicio, lo que lleva a poner la voluntad y la vida al cuidado de Dios, tal como cada quien lo conciba.

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El proceso exige encarar un inventario moral personal. Se admite ante Dios, ante uno mismo y ante otro ser humano la naturaleza exacta de los defectos de carácter, para luego estar dispuesto y pedir de forma humilde la liberación de esas imperfecciones. La fase de reparación implica elaborar una lista de todas las personas a quienes se ofreció un daño y estar dispuesto a enmendarlo en la medida de lo posible, excepto cuando hacerlo signifique un perjuicio para ellas o para terceros.

Aunque el documento menciona términos como “oración”, “meditación” o “Dios”, el texto institucional de CMA aclara de forma explícita que se trata de un programa estrictamente espiritual y no religioso. Cada participante tiene la libertad de definir la naturaleza de su relación con la espiritualidad, sin dogmas ni exigencias de fe. La meta central es la completa abstinencia del cristal, el alcohol, los inhalantes y cualquier otra sustancia que altere la mente.

Es una fraternidad sin fines de lucro, sin cuotas de inscripción ni financiamientos externos. Las reuniones son gratuitas y se sostienen con una aportación voluntaria de los asistentes para cubrir los gastos del salón, el café y el té.

Pedro H explica que el trabajo se fortalece por medio de la figura del padrinazgo: integrantes con mayor tiempo de sobriedad acompañan y guían de manera individual a los recién llegados en su proceso de sanación. Con la sede fija en la San Miguel Chapultepec, la estructura de contención para los consumidores de cristal en la capital ha comenzado a andar.

“Hice del cristal mi Red Bull diario para poder funcionar”

Las sesiones del grupo son totalmente gratuitas | Cortesía
–Soy Dante, tengo 38 años y llevo un año y ocho meses sobrio después de trece años atrapado en el consumo. Lo mejor que me ha ocurrido fue haber sido un adicto al cristal porque, gracias a esa oscuridad, hoy elijo ser la luz que sostiene a otros.

Dante comparte su testimonio con la calma que da haber dejado atrás su etapa más oscura. Nacido en Iztacalco, criado en Ciudad Nezahualcóyotl, probó el cristal a los veinticinco años en un encuentro íntimo. Durante una década mantuvo lo que era “un consumo de fin de semana”, con pausas de varios meses que le permitían convencerse de que no tenía un problema de adicción. Pero la pandemia del covid-19 aceleró todo: el encierro lo llevó a engancharse en jornadas maratónicas de chemsex en hoteles que se extendían por días enteros, hasta perder el control de su salud.

“Llegó un momento en el que decía que ya no quería seguir consumiendo, pero algo me jalaba y me volvía a jalar. Mi familia empezó a notarlo y en el trabajo me veían la cara demacrada. Hice del cristal mi Red Bull diario para funcionar”, relata.

​El punto crítico ocurrió al salir de uno de esos hoteles. Exhausto decidió alzar la mano y pedir ayuda a un amigo. A través de un proceso profundo con medicinas enteógenas y terapias integrales, Dante logró identificar que su adicción no era más que una anestesia para evadir heridas de la infancia relacionadas con el rechazo, la falta de autoaceptación de su homosexualidad y el miedo a no ser amado.

“Entendí que la mayoría somos adultos intentando vivir, pero seguimos siendo niños heridos que cargan traumas de abandono. Creía que mis padres me odiaban, pero al sanar me di cuenta de que ellos sólo me entregaron el amor que les enseñaron a dar, con miedo a lo que pudiera pasarme en una sociedad violenta”, explica.

Desde ese despertar no ha vuelto a la metanfetamina. Acumula un año y ocho meses de sobriedad. La noche del 6 de octubre, tras ver la publicación de CMA en Instagram, sintió la necesidad impulsiva de dar vuelta en U sobre Circuito Interior y estacionar su auto frente a La Moira.

En el salón de La Moira, Dante se reconoció en los rostros de cada uno de los asistentes. Sintió una profunda compasión por un hombre mayor que admitió entre lágrimas que consumía diariamente porque la droga lo hacía sentir bien, y conectó con la ternura de aquel joven que llevó donas para convidar al grupo. “Observé a chicos vulnerarse con miedo a ser juzgados. Para mí, estar ahí fue abrazar a Pepe, a Luis y saber que ahí habitó un Dante. Esta batalla no la tenemos ganada sólo por llevar un tiempo limpios. Un adicto me va a salvar a mí de volver a ser adicto, porque para poder sostener al otro tengo que estar bien enraizado”, dice con convicción.

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La sobriedad, sin embargo, dista mucho de ser un camino lineal o perfecto, y dentro de Crystal Meth Anonymous las recaídas no se juzgan ni se castigan: se entienden como reincidencias de una enfermedad compleja.

Al interior del salón, la sesión del martes avanza bajo respeto. Cada vez que un compañero termina su testimonio, los diecisiete asistentes aplauden al unísono y corean un cálido “gracias” que fortalece al siguiente en hablar. Al concluir las sillas se hacen a un lado. Las personas se ponen de pie formando un círculo cerrado. Cruzan los brazos y se toman de las manos, aprietan para transmitir esa fuerza compartida que ninguno posee de manera aislada.

A una sola voz, con los ojos cerrados, el grupo recita la oración de la serenidad que marca el cierre de cada jornada: “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo y la sabiduría para reconocer la diferencia”. La primera reunión de consumidores de cristal anónimos llega a su fin. Afuera, la ciudad sigue su ritmo acelerado, indiferente. Adentro, un grupo acaba de encontrar un espacio colectivo para mantenerse sobrio un día más.


GSC

  • Guillermo Rivera
  • Guionista y periodista. Autor de investigaciones y crónicas que se han publicado en diversos medios, como 'Milenio' y Televisa. Reconocido dos veces con el Premio Nacional de Periodismo (2016 y 2023) y nominado al Premio Gabo.

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